La decisión está tomada: no nos movemos.
Lo cierto es que no le dediqué demasiados esfuerzos a analizarlo todo, porque sólo fui capaz de encontrar un par de pros y numerosos contras.
La parte positiva era meramente económica y profesional: aumentar bastante mis ingresos mensuales (a la par que reducir gastos) a costa de estar en la otra punta del mundo y la posibilidad no escrita de otro ascenso a la vuelta. Que no está nada mal. Porque eso de la realización personal no existe: si fuera a otro país -sobre todo europeo- la cosa cambiaría, pero no es el caso. Lo único que me queda es la satisfacción de que han pensado en mí, cuentan conmigo, me ven preparada y una serie de blablablás que sí, me hinchan el ego un ratito pero poco más.
Eso, junto con el apoyo incondicional de mi chico, me habría bastando para coger el canasto y las chufas.
Peeeeeeeeeero... Es un año COMO MÍNIMO (y un año es muy largo). Además, la zona geográfica no es nada atractiva.
Luego pensé que estaría 365 días (como mínimo, insisto) alejada de mi madre, a la que adoro. Sin ver a mi abuelilla. Sin sus comidas caseras especialmente preparadas. Sin las partidas de parchís. Sin ver a los padres de mi chico ni al resto de nuestras familias. Ni a nuestros amigos.
Y no es sólo no verles, es pensar que nos separa una vasta extensión de agua llamada oceano. Que serían 15 horas de avión, más unas cuantas hasta casa: en total, un día completo (con jet-lag incluido) hasta llegar a casa hechos sendas piltrafillas.
Además, echaría de menos mi ritmo de vida. La calidad de vida que tenemos aquí no la tendríamos allí. Sería totalmente diferente. Me he informado y allí las cosas son muy distintas. Llamadme materialista, sí. Lo admito. Pero no me imagino estar un año (como mínimo, es que no pierdo de vista que podría ser más) alejadísima de la posibilidad de ir a un Corte Inglés, o a un StarBucks, o a una FNAC, o a mis tiendas preferidas... O ver una película de estreno... O ir a cenar a uno de nuestros restaurantes... O organizar una escapada con la Olivita... O pasear por mis rincones favoritos... Pequeños detalles que a mí me valen un mundo en mi día a día.
Es posible que encontrara otros restaurantes favoritos, otras tiendas favoritas, otros rincones favoritos... Pero sinceramente, no tengo ilusión por cambiarlos. Será que me estoy haciendo vieja.
Tampoco me haría gracia estar rodeada siempre de unas medidas de seguridad cuando menos, inquietantes: el hecho de que haya policía armada por las calles no te deja más tranquila, sino que te recuerda constantemente en qué país te encuentras y qué puede pasar en cualquier momento.
Por no hablar de la carga de trabajo, que ya bastante tengo como para aumentarla...
En fin, que con tantos contras, los escasos motivos para decir que sí apenas podían combatir la sensación de que no debíamos marcharnos, y por eso la decisión la tomamos con firmeza y tranquilidad. No creo que nos arrepintamos de quedarnos. Lo cierto es que ahora mismo me gusta mi vida y no la vamos a cambiar para irnos a la otra punta del mundo.

Lo cierto es que no le dediqué demasiados esfuerzos a analizarlo todo, porque sólo fui capaz de encontrar un par de pros y numerosos contras.
La parte positiva era meramente económica y profesional: aumentar bastante mis ingresos mensuales (a la par que reducir gastos) a costa de estar en la otra punta del mundo y la posibilidad no escrita de otro ascenso a la vuelta. Que no está nada mal. Porque eso de la realización personal no existe: si fuera a otro país -sobre todo europeo- la cosa cambiaría, pero no es el caso. Lo único que me queda es la satisfacción de que han pensado en mí, cuentan conmigo, me ven preparada y una serie de blablablás que sí, me hinchan el ego un ratito pero poco más.
Eso, junto con el apoyo incondicional de mi chico, me habría bastando para coger el canasto y las chufas.
Peeeeeeeeeero... Es un año COMO MÍNIMO (y un año es muy largo). Además, la zona geográfica no es nada atractiva.
Luego pensé que estaría 365 días (como mínimo, insisto) alejada de mi madre, a la que adoro. Sin ver a mi abuelilla. Sin sus comidas caseras especialmente preparadas. Sin las partidas de parchís. Sin ver a los padres de mi chico ni al resto de nuestras familias. Ni a nuestros amigos.
Y no es sólo no verles, es pensar que nos separa una vasta extensión de agua llamada oceano. Que serían 15 horas de avión, más unas cuantas hasta casa: en total, un día completo (con jet-lag incluido) hasta llegar a casa hechos sendas piltrafillas.
Además, echaría de menos mi ritmo de vida. La calidad de vida que tenemos aquí no la tendríamos allí. Sería totalmente diferente. Me he informado y allí las cosas son muy distintas. Llamadme materialista, sí. Lo admito. Pero no me imagino estar un año (como mínimo, es que no pierdo de vista que podría ser más) alejadísima de la posibilidad de ir a un Corte Inglés, o a un StarBucks, o a una FNAC, o a mis tiendas preferidas... O ver una película de estreno... O ir a cenar a uno de nuestros restaurantes... O organizar una escapada con la Olivita... O pasear por mis rincones favoritos... Pequeños detalles que a mí me valen un mundo en mi día a día.
Es posible que encontrara otros restaurantes favoritos, otras tiendas favoritas, otros rincones favoritos... Pero sinceramente, no tengo ilusión por cambiarlos. Será que me estoy haciendo vieja.
Tampoco me haría gracia estar rodeada siempre de unas medidas de seguridad cuando menos, inquietantes: el hecho de que haya policía armada por las calles no te deja más tranquila, sino que te recuerda constantemente en qué país te encuentras y qué puede pasar en cualquier momento.
Por no hablar de la carga de trabajo, que ya bastante tengo como para aumentarla...
En fin, que con tantos contras, los escasos motivos para decir que sí apenas podían combatir la sensación de que no debíamos marcharnos, y por eso la decisión la tomamos con firmeza y tranquilidad. No creo que nos arrepintamos de quedarnos. Lo cierto es que ahora mismo me gusta mi vida y no la vamos a cambiar para irnos a la otra punta del mundo.

12 comentarios: