- Hola, guapa, ¿puedo ayudarte en algo?
Yo seguí a lo mío, es decir: churreteando entre las perchas. Indudablemente esa voz no iba dirigida a mí, por lo que continué ojeando prendas y echándome al brazo los "posibles fichajes".
La vocecilla atacó de nuevo.
- ¿Seguro que no necesitas ayuda, guapa?
Me giré de nuevo, a ver de dónde procedía tanta insistencia: de una dependienta pequeñísima y delgadísima. Calculé que con mi masa corporal se podrían haber hecho por lo menos siete como ella. Me estaba mirando a mí, así que al parecer la tal guapa era yo. No obstante, miré a mi alrededor por si acaso, pero la única clienta a esas horas era yo.
- Er... No, gracias. Sólo estoy echando un vistazo...
- Vale, pero estoy por aquí por si necesitas algo, ¿eh, guapa?
Y dale.
- Perfecto, gracias.
Ayer no sé qué le pasaban a las tiendas (Zara, Mango, etcétera), que tenían cosas PONIBLES y todo. Por eso yo y un montoncillo de ropa entramos en los desiertos probadores de la tienda en cuestión, y enseguida apareció la minidependienta.
A mí me gusta probarme las cosas tranquilamente. De hecho, cuando voy a comprarme ropa, me gusta ir sola, para ver lo que me queda bien o no y no entrar en conflicto con nadie. Por eso, lo último que necesitaba es una extremadamente servicial minidependienta.
- No te preocupes, ya me apaño bien sola.
- No, guapa, porque, ¿y si necesitas otra talla u otra cosa?
Me estaba poniendo de los nervios ya. Intenté no demostrarlo a través de mi voz, así que usé mi tono más dulzón y carameloso -no apto para diabéticos-.
- Pues entonces yo te aviso, tú tranquila. Muuuuuchas gracias.
Pareció captarlo, porque ya no la oí más mientras me iba probando prendas. En un momento dado, salí del cubículo para ver qué tal me quedaba un jersey.
- ¡Oh! ¡Pero QUÉ BIEN te queda!
Ahí estaba la minidependienta, acechando. Seguro que se había quedado allí todo el rato sin respirar para que no la oyera...
- Aunque, ¿un poquito grande, no? Espera que te traiga una talla menos...
Hay que reconocer que sabía cuál era exactamente la frase mágica para todas las chicas: necesitas una talla MÁS PEQUEÑA. Infalible. De repente, toda mi irritación se convirtió en benevolencia.
Y sí, tenía razón, una talla más pequeña me vino genial (cosa inexplicable porque estoy segura de que no he bajado ni un sólo gramo desde la última vez que me compré ropa). Lo cual me infló el ego. Además, TODO me quedaba bien. Estábamos ante un caso claro de guapo subido corregido y aumentado por el hecho de necesitar una talla menos. Y ahí empezó todo:
Tenía el guapo subido.
Y llevaba días metida en casa (por voluntad propia).
Y hacía tiempo que no me concedía ningún capricho.
Y tenía algún dinerillo.
Y parecía que todo me favorecía.
Es decir: ACABÉ CON UNAS CUANTAS BOLSAS DE ROPA, cuando antes de mi encuentro con la minidependienta sólo quería un jersey negro de cuello de pico para preservar mi economía.
Al menos, ya sé a quién echarle la culpa cuando a final de mes esté once again en números rojos.
Yo seguí a lo mío, es decir: churreteando entre las perchas. Indudablemente esa voz no iba dirigida a mí, por lo que continué ojeando prendas y echándome al brazo los "posibles fichajes".
La vocecilla atacó de nuevo.
- ¿Seguro que no necesitas ayuda, guapa?
Me giré de nuevo, a ver de dónde procedía tanta insistencia: de una dependienta pequeñísima y delgadísima. Calculé que con mi masa corporal se podrían haber hecho por lo menos siete como ella. Me estaba mirando a mí, así que al parecer la tal guapa era yo. No obstante, miré a mi alrededor por si acaso, pero la única clienta a esas horas era yo.
- Er... No, gracias. Sólo estoy echando un vistazo...
- Vale, pero estoy por aquí por si necesitas algo, ¿eh, guapa?
Y dale.
- Perfecto, gracias.
Ayer no sé qué le pasaban a las tiendas (Zara, Mango, etcétera), que tenían cosas PONIBLES y todo. Por eso yo y un montoncillo de ropa entramos en los desiertos probadores de la tienda en cuestión, y enseguida apareció la minidependienta.
A mí me gusta probarme las cosas tranquilamente. De hecho, cuando voy a comprarme ropa, me gusta ir sola, para ver lo que me queda bien o no y no entrar en conflicto con nadie. Por eso, lo último que necesitaba es una extremadamente servicial minidependienta.
- No te preocupes, ya me apaño bien sola.
- No, guapa, porque, ¿y si necesitas otra talla u otra cosa?
Me estaba poniendo de los nervios ya. Intenté no demostrarlo a través de mi voz, así que usé mi tono más dulzón y carameloso -no apto para diabéticos-.
- Pues entonces yo te aviso, tú tranquila. Muuuuuchas gracias.
Pareció captarlo, porque ya no la oí más mientras me iba probando prendas. En un momento dado, salí del cubículo para ver qué tal me quedaba un jersey.
- ¡Oh! ¡Pero QUÉ BIEN te queda!
Ahí estaba la minidependienta, acechando. Seguro que se había quedado allí todo el rato sin respirar para que no la oyera...
- Aunque, ¿un poquito grande, no? Espera que te traiga una talla menos...
Hay que reconocer que sabía cuál era exactamente la frase mágica para todas las chicas: necesitas una talla MÁS PEQUEÑA. Infalible. De repente, toda mi irritación se convirtió en benevolencia.
Y sí, tenía razón, una talla más pequeña me vino genial (cosa inexplicable porque estoy segura de que no he bajado ni un sólo gramo desde la última vez que me compré ropa). Lo cual me infló el ego. Además, TODO me quedaba bien. Estábamos ante un caso claro de guapo subido corregido y aumentado por el hecho de necesitar una talla menos. Y ahí empezó todo:
Tenía el guapo subido.
Y llevaba días metida en casa (por voluntad propia).
Y hacía tiempo que no me concedía ningún capricho.
Y tenía algún dinerillo.
Y parecía que todo me favorecía.
Es decir: ACABÉ CON UNAS CUANTAS BOLSAS DE ROPA, cuando antes de mi encuentro con la minidependienta sólo quería un jersey negro de cuello de pico para preservar mi economía.
Al menos, ya sé a quién echarle la culpa cuando a final de mes esté once again en números rojos.
11 comentarios: