Yo, como fanática de LOST, soy consciente de que el Universo siempre corrige su curso. Si una cosa no ha de ser, no será...
Puede parecer que la introducción al post no tenga nada que ver con el hecho de que hace un par de Viernes estuvieron cenando en casa unos amigos con su hija. Al principio estaba algo preocupada, porque por la tarde estuve preparando la cena, y no se me ocurría qué le podía hacer a la niña (tendrá unos dos añillos, quizá algo más). Una vez más quedó patente que no tengo ni idea de niños, porque por ejempo lo sé ni qué come un niño -igual que no sé qué come una cobaya, por ejemplo-.
En fin, a pesar de lo que yo creía, tooooooooodo fue bien. La niña, que normalmente es bastante cortada, se la veía a gusto y nos lo pasamos bastante bien. Le hice unas minipizzas caseras con pan de molde que le gustaron. En definitiva, estábamos pasándolo en grande.
En esto que llamaron a la puerta.
¿Quién era?
Mi instinto maternal.
Nos presentamos, nos dimos dos besos (yo no lo conocía), y pasó al salón. Mi instinto maternal se puso cómodo y allí se quedó toda la velada.
Es decir: la niña estaba correteando por casa, sin contarse ni un pelo, riendo, saltando, curioseando todo, cogíendome la mano... Y yo detrás de ella, enseñándole lo que le llamaba la atención, dejándome llevar, hablando con ella, dejando que saltara como una loca encima de la cama... Haciendo lo nunca visto, en pocas palabras.
Sorprendentemente, si la cría pareció disfrutar, yo no me quedé corta. No me daba miedo acercarme, ni cogerla, ni levantarla, ni ayudarla a dar volteretas. No pensé que se me rompería. No sentí el típico recelo que me invade cuando hay un niño cerca. Me lo pasé genial.
Así que cuando nos fuimos a la cama, eran más de las dos, y a pesar de que deberíamos levantarnos a la mañana siguiente temprano, me fui a dormir con una sonrisa en los labios, por haber tenido esa experiencia hasta ahora desconocida.
Y por la noche, en sueños, el Universo me recordó que yo no sirvo para ser madre (al menos, quiero pensar que AÚN no). Me desperté empapada en sudor, porque había soñado que tenía un hijo al que olvidaba y no le daba de comer en tres días (con las inherentes consecuencias).
Mi instinto maternal había desaparecido de un plumazo.
Así que el Universo corrigió su error... A ver cuándo al Universo le da por ponerse de acuerdo con mi reloj biológico que entre los dos me están volviendo un poco loca.
Puede parecer que la introducción al post no tenga nada que ver con el hecho de que hace un par de Viernes estuvieron cenando en casa unos amigos con su hija. Al principio estaba algo preocupada, porque por la tarde estuve preparando la cena, y no se me ocurría qué le podía hacer a la niña (tendrá unos dos añillos, quizá algo más). Una vez más quedó patente que no tengo ni idea de niños, porque por ejempo lo sé ni qué come un niño -igual que no sé qué come una cobaya, por ejemplo-.
En fin, a pesar de lo que yo creía, tooooooooodo fue bien. La niña, que normalmente es bastante cortada, se la veía a gusto y nos lo pasamos bastante bien. Le hice unas minipizzas caseras con pan de molde que le gustaron. En definitiva, estábamos pasándolo en grande.
En esto que llamaron a la puerta.
¿Quién era?
Mi instinto maternal.
Nos presentamos, nos dimos dos besos (yo no lo conocía), y pasó al salón. Mi instinto maternal se puso cómodo y allí se quedó toda la velada.
Es decir: la niña estaba correteando por casa, sin contarse ni un pelo, riendo, saltando, curioseando todo, cogíendome la mano... Y yo detrás de ella, enseñándole lo que le llamaba la atención, dejándome llevar, hablando con ella, dejando que saltara como una loca encima de la cama... Haciendo lo nunca visto, en pocas palabras.
Sorprendentemente, si la cría pareció disfrutar, yo no me quedé corta. No me daba miedo acercarme, ni cogerla, ni levantarla, ni ayudarla a dar volteretas. No pensé que se me rompería. No sentí el típico recelo que me invade cuando hay un niño cerca. Me lo pasé genial.
Así que cuando nos fuimos a la cama, eran más de las dos, y a pesar de que deberíamos levantarnos a la mañana siguiente temprano, me fui a dormir con una sonrisa en los labios, por haber tenido esa experiencia hasta ahora desconocida.
Y por la noche, en sueños, el Universo me recordó que yo no sirvo para ser madre (al menos, quiero pensar que AÚN no). Me desperté empapada en sudor, porque había soñado que tenía un hijo al que olvidaba y no le daba de comer en tres días (con las inherentes consecuencias).
Mi instinto maternal había desaparecido de un plumazo.
Así que el Universo corrigió su error... A ver cuándo al Universo le da por ponerse de acuerdo con mi reloj biológico que entre los dos me están volviendo un poco loca.
12 comentarios: