Sé que últimamente estoy descuidada. Mucho. Me lo noto, no hace falta que me lo digas, aunque lo más probable es que no lo hicieras.
No son excusas, pero este calor me está aplatanando (un poco como a ti) y no tengo ganas de hacer nada, a pesar de las pastillitas amarillas que a veces se me olvida tomar. Además, como sabes, en el trabajo estoy fatal (¡qué te voy a contar!), y llego a casa agotada tanto física como psíquicamente; y muchas veces con ganas de llorar y la autoestima por los suelos. Me tiro en el sofá intentando desconectar un poco, sin ganas de moverme de allí, disfrutando lo que puedo de no estar en la oficina. Con desgana hago algunas tareas de casa, pero siempre menos de las que debiera, lo sé. Así se me pasan, volando y totalmente improductivas, las escasas dos horas que estoy sola en casa hasta que llegas tú.
Y cuando abres la puerta, sólo tengo ganas de estar en tus brazos. También tú llegas cansado, me parece que como yo (estos calores los estamos acusando de mala manera, y más tú que en tu trabajo aún no tienes aire acondicionado todavía). No quiero ser pegajosa, porque además entiendo que necesitas tu espacio cuando en el salón el fresquito te da la bienvenida, pero estaría mirándote y abrazándote desde que giras la llave de casa.
Hablamos un poco de nuestro día, mientras te pones solícito a hacer la cena. A veces abrimos una cerveza o nos tomamos algo fresquito mientras decidimos qué cenar (¡el menor trabajo posible, por favor!). Después nos desplazamos al salón, apartamos todos los mandos de la mesa, y cenamos mientras zapeamos y nos quejamos de la programación. Mientras, me repantingo en el sofá, esperando a que te pongas cómodo para adaptarme a tu postura. Normalmente acabamos con un nudo de piernas. Automátiamente acaricias las mías y siempre pienso que me alegra tanto que estés conmigo...
No presto atención a la tele. A veces cojo un libro, pero la mayoría de las veces me limito a estar a tu lado, abrazándote a veces, o simplemente estando en contacto con tu piel. Entonces, y sólo entonces, empiezo a relajarme. Cierro un poco los ojos y sólo disfruto de ti.
Sobre las once me entra sueño (soy una dormilona, ya lo sabes), o a veces no, pero tengo la costumbre de irme a la cama. Y entonces llega la mejor parte del día, cuando empieza mi noche. Te vienes conmigo al dormitorio y te tumbas en la cama mientras yo voy al baño, pongo el despertador... Después me dejo caer a tu lado, con las luces apagadas. Me acaricias la piel, o el pelo, y yo me pongo traviesilla a veces, como aquella vez que se oía la música de la tele y empecé a bailar en la cama... ¿Te acuerdas?
Hablamos, nos reímos. Es lo mejor del día, siempre. Me encanta ver tu silueta, tus ojos brillar. En esos momentos me siento realmente feliz, y cuando por fin dices que te vas y me dejas dormir (siempre demasiado pronto para mi gusto), te intento retener en balde. Así que cuando dejas la cama me expando, como dices, para estar cómoda, pero también para abrazar tu lado de la almohada e intentar aspirar tu olor. Me quedo dormida con la mejor de las sonrisas, porque es gracias a ti.
Así que aunque esté descuidada, la realidad es que tú sigues siendo el motor de mi vida y te sigo queriendo cada día más.
No son excusas, pero este calor me está aplatanando (un poco como a ti) y no tengo ganas de hacer nada, a pesar de las pastillitas amarillas que a veces se me olvida tomar. Además, como sabes, en el trabajo estoy fatal (¡qué te voy a contar!), y llego a casa agotada tanto física como psíquicamente; y muchas veces con ganas de llorar y la autoestima por los suelos. Me tiro en el sofá intentando desconectar un poco, sin ganas de moverme de allí, disfrutando lo que puedo de no estar en la oficina. Con desgana hago algunas tareas de casa, pero siempre menos de las que debiera, lo sé. Así se me pasan, volando y totalmente improductivas, las escasas dos horas que estoy sola en casa hasta que llegas tú.
Y cuando abres la puerta, sólo tengo ganas de estar en tus brazos. También tú llegas cansado, me parece que como yo (estos calores los estamos acusando de mala manera, y más tú que en tu trabajo aún no tienes aire acondicionado todavía). No quiero ser pegajosa, porque además entiendo que necesitas tu espacio cuando en el salón el fresquito te da la bienvenida, pero estaría mirándote y abrazándote desde que giras la llave de casa.
Hablamos un poco de nuestro día, mientras te pones solícito a hacer la cena. A veces abrimos una cerveza o nos tomamos algo fresquito mientras decidimos qué cenar (¡el menor trabajo posible, por favor!). Después nos desplazamos al salón, apartamos todos los mandos de la mesa, y cenamos mientras zapeamos y nos quejamos de la programación. Mientras, me repantingo en el sofá, esperando a que te pongas cómodo para adaptarme a tu postura. Normalmente acabamos con un nudo de piernas. Automátiamente acaricias las mías y siempre pienso que me alegra tanto que estés conmigo...
No presto atención a la tele. A veces cojo un libro, pero la mayoría de las veces me limito a estar a tu lado, abrazándote a veces, o simplemente estando en contacto con tu piel. Entonces, y sólo entonces, empiezo a relajarme. Cierro un poco los ojos y sólo disfruto de ti.
Sobre las once me entra sueño (soy una dormilona, ya lo sabes), o a veces no, pero tengo la costumbre de irme a la cama. Y entonces llega la mejor parte del día, cuando empieza mi noche. Te vienes conmigo al dormitorio y te tumbas en la cama mientras yo voy al baño, pongo el despertador... Después me dejo caer a tu lado, con las luces apagadas. Me acaricias la piel, o el pelo, y yo me pongo traviesilla a veces, como aquella vez que se oía la música de la tele y empecé a bailar en la cama... ¿Te acuerdas?
Hablamos, nos reímos. Es lo mejor del día, siempre. Me encanta ver tu silueta, tus ojos brillar. En esos momentos me siento realmente feliz, y cuando por fin dices que te vas y me dejas dormir (siempre demasiado pronto para mi gusto), te intento retener en balde. Así que cuando dejas la cama me expando, como dices, para estar cómoda, pero también para abrazar tu lado de la almohada e intentar aspirar tu olor. Me quedo dormida con la mejor de las sonrisas, porque es gracias a ti.
Así que aunque esté descuidada, la realidad es que tú sigues siendo el motor de mi vida y te sigo queriendo cada día más.
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