Era tarde e iba a tomarme algo mientras esperaba a mi chico. Había sido una buena tarde de compras y me merecía un refresco. Quedé en la cafetería de El Corte Inglés porque es tranquila y porque a mi chico le pilla cerca de su trabajo.
De camino a la cafetería, pasé sin querer por la joyería. Allí tenían, en uno de los mostradores, un precioso colgante de plata en forma de rosa que me encantaba, y sólo quise mirar si seguía allíesperándome.
No estaba. Le pregunté despreocupadamente a la chica del mostrador si lo seguían teniendo.
No es que me importara, claro. No lo iba a comprar. No era nada de eso. Sólo... curiosidad.
- Pues no, se vendió muy bien.
Ahhhhh... Claro, porque era muy original.
- ¿Y no vais a traerlo otra vez, supongo?
Insisto: me daba igual. Yo sólo lo preguntaba porque alegraba el mostrador...
- No creo. Pero tenemos algunos otros colgantes de plata muy bonitos.
Oh, qué bien. Tenían otros modelos. Me alegré por ellos, claro, porque siempre está bien tener buenos artículos que vender. No porque yo quisiera verlos...
- ¿Me los enseñas?
Pura y mera curiosidad. Para ver cómo quedaría el mostrador los próximos días.
- Claro.
Y entonces sacó un colgante en forma de hoja, de plata mate, precioso. Vaya. Sí que iba a quedar bonito en el mostradoraunque mucho más en mi cuello. Lo que pasa es que era un pelín caro, claro que a mí me daba igual, porque sólo estaba admirando un estupendo colgante.
- Ah, pues muchas gracias por enseñármelo. ¡Hasta luego!
______________
Bebiendo una Fanta me dí cuenta que sufría el síndrome CDDTLC (Culpabilidad Después De Todas Las Compras).
El síndrome CDDTLC aparece sin avisar, normalmente cuando llegas eufórica a casa y dejas sobre el sofá la cantidad ingente de bolsas que llevas arreando. Te las quedas mirando mientras una vocecilla que había estado acallada durante el frenesí consumista te pregunta si realmente hacía falta haberse comprado todo eso. Intentas explicarle a la voz que sí que era necesario, pero la voz no está nada de acuerdo y tú te sientes culpable.
A mí me asaltó allí, en la cafetería de El Corte Inglés, cuando me dí cuenta que después de todo lo que me había gastado, estaba considerando agenciarme el colgante de marras.
Pero no podía ser porque me había gastado UNA PASTA en más cosas, y todo el mundo sabe que llega un punto en el que hay que parar. Sencillamente. Asi que empecé a desconsiderar agenciarme el colgante de marras. Lo que pasa es que no era tan fácil, jos.
Cuando llegó mi chico, se tomó algo para acompañarme y hablamos de su día en el colgante. Perdón, trabajo. De su día en el trabajo. Luego nos levantamos para irnos al colgante. Ups, vaya, no. Para irnos a casa, eso.
Y claro, tuvimos que pasar por la joyería otra vez.
Y sólo para que él también admirara la belleza del colgante, se lo enseñé...
Y... bueno, el resto es fácil de imaginar.
Pero, ¿a que es bonito?
De camino a la cafetería, pasé sin querer por la joyería. Allí tenían, en uno de los mostradores, un precioso colgante de plata en forma de rosa que me encantaba, y sólo quise mirar si seguía allí
No estaba. Le pregunté despreocupadamente a la chica del mostrador si lo seguían teniendo.
No es que me importara, claro. No lo iba a comprar. No era nada de eso. Sólo... curiosidad.
- Pues no, se vendió muy bien.
Ahhhhh... Claro, porque era muy original.
- ¿Y no vais a traerlo otra vez, supongo?
Insisto: me daba igual. Yo sólo lo preguntaba porque alegraba el mostrador...
- No creo. Pero tenemos algunos otros colgantes de plata muy bonitos.
Oh, qué bien. Tenían otros modelos. Me alegré por ellos, claro, porque siempre está bien tener buenos artículos que vender. No porque yo quisiera verlos...
- ¿Me los enseñas?
Pura y mera curiosidad. Para ver cómo quedaría el mostrador los próximos días.
- Claro.
Y entonces sacó un colgante en forma de hoja, de plata mate, precioso. Vaya. Sí que iba a quedar bonito en el mostrador
- Ah, pues muchas gracias por enseñármelo. ¡Hasta luego!
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Bebiendo una Fanta me dí cuenta que sufría el síndrome CDDTLC (Culpabilidad Después De Todas Las Compras).
El síndrome CDDTLC aparece sin avisar, normalmente cuando llegas eufórica a casa y dejas sobre el sofá la cantidad ingente de bolsas que llevas arreando. Te las quedas mirando mientras una vocecilla que había estado acallada durante el frenesí consumista te pregunta si realmente hacía falta haberse comprado todo eso. Intentas explicarle a la voz que sí que era necesario, pero la voz no está nada de acuerdo y tú te sientes culpable.
A mí me asaltó allí, en la cafetería de El Corte Inglés, cuando me dí cuenta que después de todo lo que me había gastado, estaba considerando agenciarme el colgante de marras.
Pero no podía ser porque me había gastado UNA PASTA en más cosas, y todo el mundo sabe que llega un punto en el que hay que parar. Sencillamente. Asi que empecé a desconsiderar agenciarme el colgante de marras. Lo que pasa es que no era tan fácil, jos.
Cuando llegó mi chico, se tomó algo para acompañarme y hablamos de su día en el colgante. Perdón, trabajo. De su día en el trabajo. Luego nos levantamos para irnos al colgante. Ups, vaya, no. Para irnos a casa, eso.
Y claro, tuvimos que pasar por la joyería otra vez.
Y sólo para que él también admirara la belleza del colgante, se lo enseñé...
Y... bueno, el resto es fácil de imaginar.
Pero, ¿a que es bonito?
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