Es un efecto muy parecido a algo muy simple que a casi todos nos ha pasado alguna vez. Estás tranquilamente escuchando música con unos auriculares de cable. Están enchufados a un MP3 portátil, o a un equipo de música, o a un ordenador. La música te inunda los oídos, pero no aún así piensas en otras cosas simultáneamente. De repente, te acuerdas que tienes que coger una cosa (normalmente poco importante), y calculas mentalmente que el cable de los cascos tiene la suficiente longitud como para alcanzarla sin tener que quitarte los cascos. Los estiras, pero aún así no llegas a aquello que quieres coger. Entonces, en lugar de quitarte los cascos un momento e ir a recoger el chisme que quieres, como manda la lógica, te retuerces de manera increíble, alargas el brazo hasta los límites de la elasticidad y te das cuenta de que casi casi lo tienes... te faltan unos centímetros, y ya lo tienes...
Entonces el cable, que no da más de sí, tira de la clavija de tres y medio y se desconecta. Dejas de oir la música que atronaba tus oídos y sólo escuchas el silencio roto por el murmullo lejano de una música que no puedes reconocer. Normalmente te quedas parado mirando como los cascos cuelgan de cualquier manera, y por un segundo de olvidas que querías coger algo que no está en tu mano porque has centrado tu atención en que has dejado de disfrutar algo que te gustaba. Te quedas quieto, sin música en tus oídos y con las manos vacías.
Es entonces, en ese mismo instante, cuando te das cuenta de que todo tiene un límite, y que a veces, no se puede tener todo a la vez. Que tienes que saber qué límite tiene cada cosa, adaptarte a él, y que debes aprender a compaginar varias cosas a la vez o a renunciar momentáneamente a algo en pos de otra cosa que también es importante en un momento dado.
Entonces el cable, que no da más de sí, tira de la clavija de tres y medio y se desconecta. Dejas de oir la música que atronaba tus oídos y sólo escuchas el silencio roto por el murmullo lejano de una música que no puedes reconocer. Normalmente te quedas parado mirando como los cascos cuelgan de cualquier manera, y por un segundo de olvidas que querías coger algo que no está en tu mano porque has centrado tu atención en que has dejado de disfrutar algo que te gustaba. Te quedas quieto, sin música en tus oídos y con las manos vacías.
Es entonces, en ese mismo instante, cuando te das cuenta de que todo tiene un límite, y que a veces, no se puede tener todo a la vez. Que tienes que saber qué límite tiene cada cosa, adaptarte a él, y que debes aprender a compaginar varias cosas a la vez o a renunciar momentáneamente a algo en pos de otra cosa que también es importante en un momento dado.
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