Pues sí, lo hice. A pesar de mis autopromesas de ser más comedida, la realidad es que no puedo callarme las cosas y acabo soltándolas...
Hace unas semanas ya, tuvimos una reunión en el trabajo. Maratoniana. A ella asistió mi jefe, que siempre entra con la intención de escuchar solamente y acaba metido hasta las trancas en los temas tratados.
Eso me parece bien, ojo. Creo que es genial porque así hay más transparencia, comunicación, fluidez... Todos esos adjetivos corporativos que puedan venirnos a la cabeza en un momento dado.
De mi jefe sólo tengo dos quejas: una es el pantalón vaquero que me trae a veces (debería madrugar y tirarlo) y la otra es la manía que tiene de no pensar las cosas en las reuniones. Vale que suelen ser tensas, pero me da igual.
A estas reuniones normalmente asistimos sobre unas veinte personas en una sala sólo a hablar sobre problemas, y al final, el resultado es el mismo: el equipo plantea medidas (o soluciones) para paliar la situación. Medidas (o soluciones) que ya me han planteado a mí anteriormente y que yo le he trasladado formalmente a mi jefe, bien documentadas y argumentadas. Y la respuesta por su parte ha sido que NO, porque si hubiera sido que sí ya estarían implantadas antes de la reunión...
Así que, en resumen, yo le planteo varias opciones sin éxito, pero cuando esas mismas opciones se las plantea alguien del equipo directamente a mi jefe (cara a cara en una reunión), su actitud es: se hace de nuevas y le parecen fantásticas y viables y promete que se implantarán.
Y yo me atraganto de la indignación porque:
a) Estaba informadísimo sobre esas propuestas.
b) Las ha rechazado porque no son factibles.
c) Sabe de sobra que no va a poderlas poner en marcha.
Pero él prefiere quedar estupendamente en las reuniones, aún a mi costa. Luego tendrá tiempo a decir que no desde su seguro y confortable despacho.
Pues bien, la semana pasada, ya en frío, razonablemente, le he dicho mi crudísima opinión sobre su actitud en esas reuniones (y particularmente en esta última). Que me parece estupendo que quiera dar una imagen positiva y que vean que está abierto a las propuestas que hacen, pero no por eso tiene que tener esa actitud. Si quiere dar esa imagen, puede decir la verdad, o al menos, una verdad en diferido: que está informado y que se puede volver a estudiar. El resultado es el mismo, pero al menos no agrede a nadie (en este caso a mí).
Lo hemos hablado civilizadamente y me ha pedido disculpas. La verdad es que va para cinco años que trabajamos juntos y lo conozco, sé que no es su intención, que muchas veces no piensa las cosas (y otras muchas realmente no se acuerda). No obstante le he pedido un esfuerzo. Él incluso me ha dado permiso a que le salte en plena reunión, pero no voy a hacerlo. También se lo he dejado muy claro: en las reuniones con más gente, más que nunca, es mi jefe, y por más confianza que le tenga, no haré nada que lo ponga en evidencia. Luego podremos discutirlo, como hemos hecho, pero en privado.
Hemos llegado a un pacto: él se pone un puntito en la boca y yo... yo no tengo que hacer nada.
Creo que lo cumplirá, pero en cualquier caso, yo me he quedado tranquila al decirle bien a las claras lo que pienso y me molesta. El poder hacerlo es una de las grandísimas ventajas de este trabajo ahora que él es mi jefe y no S.J., y es de agradecer.
No todo iba a ser malo, jo.
Hace unas semanas ya, tuvimos una reunión en el trabajo. Maratoniana. A ella asistió mi jefe, que siempre entra con la intención de escuchar solamente y acaba metido hasta las trancas en los temas tratados.
Eso me parece bien, ojo. Creo que es genial porque así hay más transparencia, comunicación, fluidez... Todos esos adjetivos corporativos que puedan venirnos a la cabeza en un momento dado.
De mi jefe sólo tengo dos quejas: una es el pantalón vaquero que me trae a veces (debería madrugar y tirarlo) y la otra es la manía que tiene de no pensar las cosas en las reuniones. Vale que suelen ser tensas, pero me da igual.
A estas reuniones normalmente asistimos sobre unas veinte personas en una sala sólo a hablar sobre problemas, y al final, el resultado es el mismo: el equipo plantea medidas (o soluciones) para paliar la situación. Medidas (o soluciones) que ya me han planteado a mí anteriormente y que yo le he trasladado formalmente a mi jefe, bien documentadas y argumentadas. Y la respuesta por su parte ha sido que NO, porque si hubiera sido que sí ya estarían implantadas antes de la reunión...
Así que, en resumen, yo le planteo varias opciones sin éxito, pero cuando esas mismas opciones se las plantea alguien del equipo directamente a mi jefe (cara a cara en una reunión), su actitud es: se hace de nuevas y le parecen fantásticas y viables y promete que se implantarán.
Y yo me atraganto de la indignación porque:
a) Estaba informadísimo sobre esas propuestas.
b) Las ha rechazado porque no son factibles.
c) Sabe de sobra que no va a poderlas poner en marcha.
Pero él prefiere quedar estupendamente en las reuniones, aún a mi costa. Luego tendrá tiempo a decir que no desde su seguro y confortable despacho.
Pues bien, la semana pasada, ya en frío, razonablemente, le he dicho mi crudísima opinión sobre su actitud en esas reuniones (y particularmente en esta última). Que me parece estupendo que quiera dar una imagen positiva y que vean que está abierto a las propuestas que hacen, pero no por eso tiene que tener esa actitud. Si quiere dar esa imagen, puede decir la verdad, o al menos, una verdad en diferido: que está informado y que se puede volver a estudiar. El resultado es el mismo, pero al menos no agrede a nadie (en este caso a mí).
Lo hemos hablado civilizadamente y me ha pedido disculpas. La verdad es que va para cinco años que trabajamos juntos y lo conozco, sé que no es su intención, que muchas veces no piensa las cosas (y otras muchas realmente no se acuerda). No obstante le he pedido un esfuerzo. Él incluso me ha dado permiso a que le salte en plena reunión, pero no voy a hacerlo. También se lo he dejado muy claro: en las reuniones con más gente, más que nunca, es mi jefe, y por más confianza que le tenga, no haré nada que lo ponga en evidencia. Luego podremos discutirlo, como hemos hecho, pero en privado.
Hemos llegado a un pacto: él se pone un puntito en la boca y yo... yo no tengo que hacer nada.
Creo que lo cumplirá, pero en cualquier caso, yo me he quedado tranquila al decirle bien a las claras lo que pienso y me molesta. El poder hacerlo es una de las grandísimas ventajas de este trabajo ahora que él es mi jefe y no S.J., y es de agradecer.
No todo iba a ser malo, jo.
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