Repetid conmigo: no se deben decir mentiras.
Y las mentiras piadosas, vale que son piadosas, pero son mentiras al fin y al cabo y no se deben decir...
...porque es posible que te arrepientas durante muuuuuuuuuuucho tiempo.
El primer día en que una amiga mía me regaló un bonito estuche de velas aromáticas, no debí sonreirle de oreja a oreja, soltar dos oooooooooohhhhes y otro par de aaaaaaaaaaahhhes, abrazarla efusivamente y decir ¡¡ME ENCANTA!!
Porque MENTÍ.
Es decir: el estuche en sí era bonito y haría las delicias de alguien a quien le gusten las velas. Pero yo, que las odio, no soy una buena destinataria. Me quedé mirando el estuche, y luego miré a mi amiga dispuestísima (¡lo prometo!) a decirle que me encantaba el detalle PERO... pero... pero... No fui capaz. Me miraba con una carita tan esperanzada que no me atreví a destrozarle su ilusión. Así que fingí la reacción anteriormente descrita.
Creo recordar que luego ella me dijo lo típico de ...si no te gusta, lo puedes descambiar... Es decir: encima tuve una puerta abierta para escapar del lío. Pero yo ya estaba tan metida en mi papel que debí contestarle algo parecido a: ¡Pero qué tonterías dices! ¡Si me ha gustado mucho!
En aquel momento no me pareció tan grave...
...pero hoy, con un nuevo estuche de velas aromáticas como regalo, me doy cuenta de que sí lo fue. Porque ya he perdido la cuenta de los regalos que he recibido que incluían de un modo u otro una dichosa vela (en el mejor de los casos). Supongo que mi supuesta "afición velil" se ha expandido como un virus y ése es el resultado.
¿Cómo lo arreglo?
¡Ya lo tengo! ¡Le pongo tooooooooodas esas velas a San Crispino o alguno de ésos para que nadie me regale nunca más una vela! ¡Y así mato dos pájaros de un tiro!
(Porque la otra opción de desarrollar una repentina alergia a las velas va directamente en contra de la primera frase de este post, ¿verdad?)
Y las mentiras piadosas, vale que son piadosas, pero son mentiras al fin y al cabo y no se deben decir...
...porque es posible que te arrepientas durante muuuuuuuuuuucho tiempo.
El primer día en que una amiga mía me regaló un bonito estuche de velas aromáticas, no debí sonreirle de oreja a oreja, soltar dos oooooooooohhhhes y otro par de aaaaaaaaaaahhhes, abrazarla efusivamente y decir ¡¡ME ENCANTA!!
Porque MENTÍ.
Es decir: el estuche en sí era bonito y haría las delicias de alguien a quien le gusten las velas. Pero yo, que las odio, no soy una buena destinataria. Me quedé mirando el estuche, y luego miré a mi amiga dispuestísima (¡lo prometo!) a decirle que me encantaba el detalle PERO... pero... pero... No fui capaz. Me miraba con una carita tan esperanzada que no me atreví a destrozarle su ilusión. Así que fingí la reacción anteriormente descrita.
Creo recordar que luego ella me dijo lo típico de ...si no te gusta, lo puedes descambiar... Es decir: encima tuve una puerta abierta para escapar del lío. Pero yo ya estaba tan metida en mi papel que debí contestarle algo parecido a: ¡Pero qué tonterías dices! ¡Si me ha gustado mucho!
En aquel momento no me pareció tan grave...
...pero hoy, con un nuevo estuche de velas aromáticas como regalo, me doy cuenta de que sí lo fue. Porque ya he perdido la cuenta de los regalos que he recibido que incluían de un modo u otro una dichosa vela (en el mejor de los casos). Supongo que mi supuesta "afición velil" se ha expandido como un virus y ése es el resultado.¿Cómo lo arreglo?
¡Ya lo tengo! ¡Le pongo tooooooooodas esas velas a San Crispino o alguno de ésos para que nadie me regale nunca más una vela! ¡Y así mato dos pájaros de un tiro!
(Porque la otra opción de desarrollar una repentina alergia a las velas va directamente en contra de la primera frase de este post, ¿verdad?)
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