Naranjas...
Me gustan. No es que me vuelva loca, no, pero están buenas.
Además, me relaja muchísimo pelarlas (en casa no se come una naranja que yo no haya pelado). Es algo peculiar, lo reconozco, pero me gusta coger una naranja y pelarla, quitar primero la piel y dejarle la capa blanca que luego quito con sumo cuidado para no romper la débil membrana que mantiene la pulpa de la naranja agrupada en gajos. Es una manía. Pelo las naranjas concienzudamente y siempre devuelvo una esfera perfectamente limpia.
También me encanta el olor de las naranjas cuando las cortas. Justo cuando metes el cuchillo y haces el primer corte. Se escapa una esencia cítrica que me cosquillea la nariz y que es tan sutil como fantástica.
Pero lo que más me llama la atención de las naranjas es que me ponen de buen humor y me llenan de positivismo. ¿Qué raro, no?
Me planteo que quizá no sea la fruta, sino el color. Desconozco el significado del color naranja (donde he buscado información sobre colorterapia no me aclara mucho porque en cada sitio pone una cosa). Aunque pensándolo bien, el color naranja en sí no me produce el mismo efecto que las naranjas, por lo menos hasta el momento.
Como últimamente -es decir: hace ya un porrón de meses- estoy de los nervios, malhumorada y un largo etcétera de adjetivos calificativos nada agradables, he decidido (porque ya está bien), que voy a procurar rodearme de cosas que me hagan sentir bien en la cotidianidad, para intentar cambiar el chip sin tener que huir a la otra punta del país. Debo sacar alguna ventaja a llevar años conociéndome y saber qué me sienta bien y qué no...
Así que una de las cosas que vamos a hacer es poner una lámina de jugosas y enormes naranjas en la nueva cocina, que se vea nada más entrar en ella (y quedará estupendamente). Espero que esa imagen refrescante de brillantes naranjas me llene de optimismo y que me ponga de buen humor.
Tengo la firme intención de rodearme de detalles bonitos, porque al final, son los que mueven el mundo, más incluso que los grandes eventos...
Me gustan. No es que me vuelva loca, no, pero están buenas.Además, me relaja muchísimo pelarlas (en casa no se come una naranja que yo no haya pelado). Es algo peculiar, lo reconozco, pero me gusta coger una naranja y pelarla, quitar primero la piel y dejarle la capa blanca que luego quito con sumo cuidado para no romper la débil membrana que mantiene la pulpa de la naranja agrupada en gajos. Es una manía. Pelo las naranjas concienzudamente y siempre devuelvo una esfera perfectamente limpia.
También me encanta el olor de las naranjas cuando las cortas. Justo cuando metes el cuchillo y haces el primer corte. Se escapa una esencia cítrica que me cosquillea la nariz y que es tan sutil como fantástica.
Pero lo que más me llama la atención de las naranjas es que me ponen de buen humor y me llenan de positivismo. ¿Qué raro, no?
Me planteo que quizá no sea la fruta, sino el color. Desconozco el significado del color naranja (donde he buscado información sobre colorterapia no me aclara mucho porque en cada sitio pone una cosa). Aunque pensándolo bien, el color naranja en sí no me produce el mismo efecto que las naranjas, por lo menos hasta el momento.
Como últimamente -es decir: hace ya un porrón de meses- estoy de los nervios, malhumorada y un largo etcétera de adjetivos calificativos nada agradables, he decidido (porque ya está bien), que voy a procurar rodearme de cosas que me hagan sentir bien en la cotidianidad, para intentar cambiar el chip sin tener que huir a la otra punta del país. Debo sacar alguna ventaja a llevar años conociéndome y saber qué me sienta bien y qué no...
Así que una de las cosas que vamos a hacer es poner una lámina de jugosas y enormes naranjas en la nueva cocina, que se vea nada más entrar en ella (y quedará estupendamente). Espero que esa imagen refrescante de brillantes naranjas me llene de optimismo y que me ponga de buen humor.
Tengo la firme intención de rodearme de detalles bonitos, porque al final, son los que mueven el mundo, más incluso que los grandes eventos...







