La verdad es que no me tengo por una persona negativa. Al menos de forma genérica; o mejor dicho, NO en circunstancias normales.
Pero lo cierto es que hay momentos que se me instala en alguna parte del cerebro un pensamiento negativo y se queda ahí, angustiándome muchísimo.
La última vez que pasó esto fue culpa de Ana Blanco (la pobre). Estaba la mujer, muy profesional ella, haciendo su trabajo, e informando a los españoles que cuatro de cada diez europeos iba a resultar contagiado por la Gripe A (anteriormente conocida como gripe porcina, pero que ya se ha llamado de una forma más políticamente correcta). No es que me pillara de nuevas, porque ya lo había estado comentando con mi chico, pero en su momento me pareció una exageración y cuando lo oí de los labios de una seria presentadora de televisión, con una voz en off que repetía sin parar la palabra "pandemia", con un mapa muy coloreado de rojo, con gráficos de evolución muy preocupantes... La situación me pareció más peligrosa, más siniestra.
Creo que en ese momento la información se quedó agazapada en algún rincón de mi cabeza, aunque para cuando terminó el informativo yo parecía haberlo olvidado.
Y por la noche, ya metida en la cama para dormir, fue cuando se me despertó ese pensamiento negativo y me invadió entera. Casi podía sentir cómo avanzaba célula a célula...
Me dió por pensar que realmente hay un peligro ahí fuera, pero mi paranoia fue más allá. Recordé que a un conocido nuestro, que tendrá a lo sumo un par de años menos que yo, le dió hace muy poco un ictus cerebral y ahora está en rehabilitación, aprendiendo a andar otra vez. O uno de los mejores amigos de una compañera de trabajo, que con mi misma edad, había muerto hace unos meses de cáncer dejando un hijo pequeño que es posible que dentro de unos años ya no recuerde a su padre. O la de una chica de mi empresa hace un año. O ni siquiera alguien conocido o cercano. Las personas que mueren todos los días sin esperarlo...
Me dió miedo. Mucho. Un miedo irracional que me hizo llorar en la cama y que no se me pasó hasta que mi niño me dió un abrazo muy fuerte. ¿Qué pasaría si mi vida acabara mañana?
Por eso, día a día (y no hace falta haber sufrido este "ataque de pánico", sólo lo cuento para quee se entienda el por qué del último párrafo) procuro que la gente que me rodea sepa que la quiero, la estimo, le tengo cariño, la aprecio, y es importante para mí... Peco de pegajosa a veces, lo reconozco, y sí, puede que ya sea una obsesión, pero no quiero que amanezca un día en la que la gente que me rodee tenga la duda de lo que siento por ella.
Así que...
Chicos y chicas que me leéis, en la sombra o comentando: para mí sois muy importantes, porque me ayudáis un montón, me siento genial compartiendo con vosotros todo este batiburrillo de cosas que os encontráis aquí. Millones de gracias por estar ahí, al otro lado de la pantallita (o al otro lado de la mesa si quedamos a tomar unas cañas, ¿eh?). ¡Os quiero!
Pero lo cierto es que hay momentos que se me instala en alguna parte del cerebro un pensamiento negativo y se queda ahí, angustiándome muchísimo.
La última vez que pasó esto fue culpa de Ana Blanco (la pobre). Estaba la mujer, muy profesional ella, haciendo su trabajo, e informando a los españoles que cuatro de cada diez europeos iba a resultar contagiado por la Gripe A (anteriormente conocida como gripe porcina, pero que ya se ha llamado de una forma más políticamente correcta). No es que me pillara de nuevas, porque ya lo había estado comentando con mi chico, pero en su momento me pareció una exageración y cuando lo oí de los labios de una seria presentadora de televisión, con una voz en off que repetía sin parar la palabra "pandemia", con un mapa muy coloreado de rojo, con gráficos de evolución muy preocupantes... La situación me pareció más peligrosa, más siniestra.
Creo que en ese momento la información se quedó agazapada en algún rincón de mi cabeza, aunque para cuando terminó el informativo yo parecía haberlo olvidado.
Y por la noche, ya metida en la cama para dormir, fue cuando se me despertó ese pensamiento negativo y me invadió entera. Casi podía sentir cómo avanzaba célula a célula...
Me dió por pensar que realmente hay un peligro ahí fuera, pero mi paranoia fue más allá. Recordé que a un conocido nuestro, que tendrá a lo sumo un par de años menos que yo, le dió hace muy poco un ictus cerebral y ahora está en rehabilitación, aprendiendo a andar otra vez. O uno de los mejores amigos de una compañera de trabajo, que con mi misma edad, había muerto hace unos meses de cáncer dejando un hijo pequeño que es posible que dentro de unos años ya no recuerde a su padre. O la de una chica de mi empresa hace un año. O ni siquiera alguien conocido o cercano. Las personas que mueren todos los días sin esperarlo...
Me dió miedo. Mucho. Un miedo irracional que me hizo llorar en la cama y que no se me pasó hasta que mi niño me dió un abrazo muy fuerte. ¿Qué pasaría si mi vida acabara mañana?
Por eso, día a día (y no hace falta haber sufrido este "ataque de pánico", sólo lo cuento para quee se entienda el por qué del último párrafo) procuro que la gente que me rodea sepa que la quiero, la estimo, le tengo cariño, la aprecio, y es importante para mí... Peco de pegajosa a veces, lo reconozco, y sí, puede que ya sea una obsesión, pero no quiero que amanezca un día en la que la gente que me rodee tenga la duda de lo que siento por ella.
Así que...
Chicos y chicas que me leéis, en la sombra o comentando: para mí sois muy importantes, porque me ayudáis un montón, me siento genial compartiendo con vosotros todo este batiburrillo de cosas que os encontráis aquí. Millones de gracias por estar ahí, al otro lado de la pantallita (o al otro lado de la mesa si quedamos a tomar unas cañas, ¿eh?). ¡Os quiero!
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