- Creo que él me miente.
Tres cuellos perfectamente sincronizados hicieron un giro (alguna casi de 180 grados) y nos la quedamos mirando estupefactas. Tres pares de ojos como platos clavados en ella. Parpadeé incrédula mientras hacía un rápido cálculo: ¡pero si no llevan ni dos meses casados!
Aunque algo ahí no cuadraba: una declaración así de dramática no podía hacerse con una voz tan tranquila. A continuación vino la explicación.
- Sí, me dice que estoy guapa cuando voy con el chándal viejo, sin maquillar y sin peinar, ¡y con las pantuflas desgastadas! En qué cabeza cabe que me diga eso, si está claro que no es verdad. Me miente...
Tras escuchar eso, mi ritmo cardiaco se normalizó. No había crisis matrimonial seria (y precoz). El alivio se hizo palpable entre nosotras, y desconecté un poco de lo que vino a continuación...
...porque me estaba acordando de esa misma mañana, cuando legañosa perdida le pegué un manotazo al despertador, salí con dificultad de la cama, y me dirigí al cuarto de baño. A cada paso que daba era consciente de mi lamentable aspecto matutino: el pijama desgastado, una pernera del pantalón hasta abajo y la otra por la rodilla, la parte de arriba del pijama medio abierta y descolocada, el pelo alborotado (pero sin las medias de color), ningún vestigio de mi cola de caballo nocturna excepto una goma de pelo agarrada desesperadamente en un mechón y a punto de caerse, con los ojos aún pegados, una expresión de fastidio infinito y sin un atisbo de sonrisa o de cualquier cosa positiva.
Y miré a mi chico, que aún estaba medio dormido pero aún así tuvo fuerza para abrir un ojo (sólo uno, pobrecito) para mirarme, sonreir a pesar de tener media cara aplastada contra la almohada, y murmurar extasiado: qué guapa eres. Tenía que ser sincero: no estaba lo sufientemente despierto como para buscar algo que decir que no pensara.
Entonces me dí cuenta de algo maravilloso...
No es que mientan. Es que siguen enamorados, a pesar de todo.

Tres cuellos perfectamente sincronizados hicieron un giro (alguna casi de 180 grados) y nos la quedamos mirando estupefactas. Tres pares de ojos como platos clavados en ella. Parpadeé incrédula mientras hacía un rápido cálculo: ¡pero si no llevan ni dos meses casados!
Aunque algo ahí no cuadraba: una declaración así de dramática no podía hacerse con una voz tan tranquila. A continuación vino la explicación.
- Sí, me dice que estoy guapa cuando voy con el chándal viejo, sin maquillar y sin peinar, ¡y con las pantuflas desgastadas! En qué cabeza cabe que me diga eso, si está claro que no es verdad. Me miente...
Tras escuchar eso, mi ritmo cardiaco se normalizó. No había crisis matrimonial seria (y precoz). El alivio se hizo palpable entre nosotras, y desconecté un poco de lo que vino a continuación...
...porque me estaba acordando de esa misma mañana, cuando legañosa perdida le pegué un manotazo al despertador, salí con dificultad de la cama, y me dirigí al cuarto de baño. A cada paso que daba era consciente de mi lamentable aspecto matutino: el pijama desgastado, una pernera del pantalón hasta abajo y la otra por la rodilla, la parte de arriba del pijama medio abierta y descolocada, el pelo alborotado (pero sin las medias de color), ningún vestigio de mi cola de caballo nocturna excepto una goma de pelo agarrada desesperadamente en un mechón y a punto de caerse, con los ojos aún pegados, una expresión de fastidio infinito y sin un atisbo de sonrisa o de cualquier cosa positiva.
Y miré a mi chico, que aún estaba medio dormido pero aún así tuvo fuerza para abrir un ojo (sólo uno, pobrecito) para mirarme, sonreir a pesar de tener media cara aplastada contra la almohada, y murmurar extasiado: qué guapa eres. Tenía que ser sincero: no estaba lo sufientemente despierto como para buscar algo que decir que no pensara.
Entonces me dí cuenta de algo maravilloso...
No es que mientan. Es que siguen enamorados, a pesar de todo.

9 comentarios: