Tooooooodo el día de hoy me lo he pasado vegetando. O en la cama o en el sofá. Recuperándome, porque en tres días he dormido sólo la mitad de lo que suelo hacer cada día.
El Jueves llegamos a la casa, que resultó ser exactamente como en las fotos, con dos puntualizaciones: el caminito que se ve al lado de la piscina se ha perdido entre la hierba y el cuadro de encima de la chimenea es más espeluznante en vivo y en directo. La casa a simple vista está bien, hasta que una obsesiva como yo empieza a fijarse un poco más en los detalles y se da cuenta de que podría estar mucho mejor... Pensamiento que me dura mientras no me acuerdo de que el fin de esa casa es ser alquilada por un grupo de como mínimo diez personas que quieren estar in the middle of the nowhere para poder desmadrarse bien a gusto sin más pretensiones; yo tampoco me molestaría en tenerla mejor.
Porque sí, la casa está exactamente allí: in the middle of the nowhere. No había nada alrededor salvo otras casas semejantes y tres bares. Para llegar allí pasamos el pueblo, luego un polígono industrial, luego un residencial, luego una marisma, luego otro polígono industrial, luego unos chalets aislados, luego otro trozo de campo, luego un grupo de ventas, luego una rotonda, luego un polígono industrial más, y creo que ya. No fue nada fácil encontrarla, y me empecé a desesperar un poco cuando después de dar unas cuantas vueltas paramos y llamamos al dueño para confirmar la dirección, bajo el sol abrasador de las tres de la tarde que nos pedía a gritos algo fresquito...
El sol abrasador sólo lo fue ese rato y creo que me lo pareció porque ya estaba un poco harta de viaje. En general tuvimos buen tiempo durante toda la estancia. Nos hizo sol, aunque alguna que otra nube también vimos, pero no hacía excesivo calor. Tampoco tuvimos la humedad que se espera si estás cerca de la playa, así que la verdad es que no me puedo quejar...
Por cierto: cuando nos fuimos descubrimos que la casa está cerquísima de la autovía, no sé qué hicimos pero el caso es que no salimos por "ESA" salida de la autovía...
Al llegar (por fin) a la casa hicimos recuento de personas para ver si no nos habíamos dejado a alguien en el camino, pero estábamos los doce...
...y comida para veintisiete durante cuatro días, y alcohol para abastecer a un regimiento durante un mes. Puede parecer que exagero, pero no lo hago ni un poquito. Y fue estupendo. Como volver atrás en el tiempo y recordar cuando vivíamos (casi) todos en la misma urbanización, y estudiábamos juntos, y salíamos de fiesta, y nos gastábamos bromas, y no pensábamos que ninguno de nosotros se iba a casar algún día y tendríamos que montar una despedida.
Siguen siendo los mismos. Y disfruté de ellos mientras comíamos una rica barbacoa al lado de la piscina, con el sol cálido sobre nuestras cabezas (aunque protegidas por las ramas de un árbol, claro, no era cuestión de pillar una insolación). Me reí mientras recordábamos anécdotas, y pensé que dentro de poco también compartiríamos esta.
Pero también salimos, faltaba más, para cubrir el expediente al menos. Estuvimos en Cádiz toda una tarde, paseando por el casco histórico e intentando esquivar procesiones, lo que fue bastante complicado, claro. Acabamos en el paseo marítimo, disfrutando del sol y la brisa salada. Cuando ví el reflejo del agua en el mar entendí por qué la llaman La Tacita de Plata. Bueno, entendí más lo de de plata, el tema de la tacita no lo tengo muy claro, para qué mentir...
Me gustó mucho La Puerta de la Tierra, y bueno, la catedral también está bien (para ser una catedral, claro). En eso mis amigos son como yo: la visita al templo duró creo que dos minutos, sólo para poder decir que estuvimos allí (just like me). Cuando tuvimos los pies llenos de cultura, volvimos a la playa, a La Caleta, donde la arena era fina y daban ganas de tumbarse allí hasta que anocheciera. Había oído que las playas de Cádiz merecen la pena precisamente por la arena, que se filtra entre los dedos de los pies al caminar descalzo sin miedo a clavarte alguna piedra. La vista de la ciudad a la orilla del Mediterráneo era simplemente fantástica...
En fin, la visita a la ciudad fue bastante estándar, pero qué se puede pedir teniendo en cuenta que fue sólo una tarde y que éramos un grupo de doce personas bastante heterogéneo... Para muestras, lo que apuntó el camarero (que flipó el pobre hombre) cuando nos sentamos a tomar algo cerca de la catedral: cervezas, tortillitas de camarones, un pulpo a la gallega (que ofendió al gallego de nuestro grupo), helados, chocolate caliente, Brugal con Coca-Cola, una tostada de roquefort, café con leche.
El resto del tiempo lo pasamos en la casa, pasándolo muy bien, bailando, tirando a la novia a la piscina, preparando piscolabis, haciendo turnos para la ducha, cantando, organizando la próxima boda, hablando de nuestras vidas, contándonos chistes, haciéndonos fotos, poniéndonos al día, y prometiéndonos que todos haremos más esfuerzos para juntarnos más a menudo y pasarlo también como esta Semana Santa, sin necesitar un evento o una excusa. Sólo porque sí. Por seguir siendo NOSOTROS.
El Jueves llegamos a la casa, que resultó ser exactamente como en las fotos, con dos puntualizaciones: el caminito que se ve al lado de la piscina se ha perdido entre la hierba y el cuadro de encima de la chimenea es más espeluznante en vivo y en directo. La casa a simple vista está bien, hasta que una obsesiva como yo empieza a fijarse un poco más en los detalles y se da cuenta de que podría estar mucho mejor... Pensamiento que me dura mientras no me acuerdo de que el fin de esa casa es ser alquilada por un grupo de como mínimo diez personas que quieren estar in the middle of the nowhere para poder desmadrarse bien a gusto sin más pretensiones; yo tampoco me molestaría en tenerla mejor.
Porque sí, la casa está exactamente allí: in the middle of the nowhere. No había nada alrededor salvo otras casas semejantes y tres bares. Para llegar allí pasamos el pueblo, luego un polígono industrial, luego un residencial, luego una marisma, luego otro polígono industrial, luego unos chalets aislados, luego otro trozo de campo, luego un grupo de ventas, luego una rotonda, luego un polígono industrial más, y creo que ya. No fue nada fácil encontrarla, y me empecé a desesperar un poco cuando después de dar unas cuantas vueltas paramos y llamamos al dueño para confirmar la dirección, bajo el sol abrasador de las tres de la tarde que nos pedía a gritos algo fresquito...
El sol abrasador sólo lo fue ese rato y creo que me lo pareció porque ya estaba un poco harta de viaje. En general tuvimos buen tiempo durante toda la estancia. Nos hizo sol, aunque alguna que otra nube también vimos, pero no hacía excesivo calor. Tampoco tuvimos la humedad que se espera si estás cerca de la playa, así que la verdad es que no me puedo quejar...
Por cierto: cuando nos fuimos descubrimos que la casa está cerquísima de la autovía, no sé qué hicimos pero el caso es que no salimos por "ESA" salida de la autovía...
Al llegar (por fin) a la casa hicimos recuento de personas para ver si no nos habíamos dejado a alguien en el camino, pero estábamos los doce...
...y comida para veintisiete durante cuatro días, y alcohol para abastecer a un regimiento durante un mes. Puede parecer que exagero, pero no lo hago ni un poquito. Y fue estupendo. Como volver atrás en el tiempo y recordar cuando vivíamos (casi) todos en la misma urbanización, y estudiábamos juntos, y salíamos de fiesta, y nos gastábamos bromas, y no pensábamos que ninguno de nosotros se iba a casar algún día y tendríamos que montar una despedida.
Siguen siendo los mismos. Y disfruté de ellos mientras comíamos una rica barbacoa al lado de la piscina, con el sol cálido sobre nuestras cabezas (aunque protegidas por las ramas de un árbol, claro, no era cuestión de pillar una insolación). Me reí mientras recordábamos anécdotas, y pensé que dentro de poco también compartiríamos esta.
Pero también salimos, faltaba más, para cubrir el expediente al menos. Estuvimos en Cádiz toda una tarde, paseando por el casco histórico e intentando esquivar procesiones, lo que fue bastante complicado, claro. Acabamos en el paseo marítimo, disfrutando del sol y la brisa salada. Cuando ví el reflejo del agua en el mar entendí por qué la llaman La Tacita de Plata. Bueno, entendí más lo de de plata, el tema de la tacita no lo tengo muy claro, para qué mentir...
Me gustó mucho La Puerta de la Tierra, y bueno, la catedral también está bien (para ser una catedral, claro). En eso mis amigos son como yo: la visita al templo duró creo que dos minutos, sólo para poder decir que estuvimos allí (just like me). Cuando tuvimos los pies llenos de cultura, volvimos a la playa, a La Caleta, donde la arena era fina y daban ganas de tumbarse allí hasta que anocheciera. Había oído que las playas de Cádiz merecen la pena precisamente por la arena, que se filtra entre los dedos de los pies al caminar descalzo sin miedo a clavarte alguna piedra. La vista de la ciudad a la orilla del Mediterráneo era simplemente fantástica...
En fin, la visita a la ciudad fue bastante estándar, pero qué se puede pedir teniendo en cuenta que fue sólo una tarde y que éramos un grupo de doce personas bastante heterogéneo... Para muestras, lo que apuntó el camarero (que flipó el pobre hombre) cuando nos sentamos a tomar algo cerca de la catedral: cervezas, tortillitas de camarones, un pulpo a la gallega (que ofendió al gallego de nuestro grupo), helados, chocolate caliente, Brugal con Coca-Cola, una tostada de roquefort, café con leche.El resto del tiempo lo pasamos en la casa, pasándolo muy bien, bailando, tirando a la novia a la piscina, preparando piscolabis, haciendo turnos para la ducha, cantando, organizando la próxima boda, hablando de nuestras vidas, contándonos chistes, haciéndonos fotos, poniéndonos al día, y prometiéndonos que todos haremos más esfuerzos para juntarnos más a menudo y pasarlo también como esta Semana Santa, sin necesitar un evento o una excusa. Sólo porque sí. Por seguir siendo NOSOTROS.
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