Hace un par de fines de semana, ante El Gran Consejo (compuesto principalmente por mi madre), se decidió la cuestión candente que nos tenía en vilo durante estos últimos días.
¿Coche nuevo o de segunda mano?
Y el veredicto fué...
CULPABLE
Digooooooooooooooooooooooo:
NUEVO
Oh, sí.
He de decir en mi defensa que yo en todo momento me mostré excéptica y muy suiza (es decir: neutral), exponiendo pros y contra de ambas opciones con la profesionalidad que me caracteriza mientras comía jamoncillo -me pareció óptimo escoger el momento de la comida para plantear el tema-. Puse mi mejor cara de póker y creo que no me chisporrotearon los ojillos cuando mi madre afirmó que ya que nos metíamos en faena, lo hiciémos con un coche nuevo.
Y si lo dice una madre, no hay más que hablar.
Aunque hablamos, claro, lo hicimos largo y tendido para dejar bien claro que un coche de segunda mano nos haría bien el apaño (que, siendo sinceros, se reduce básicamente a no recocernos -sobre todo yo- en nuestro propio jugo con estas temperaturas, cosa que pasa actualmente con la Olivita). Mi madre contraargumentaba. Nosotros dábamos otra vuelta. Mi madre reopinaba de nuevo. Al final lo dejamos porque, no nos engañemos, me apetece (en presente) tener un coche nuevo.
Así que ya estaba yo soñando con el nuevo InnerCar.
Oh, sí. SIEMPRE hay un pero...
Lo malo vino cuando empecé a mirar coches y a que me gustaran unos cuantos. El presupuesto subía más de lo que yo había pensado (la maldita palabra DESDE en los anuncios de coches hace tanto daño...), y además, ya que estaba puesta, lo quería todo-todo-todo.
Miré tristemente las cuentas repasadas una y otra vez: si quiero el coche nuevo, SÓLO puede ser el coche nuevo. Nada de vacaciones, ni del proyecto de remodelación de la cocina, ni siquiera una mísera cortina de baño nueva, tampoco el aire acondicionado extra para el dormitorio o el estudio, así como bye bye a mis tardes de compras o a mis caprichos zapatiles. Y rezando, claro, con que no surga un imprevisto...
Por tanto, ahora estamos en el punto de buscar algún coche de segunda mano que merezca la pena y que sirva para que no me sublime (¿se dice así?) en el coche, que en el fondo es el quid de la cuestión, la verdad sea dicha. Pero ahora estoy desinflada y sin ilusión: lo confieso. No creo que tenga un flechazo con un coche de segunda mano.
Jo, cómo me gustaría ganar la lotería... O algo así...
¿Coche nuevo o de segunda mano?
Y el veredicto fué...
CULPABLE
Digooooooooooooooooooooooo:
NUEVO
Oh, sí.
He de decir en mi defensa que yo en todo momento me mostré excéptica y muy suiza (es decir: neutral), exponiendo pros y contra de ambas opciones con la profesionalidad que me caracteriza mientras comía jamoncillo -me pareció óptimo escoger el momento de la comida para plantear el tema-. Puse mi mejor cara de póker y creo que no me chisporrotearon los ojillos cuando mi madre afirmó que ya que nos metíamos en faena, lo hiciémos con un coche nuevo.
Y si lo dice una madre, no hay más que hablar.
Aunque hablamos, claro, lo hicimos largo y tendido para dejar bien claro que un coche de segunda mano nos haría bien el apaño (que, siendo sinceros, se reduce básicamente a no recocernos -sobre todo yo- en nuestro propio jugo con estas temperaturas, cosa que pasa actualmente con la Olivita). Mi madre contraargumentaba. Nosotros dábamos otra vuelta. Mi madre reopinaba de nuevo. Al final lo dejamos porque, no nos engañemos, me apetece (en presente) tener un coche nuevo.
Así que ya estaba yo soñando con el nuevo InnerCar.
PERO
Oh, sí. SIEMPRE hay un pero...
Lo malo vino cuando empecé a mirar coches y a que me gustaran unos cuantos. El presupuesto subía más de lo que yo había pensado (la maldita palabra DESDE en los anuncios de coches hace tanto daño...), y además, ya que estaba puesta, lo quería todo-todo-todo.
Miré tristemente las cuentas repasadas una y otra vez: si quiero el coche nuevo, SÓLO puede ser el coche nuevo. Nada de vacaciones, ni del proyecto de remodelación de la cocina, ni siquiera una mísera cortina de baño nueva, tampoco el aire acondicionado extra para el dormitorio o el estudio, así como bye bye a mis tardes de compras o a mis caprichos zapatiles. Y rezando, claro, con que no surga un imprevisto...
Por tanto, ahora estamos en el punto de buscar algún coche de segunda mano que merezca la pena y que sirva para que no me sublime (¿se dice así?) en el coche, que en el fondo es el quid de la cuestión, la verdad sea dicha. Pero ahora estoy desinflada y sin ilusión: lo confieso. No creo que tenga un flechazo con un coche de segunda mano.
Jo, cómo me gustaría ganar la lotería... O algo así...
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