Pantalón pirata de lino color fucsia. ¡Pip!
Pantalón pirata vaquero con pespuntes rojos. ¡Pip!
Blusa verde sin mangas y cuello MAO. ¡Pip!
Camiseta de tirantes color chocolate. ¡Pip!
Sobrecamisa negra. ¡Pip!
Polo de rayas blancas y azul marino. ¡Pip!
Camiseta blanca de licra para interior. ¡Pip!
Pantalón largo suelto color chocolate. ¡Pip!
Camisa azul con lazada atrás. ¡Pip!
Camiseta roja con espiral en blanco. ¡Pip!
La voz de la cajera, que había estado pasando por el lector todas mis adquisiciones, me llegaba como ahogada y no entendí ni media palabra de lo que decía, supongo que el total de la venta. Ni siquiera la veía detrás del montón de ropa puesta de cualquier manera sobre el mostrador. Aparté las prendas y ví su amplia sonrisa. En esa tienda, la amplitud de la sonrisa es proporcional al importe de la venta. Sonreía mucho.
Saqué mi tarjeta y la pasó por el TPV. El chisme hizo un ruido muy raro. La chica la volvió a pasar. El ruido volvió a sonar. La chica insistió una vez más. Y el resultado fue el mismo. La dependienta me devolvió la tarjeta. No funcionaba.
Con calma, busqué mi TarjetaNúmeroDos en la cartera. Pero no estaba. Fruncí el ceño, mientras me acordaba que cuando salí a comprar la otra tarde, no llevé bolso y me la metí en el bolsillo. Al llegar a casa la dejé sobre la mesa, y allí se había quedado.
Ya un pelín más histérica, rebusqué mi TarjetaNúmeroTres o TarjetaDeEmergencia (porque no cabía duda de que ERA una emergencia). Pero tampoco estaba. ¿Qué c*ñ*...? Ah, es verdad. El otro día tuve otra emergencia con unos zapatos y llevaba la tarjeta en otro bolso, y allí se quedó.
Jos.
De todas formas, ser una compradora de mi nivel tiene sus ventajas. Sin ninguna de mis tarjetas, salí de la tienda con mis bolsas de ropa nueva... Aaaaaaaahhhhh...
PERO estaba en la calle. En la city. Con una tarjeta inservible (ni en el cajero funcionaba). Y tres euros sueltos en el bolsillo. Y el coche metido en un párking. A punto de quedarme atrapada allí.
Mi primer impulso fue correr como una loca al párking porque cada minuto que pasaba era un riesgo. Pero hacía demasiado calor, y yo soy demasiado vaga. Así que fui andando. Un poco frenética, pero andando. Y llegué al párking. Y metí el ticket. Por favor, por favor, prometo no comprar nada más en tooooooodas estas rebajas si me cuesta menos de tres euros y la máquina no se traga ninguna de mis únicas monedas...
2.60 EUROS
Uffffffff...
Conclusión 1: Necesito otra tarjeta, aunque sea implantada debajo de la piel, para que no se me olvide ni me vuelva a pasar nada parecido.
Conclusión 2: ¿CÓMO se me ocurre salir sin efectivo? Desde luego, no es mi estilo, debo repasar mi cartera cada cierto tiempo por si acaso.
Conclusión 3: Lo de llevar algo de dinero en el coche ha pasado de ser recomendable a ser BÁSICO.
Conclusión 4: Prometer algo a cambio de que algo me salga bien funciona, porque el Universo no ve que tengo los deditos cruzados y la promesa se queda sin efecto...
Pantalón pirata vaquero con pespuntes rojos. ¡Pip!
Blusa verde sin mangas y cuello MAO. ¡Pip!
Camiseta de tirantes color chocolate. ¡Pip!
Sobrecamisa negra. ¡Pip!
Polo de rayas blancas y azul marino. ¡Pip!
Camiseta blanca de licra para interior. ¡Pip!
Pantalón largo suelto color chocolate. ¡Pip!
Camisa azul con lazada atrás. ¡Pip!
Camiseta roja con espiral en blanco. ¡Pip!
La voz de la cajera, que había estado pasando por el lector todas mis adquisiciones, me llegaba como ahogada y no entendí ni media palabra de lo que decía, supongo que el total de la venta. Ni siquiera la veía detrás del montón de ropa puesta de cualquier manera sobre el mostrador. Aparté las prendas y ví su amplia sonrisa. En esa tienda, la amplitud de la sonrisa es proporcional al importe de la venta. Sonreía mucho.
Saqué mi tarjeta y la pasó por el TPV. El chisme hizo un ruido muy raro. La chica la volvió a pasar. El ruido volvió a sonar. La chica insistió una vez más. Y el resultado fue el mismo. La dependienta me devolvió la tarjeta. No funcionaba.
Con calma, busqué mi TarjetaNúmeroDos en la cartera. Pero no estaba. Fruncí el ceño, mientras me acordaba que cuando salí a comprar la otra tarde, no llevé bolso y me la metí en el bolsillo. Al llegar a casa la dejé sobre la mesa, y allí se había quedado.
Ya un pelín más histérica, rebusqué mi TarjetaNúmeroTres o TarjetaDeEmergencia (porque no cabía duda de que ERA una emergencia). Pero tampoco estaba. ¿Qué c*ñ*...? Ah, es verdad. El otro día tuve otra emergencia con unos zapatos y llevaba la tarjeta en otro bolso, y allí se quedó.
Jos.
De todas formas, ser una compradora de mi nivel tiene sus ventajas. Sin ninguna de mis tarjetas, salí de la tienda con mis bolsas de ropa nueva... Aaaaaaaahhhhh...
PERO estaba en la calle. En la city. Con una tarjeta inservible (ni en el cajero funcionaba). Y tres euros sueltos en el bolsillo. Y el coche metido en un párking. A punto de quedarme atrapada allí.
Mi primer impulso fue correr como una loca al párking porque cada minuto que pasaba era un riesgo. Pero hacía demasiado calor, y yo soy demasiado vaga. Así que fui andando. Un poco frenética, pero andando. Y llegué al párking. Y metí el ticket. Por favor, por favor, prometo no comprar nada más en tooooooodas estas rebajas si me cuesta menos de tres euros y la máquina no se traga ninguna de mis únicas monedas...2.60 EUROS
Uffffffff...
Conclusión 1: Necesito otra tarjeta, aunque sea implantada debajo de la piel, para que no se me olvide ni me vuelva a pasar nada parecido.
Conclusión 2: ¿CÓMO se me ocurre salir sin efectivo? Desde luego, no es mi estilo, debo repasar mi cartera cada cierto tiempo por si acaso.
Conclusión 3: Lo de llevar algo de dinero en el coche ha pasado de ser recomendable a ser BÁSICO.
Conclusión 4: Prometer algo a cambio de que algo me salga bien funciona, porque el Universo no ve que tengo los deditos cruzados y la promesa se queda sin efecto...
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