Conocí una vez a un chico que decía en demasiadas ocasiones: siempre ha habido clases. Me irritaba muchísimo oírle decir eso sobre todo por el tono que empleaba: un tono de sufiencia que quería decir que él pertenecía a la clase alta.
Sin embargo, estoy de acuerdo porque siempre ha habido clases y sobre todo en un entorno laboral. La propia organización jerárquica se basa en las clases; no hay empresa grande que no tenga directivos de cargo con nombre rimbombante y sueldos demenciales.
Y cuando te encuentras con uno de ellos en el ascensor, por ejemplo, sabes que el traje que lleva cuesta lo que tu sueldo de seis meses, y que su palabra vale mucho más que la tuya, y que en un posible enfrentamiento claramente tienes todas las de perder.
Por eso a veces, cuando me llega a mí, lo más bajo de la escala jerárquica, un correo del más arriba con alguna chulería más de la cuenta -que parece que viene con el cargo-, tengo que respirar tres veces y alejarme del teclado para impedir que mis dedos escriban la respuesta que me sale del alma, porque seguramente me costaría el finiquito. Yo borde puedo ser un rato largo, mucho más de lo que parezco (no es que esté especialmente orgullosa de ello, pero es lo que hay). Peeeeeero, si pienso en mi hipoteca, en mis gastos, etcétera... pues no me sale rentable perder mi nómina por un exabrupto que encima no conducirá a ningún sitio.
Con lo que fantaseo algunas veces es con poder contestar como me apetece a determinadas personas (ninguna de mi departamento, cosa curiosa) y que no tuviera consecuencias. Es decir: jugar en la misma liga por una vez. Que el correo de vuelta tuviera la misma mala milk que el de ida. Que yo fuera la horma de su zapato. Enseñar los dientes de una buena vez para mostrar que no por estar debajo mis dientes son de leche: tengo tan buenos colmillos como cualquiera.
Me quedaría tan pancha y tan a gusto...
Sin embargo, estoy de acuerdo porque siempre ha habido clases y sobre todo en un entorno laboral. La propia organización jerárquica se basa en las clases; no hay empresa grande que no tenga directivos de cargo con nombre rimbombante y sueldos demenciales.
Y cuando te encuentras con uno de ellos en el ascensor, por ejemplo, sabes que el traje que lleva cuesta lo que tu sueldo de seis meses, y que su palabra vale mucho más que la tuya, y que en un posible enfrentamiento claramente tienes todas las de perder.
Por eso a veces, cuando me llega a mí, lo más bajo de la escala jerárquica, un correo del más arriba con alguna chulería más de la cuenta -que parece que viene con el cargo-, tengo que respirar tres veces y alejarme del teclado para impedir que mis dedos escriban la respuesta que me sale del alma, porque seguramente me costaría el finiquito. Yo borde puedo ser un rato largo, mucho más de lo que parezco (no es que esté especialmente orgullosa de ello, pero es lo que hay). Peeeeeero, si pienso en mi hipoteca, en mis gastos, etcétera... pues no me sale rentable perder mi nómina por un exabrupto que encima no conducirá a ningún sitio.
Con lo que fantaseo algunas veces es con poder contestar como me apetece a determinadas personas (ninguna de mi departamento, cosa curiosa) y que no tuviera consecuencias. Es decir: jugar en la misma liga por una vez. Que el correo de vuelta tuviera la misma mala milk que el de ida. Que yo fuera la horma de su zapato. Enseñar los dientes de una buena vez para mostrar que no por estar debajo mis dientes son de leche: tengo tan buenos colmillos como cualquiera.
Me quedaría tan pancha y tan a gusto...
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