- Entonces, hija, ¿la semana que viene irás a Madrid, no?
- Sí, mamá, a primera hora tengo una reunión.
- Ah, pues mira, ya que estás ahí...
Guardé silencio, para ver por dónde salía mi madre...
- ...podrías comprar lotería en Doña Manolita. Sólo necesito cuatro décimos...
Ahhhhhh... Era eso. Entonces me vino a la mente la cola enormísima que había la semana pasada, que era escandalosa. Recuerdo que aluciné pensando en la gente que perdía su tiempo en comprar lotería de Navidad, y más concretamente, en esa administración. Pues ahora el Universo me daba en todos los morros.
- Mamá, la reunión la tengo en las afueras. Tan en las afueras que casi la tengo en Cuenca, y la Doña Manolita esa está en el centro, me pilla lejísimos... Casi me pilla mejor ir a Sort, fíjate lo que te digo...
- Bueno... Snif... Entonces nada...
- Pues sí, olvídalo, porque vamos: imposible.
______________
La conversación resuena en mi cabeza una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... mientras voy en un taxi que atraviesa Madrid a una velocidad endiablada.
Toma ya.
Había acabado la reunión, había salido pitando a Chamartín para cambiar el billete de tren, lo que me dejaba un tiempo razonable que podía invertir tranquilamente en leer un libro, ojear una revista, escuchar música o simplemente estar allí, como el resto de los viajeros, esperando a que el tren estacionara en la vía.
Pero no. En lugar de eso, he cogido un taxi (previo abandono de mi maletita en consigna) y me dirijo a la Gran Vía número 31, para conseguirle a mi madre sus décimos de Doña Manolita. Amor de hija, lo llaman.
El taxi frena bruscamente, pone las luces de emergencia, yo pago un precio abusivo por la carrera, y salto del taxi con el corazón que se me sale por la boca porque encima seguro que está a punto de cerrar porque es hora de comer. Afortunadamente (no me lo puedo creer), hay poca cola, por lo que sólo espero veinte minutos antes de llegar a la taquilla.
- ¡Buenas! Aceptan pagos con tarjeta, ¿verdad?
- No.
Oh-oh. Miro en mi cartera. Sólo llevo 40 euros y dos o tres monedillas sueltas, no me da para los cuatro décimos de marras. ¿Qué hagooooooooooooooooooo?
- Bueno, pues déme dos...
Salgo de la administración con los dos décimos en la mano, como una posesa. Miro a mi derecha. Miro a mi izquierda. ¿Dónde hay un cajero automático, por favor?
- Cariño, estoy en la Gran Vía, en lo de Doña Manolita. ¿Dónde hay un cajero? Sí, sí, sí, me doy cuenta de que tú estás a 300 kilómetros de aquí, pero seguro que sabes dónde hay uno...
- En la acera de enfrente, un poco más abajo, tienes un cajero de los tuyos.
- ¡Gracias!
¡Ése es mi chico! Resolutivo incluso a esa distancia, y sin dudar ni medio segundo. Efectivamente: veo a lo lejos un cajero, así que le cuelgo tras despedirme atropelladamente y bajo corriendo la calle (sin olvidar que obviamente llevo mi disfraz de trabajo y los tacones me están matando, faltaba más, así que correr por la Gran Vía -correr, a secas- es lo que menos me apetece en ese momento).
Espero impaciente al muñequito verde que me permita pasar, y luego asalto el cajero. Error de conexión, es decir: que no me da pasta. Así que entro en la sucursal, guardo cola otra vez, y saco más dinero. Deshago mi camino y acabo otra vez en la cola (qué condena) de Doña Manolita, esta vez algo más larga pero ni de coña como la otra vez que daba la vuelta por Alcorcón, casi. Es un consuelo.
Otros veinte minutos más tarde (a punto de darme un chungo), acabo en la misma ventanilla que antes.
- ¡Hola otra vez! ¿Me podría dar otros dos décimos de este número que me vendió antes?
- Pues de ese número ya no me quedan...
Genial. En ese momento, toda la tensión de ir corriendo a por los malditos décimos de marras se condensó en forma de lagrimillas. Por supuesto que no iba a llorar allí. ¿Seguro? ¿Por qué no? Porque no soy una histérica. Bueno, en realidad sí. I'm a drama queen...
- ...ah, no, espera, que no he mirado aquí... Toma.
Salgo a la calle con mis cuatro décimos del mismo número, y siento como si que hubieran quitado una losa de los hombros. Más relajada, levanto una mano a lo Carrie Bradshaw y paro un taxi que me lleve de vuelta a la estación. Me siento realmente satisfecha de mí misma, así que llamo a mi madre para darle la sorpresa.
- Mamá, ¿a que no adivinas? ¡Ya tengo tus décimos de Doña Manolita!
- ¿Y por qué? Hija, no tenías que haberlo hecho. Si me daba igual, ya he comprado aquí...
Ten madre para esto.
- Sí, mamá, a primera hora tengo una reunión.
- Ah, pues mira, ya que estás ahí...
Guardé silencio, para ver por dónde salía mi madre...
- ...podrías comprar lotería en Doña Manolita. Sólo necesito cuatro décimos...
Ahhhhhh... Era eso. Entonces me vino a la mente la cola enormísima que había la semana pasada, que era escandalosa. Recuerdo que aluciné pensando en la gente que perdía su tiempo en comprar lotería de Navidad, y más concretamente, en esa administración. Pues ahora el Universo me daba en todos los morros.
- Mamá, la reunión la tengo en las afueras. Tan en las afueras que casi la tengo en Cuenca, y la Doña Manolita esa está en el centro, me pilla lejísimos... Casi me pilla mejor ir a Sort, fíjate lo que te digo...
- Bueno... Snif... Entonces nada...
- Pues sí, olvídalo, porque vamos: imposible.
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La conversación resuena en mi cabeza una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... mientras voy en un taxi que atraviesa Madrid a una velocidad endiablada.
Toma ya.
Había acabado la reunión, había salido pitando a Chamartín para cambiar el billete de tren, lo que me dejaba un tiempo razonable que podía invertir tranquilamente en leer un libro, ojear una revista, escuchar música o simplemente estar allí, como el resto de los viajeros, esperando a que el tren estacionara en la vía.
Pero no. En lugar de eso, he cogido un taxi (previo abandono de mi maletita en consigna) y me dirijo a la Gran Vía número 31, para conseguirle a mi madre sus décimos de Doña Manolita. Amor de hija, lo llaman.
El taxi frena bruscamente, pone las luces de emergencia, yo pago un precio abusivo por la carrera, y salto del taxi con el corazón que se me sale por la boca porque encima seguro que está a punto de cerrar porque es hora de comer. Afortunadamente (no me lo puedo creer), hay poca cola, por lo que sólo espero veinte minutos antes de llegar a la taquilla.
- ¡Buenas! Aceptan pagos con tarjeta, ¿verdad?
- No.
Oh-oh. Miro en mi cartera. Sólo llevo 40 euros y dos o tres monedillas sueltas, no me da para los cuatro décimos de marras. ¿Qué hagooooooooooooooooooo?
- Bueno, pues déme dos...
Salgo de la administración con los dos décimos en la mano, como una posesa. Miro a mi derecha. Miro a mi izquierda. ¿Dónde hay un cajero automático, por favor?
- Cariño, estoy en la Gran Vía, en lo de Doña Manolita. ¿Dónde hay un cajero? Sí, sí, sí, me doy cuenta de que tú estás a 300 kilómetros de aquí, pero seguro que sabes dónde hay uno...
- En la acera de enfrente, un poco más abajo, tienes un cajero de los tuyos.
- ¡Gracias!
¡Ése es mi chico! Resolutivo incluso a esa distancia, y sin dudar ni medio segundo. Efectivamente: veo a lo lejos un cajero, así que le cuelgo tras despedirme atropelladamente y bajo corriendo la calle (sin olvidar que obviamente llevo mi disfraz de trabajo y los tacones me están matando, faltaba más, así que correr por la Gran Vía -correr, a secas- es lo que menos me apetece en ese momento).
Espero impaciente al muñequito verde que me permita pasar, y luego asalto el cajero. Error de conexión, es decir: que no me da pasta. Así que entro en la sucursal, guardo cola otra vez, y saco más dinero. Deshago mi camino y acabo otra vez en la cola (qué condena) de Doña Manolita, esta vez algo más larga pero ni de coña como la otra vez que daba la vuelta por Alcorcón, casi. Es un consuelo.
Otros veinte minutos más tarde (a punto de darme un chungo), acabo en la misma ventanilla que antes.
- ¡Hola otra vez! ¿Me podría dar otros dos décimos de este número que me vendió antes?
- Pues de ese número ya no me quedan...
Genial. En ese momento, toda la tensión de ir corriendo a por los malditos décimos de marras se condensó en forma de lagrimillas. Por supuesto que no iba a llorar allí. ¿Seguro? ¿Por qué no? Porque no soy una histérica. Bueno, en realidad sí. I'm a drama queen...
- ...ah, no, espera, que no he mirado aquí... Toma.
Salgo a la calle con mis cuatro décimos del mismo número, y siento como si que hubieran quitado una losa de los hombros. Más relajada, levanto una mano a lo Carrie Bradshaw y paro un taxi que me lleve de vuelta a la estación. Me siento realmente satisfecha de mí misma, así que llamo a mi madre para darle la sorpresa.
- Mamá, ¿a que no adivinas? ¡Ya tengo tus décimos de Doña Manolita!
- ¿Y por qué? Hija, no tenías que haberlo hecho. Si me daba igual, ya he comprado aquí...
Ten madre para esto.
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