Sí, lo reconozco: la culpa fue mía.
AUNQUE (porque siempre se puede buscar una excusa), ese coche sencillamente no estaba ahí cuando empecé a maniobrar marcha atrás. A mi derecha había una gran y enorme NADA, y como contra la NADA no puedes chocar, me preocupé de ver dónde iba a parar el culo de mi adorada Olivita.
Y todo fue bien hasta que empecé a notar una ligera resistencia y un insistente pitido de coche que, francamente, no sé de dónde venía porque atrás no había nadie.
Pues venía de un coche gris que se había materializado a mi derecha y que contenía dentro un chico enfadado y su novia.
Total, que metí el coche otra vez y yo, luciendo una tremendísima seguridad en mí misma que servía para que nadie se diera cuenta de que me había asustado mucho y estaba bastante nerviosa, saqué de la guantera los papeles del seguro (que por cierto, me dí cuenta de que no tenía muy claro ni qué compañía tenemos, nervios aparte). Oculté bastante satisfactoriamente toda mi ignorancia: no tengo ni repajolera idea de qué hay que hacer en estos casos.
El chico señaló un enorme arañazo en la puerta de su coche mientras trasteaba con sus papeles del seguro y pedía un bolígrafo. Mientras, yo intentaba ocultar el temblor de manos que tenía, y qué mejor forma (y sobre todo coherente en la situación) que repasar con los dedos el arañazo.
Un momento.
Ahí había una raya que no era mía. De hecho, NO ERA una raya. Ummmmm... Empecé a rascar con la uña y la raya sospechosa resultó ser el filo de un plástico que cubría la zona dañada. Antes de que el chico me detuviera, tiré del plástico... Et Voilà!
Raya desaparecida.
Bueno, mermada: en la carrocería quedaban cuatro milímetros escasos de raya real, cierta y verdadera. Miré al chico y le dije que si pensaba dar parte para semejante chorrada (usando una expresión más educada, se entiende). Claro, dijo que no. Me disculpé de nuevo, le dí la mano, él dijo que qué mala pata y cada uno a su casa.
En cuestión de roces, ya he gastado toda mi buena suerte en una sola tarde. Tengo clarísimo que la próxima vez, seguro que la lío parda, no habrá plástico salvador. El Universo me ha dado un toque para que me espabile y al menos me aprenda qué seguro tenemos...
AUNQUE (porque siempre se puede buscar una excusa), ese coche sencillamente no estaba ahí cuando empecé a maniobrar marcha atrás. A mi derecha había una gran y enorme NADA, y como contra la NADA no puedes chocar, me preocupé de ver dónde iba a parar el culo de mi adorada Olivita.
Y todo fue bien hasta que empecé a notar una ligera resistencia y un insistente pitido de coche que, francamente, no sé de dónde venía porque atrás no había nadie.
Pues venía de un coche gris que se había materializado a mi derecha y que contenía dentro un chico enfadado y su novia.
Total, que metí el coche otra vez y yo, luciendo una tremendísima seguridad en mí misma que servía para que nadie se diera cuenta de que me había asustado mucho y estaba bastante nerviosa, saqué de la guantera los papeles del seguro (que por cierto, me dí cuenta de que no tenía muy claro ni qué compañía tenemos, nervios aparte). Oculté bastante satisfactoriamente toda mi ignorancia: no tengo ni repajolera idea de qué hay que hacer en estos casos.
El chico señaló un enorme arañazo en la puerta de su coche mientras trasteaba con sus papeles del seguro y pedía un bolígrafo. Mientras, yo intentaba ocultar el temblor de manos que tenía, y qué mejor forma (y sobre todo coherente en la situación) que repasar con los dedos el arañazo.
Un momento.
Ahí había una raya que no era mía. De hecho, NO ERA una raya. Ummmmm... Empecé a rascar con la uña y la raya sospechosa resultó ser el filo de un plástico que cubría la zona dañada. Antes de que el chico me detuviera, tiré del plástico... Et Voilà!
Raya desaparecida.
Bueno, mermada: en la carrocería quedaban cuatro milímetros escasos de raya real, cierta y verdadera. Miré al chico y le dije que si pensaba dar parte para semejante chorrada (usando una expresión más educada, se entiende). Claro, dijo que no. Me disculpé de nuevo, le dí la mano, él dijo que qué mala pata y cada uno a su casa.
En cuestión de roces, ya he gastado toda mi buena suerte en una sola tarde. Tengo clarísimo que la próxima vez, seguro que la lío parda, no habrá plástico salvador. El Universo me ha dado un toque para que me espabile y al menos me aprenda qué seguro tenemos...
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