29 noviembre 2009

Ghost!

El día que mi madre firmó las escrituras de su nuevo piso, recuerdo que nos dieron varias cosas:
  • Un manojo enorme de llaves, ya que son varias puertas, más todas las copias de todas las llaves. Al final, el llavero era tan grande y pesado que no sé ni cómo no necesitamos una carretilla.
  • Un archivador hasta los topes de documentación, planos del piso y del edificio, boletines, datos de albañiles, fontaneros y demás personas que habían tenido algo que ver en la obra... Todo bien clasificado y ordenado.
  • Una horrenda toalla de playa, supuestamente para utilizar en la piscina, cuyo actual paradero es desconocido, y que apostaría una oreja a que encima es de la que te deja pelusilla.
De lo que no me acuerdo, y mira que me empeño, es de que nos dieran una canica que sin duda alguna le dieron a los que viven en el piso de arriba del de mi madre.

Juraría que a nosotras no nos la incluyeron en el pack.

Pero a los de arriba sí. Seguro, vamos.

Porque no es normal que a cualquier hora del día, a los de arriba se les caiga una canica -o pelota pequeña-, rebote un par de veces y ya no se escuche nada más. Hasta la próxima vez que la canica de marras se vuelve a caer.

No obstante, ése no deja de ser un ruido identificado (y casi me atrevería a decir que habitual en los pisos).

Lo que nos trae de cabeza es otro ruido inidentificable que también se escucha durante todo el día cuando menos te lo esperas (bueno, éso era antes: ahora nos lo esperamos casi siempre y ya no nos sorprende). También se oye de madrugada. Es un ruido que no duerme. Es un ruido fantasma.

Y es difícil de describir.

Cada uno le pone imaginación al asunto. Cuando escucho el ruido, se me viene a la cabeza un montón de troncos. Tal que así:

Después me imagino que algunos de los troncos se sueltan y caen estrepitosamente. Así es el ruido. Sólo que una avalancha de troncos duraría un montón y el ruido iría cesando poco a poco, cuando los troncos se fueran quedando quietos. El ruido fantasma no es así, puesto que es de corta duración, y acaba tan bruscamente como empieza.

Ninguna explicación racional se ajusta al ruido fantasma. Digo lo de "racional" porque dudo mucho que nadie tenga un piso lleno de troncos que se caen casi cada hora con unos guardianes que puedan parar radicalmente la avalancha en unos segundos. Así hemos ido descartando cosas que pasan en un edificio que podrían ajustarse al ruido fantasma. No es ruido de tuberías. No es un taconeo. No son las puertas del ascensor. No suena a maquinaria.

Lo malo es que cuando vamos apenas estamos un fin de semana y no nos da tiempo de investigar, ni a cronometrar el ruido, ni a marcar un patrón...

Esto suena a aventura para Los Cinco: El Misterio del Ruido Fantasma...

26 noviembre 2009

Pereza...

Últimamente estoy poco inspirada. Yo misma me doy cuenta de que hay días que tengo un montón de ideas y que escribiría posts sin parar, y días en los que realmente no sé sobre qué hablar o qué contar. Ahora mismo estoy bastante metida en mi monotonía diaria y poco puedo sacar de ahí, la verdad.

Aunque es algo que me pasa siempre por esta época del año. Cuando falta poco para que se acabe el año, lo cierto es que me invade una pereza increíble. Es como si todos los proyectos por empezar se quedaran en stand-by sólo porque ya no merece la pena, si total queda un mes para que empezar otro año...

Es algo parecido a cuando te queda poco para irte a casa después del trabajo, o estás en la última clase. Tu atención es menor, tus ganas de hacer cosas están bajo mínimos... Pues una cosa igual, pero a escala anual. Tampoco ayudan el frío y los días más cortos, encima el tiempo aletarga, así que switch off and let's go...

¿Esto sólo me pasa a mí?

24 noviembre 2009

There is a WAR

No hace mucho yo misma decía que a veces me gustaría contestar algunos correos con la misma mala milk con la que se ha enviado, pero que no ganaría nada con entrar en el juego, absurdo por otra parte. Por poner un ejemplo. Aunque hay otros muchos en la vida.

Pero hay situaciones que, sencillamente, te superan.

Y no te puedes callar. Incluso no te debes callar. Entonces es cuando decides que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado, y que ahora vas a tener voz, y bien alta además. Porque llega un momento en que ya da igual todo, estás tan harta que no te importa qué pueda pasar, la peor de las consecuencias es asumible y la victoria, si la hay, demasiado tentadora. Te lanzas de cabeza.

No sabes si saldrás bien o mal. Pero da igual. Porque lo que importa es que has actuado.

No tener nada que perder, o mejor aún: que no te importe, es algo peligroso (normalmente para tu adversario), porque te confiere fuerza y empuje, te permite hacer o decir cosas -vetadas hasta ese momento- sin ningún remordimiento. La típica expresión poner los cojones encima de la mesa (que, por otra parte, siempre me ha hecho gracia).

En eso estoy...

21 noviembre 2009

SuperNanny

Ayer descubrí que el mejor anticonceptivo del mundo ya existe.

Y no lo venden en farmacias.

Lo comercializa Oº y se llama SuperNanny.

Estábamos zapeando entre los múltiples canales que tenemos (y en ninguno daban nada decente), paramos un momento a ver la tal SuperNanny en acción, y nos quedamos tan alucinados que no fuimos capaces de reaccionar y cambiar la cadena en un rato.

Cuando empezamos a verlo sólo vimos a cuatro niños histéricos correteando sin parar. Me produjeron un dolor de cabeza instantáneo en medio minuto y a distancia, no quiero imaginarme si viviera en esa casa llena de gritos, críos correteando por todos lados llamando la atención, pegándose entre ellos, toqueteándolo todo. Y eran cuatro, nada menos. Un caos. Y todos un trasto, que si ahora tiro no sé qué, que si ahora derribo una pizarra en el pasillo, que si ahora le pego a mi hermano en la cabeza... Uffff...

Después, SuperNanny entró en acción. Me quedó bien claro que el trabajo de esta mujer es decirle a otra lo mala madre que es. Es una laaaaaaaaaaaarga enumeración de errores y fallos cometidos una y otra vez por los padres. Que si no prestas atención, no organizas bien los juegos, no cumples las amenazas, no les centras en lo que tienen que hacer... Veamos este vídeo, donde cada frase que dices está mal, mal, mal y un poco peor.

Vaya por delante que yo el programa no lo veo, sólo un rato ayer por la noche, y no sé si siempre será esto así, pero esa humillación a la madre no me pareció muy educativa, la verdad. El padre salió inflando un balón porque, según él, sólo quería que la tropa se fuera a la calle, pero no sabemos qué tipo de padre es porque apenas se le prestó atención (cuando, en mi opinión, la tarea de educar a los hijos es cosa de dos). La que hacía mal las cosas era la madre, indudablemente.

Quizá los métodos de Rocío Ramos-Paúl sean increíblemente eficaces, no lo discuto, para algo es una afamada psicóloga y directora de un centro especializado (por lo que he visto) en psicología social. Es posible que después de su paso, cada casa sea un remanso de paz y tranquilidad en donde padres e hijos conviven en armonía y la educación sea tan sencilla como hace ver. Es posible. Pero lo que a mí no me gustó es que para llegar a eso, se someta a la madre los padres a un escarnio público que no lo veo nada sano.

Y por supuesto, las escasas ganas que tengo de ser madre se redujeron más aún después de ser testigo de lo que puede pasar si tengo un(os) hijo(s) que sea(n) un trasto y que yo sea tan mala madre que no sepa educarlos. No, gracias. Too much for me!!

20 noviembre 2009

MiniDependienta

- Hola, guapa, ¿puedo ayudarte en algo?

Yo seguí a lo mío, es decir: churreteando entre las perchas. Indudablemente esa voz no iba dirigida a mí, por lo que continué ojeando prendas y echándome al brazo los "posibles fichajes".

La vocecilla atacó de nuevo.

- ¿Seguro que no necesitas ayuda, guapa?

Me giré de nuevo, a ver de dónde procedía tanta insistencia: de una dependienta pequeñísima y delgadísima. Calculé que con mi masa corporal se podrían haber hecho por lo menos siete como ella. Me estaba mirando a mí, así que al parecer la tal guapa era yo. No obstante, miré a mi alrededor por si acaso, pero la única clienta a esas horas era yo.

- Er... No, gracias. Sólo estoy echando un vistazo...

- Vale, pero estoy por aquí por si necesitas algo, ¿eh, guapa?

Y dale.

- Perfecto, gracias.

Ayer no sé qué le pasaban a las tiendas (Zara, Mango, etcétera), que tenían cosas PONIBLES y todo. Por eso yo y un montoncillo de ropa entramos en los desiertos probadores de la tienda en cuestión, y enseguida apareció la minidependienta.

A mí me gusta probarme las cosas tranquilamente. De hecho, cuando voy a comprarme ropa, me gusta ir sola, para ver lo que me queda bien o no y no entrar en conflicto con nadie. Por eso, lo último que necesitaba es una extremadamente servicial minidependienta.

- No te preocupes, ya me apaño bien sola.

- No, guapa, porque, ¿y si necesitas otra talla u otra cosa?

Me estaba poniendo de los nervios ya. Intenté no demostrarlo a través de mi voz, así que usé mi tono más dulzón y carameloso -no apto para diabéticos-.

- Pues entonces yo te aviso, tú tranquila. Muuuuuchas gracias.

Pareció captarlo, porque ya no la oí más mientras me iba probando prendas. En un momento dado, salí del cubículo para ver qué tal me quedaba un jersey.

- ¡Oh! ¡Pero QUÉ BIEN te queda!

Ahí estaba la minidependienta, acechando. Seguro que se había quedado allí todo el rato sin respirar para que no la oyera...

- Aunque, ¿un poquito grande, no? Espera que te traiga una talla menos...

Hay que reconocer que sabía cuál era exactamente la frase mágica para todas las chicas: necesitas una talla MÁS PEQUEÑA. Infalible. De repente, toda mi irritación se convirtió en benevolencia.

Y sí, tenía razón, una talla más pequeña me vino genial (cosa inexplicable porque estoy segura de que no he bajado ni un sólo gramo desde la última vez que me compré ropa). Lo cual me infló el ego. Además, TODO me quedaba bien. Estábamos ante un caso claro de guapo subido corregido y aumentado por el hecho de necesitar una talla menos. Y ahí empezó todo:

Tenía el guapo subido.

Y llevaba días metida en casa (por voluntad propia).

Y hacía tiempo que no me concedía ningún capricho.

Y tenía algún dinerillo.

Y parecía que todo me favorecía.

Es decir: ACABÉ CON UNAS CUANTAS BOLSAS DE ROPA, cuando antes de mi encuentro con la minidependienta sólo quería un jersey negro de cuello de pico para preservar mi economía.

Al menos, ya sé a quién echarle la culpa cuando a final de mes esté once again en números rojos.

17 noviembre 2009

La Reunión

Oh, vamos. Llevamos ya dos horas y media de reunión y no he escuchado ni una sola frase positiva. Todo está mal, mal, mal, mal, mal. El ambiente está bastante tenso, y yo estoy un poco harta.

Me echo para atrás en la silla mientras escucho. O finjo que escucho. Vuelvo a abrir mi dossier otra vez, y sigo sin entenderlo. Es decir: no hay ninguna cifra en rojo. Todos mis gráficos son ascendentes (y eso es bueno). La proyección anual ha mejorado. El plan que voy a presentar no es malo. Mi proyecto es viable. Entonces, ¿qué pasa aquí?

Pues no lo sé, pero es como un dèja-vú. Creo que ya he vivido una situación similar a esta...

Empiezo a plantearme a ver si es que no lo he presentado bien y se están llevando una idea equivocada de lo que intento decir... Me toco la nariz pensativa...

Y entonces ocurre.

Me toco un grano en la nariz.

EL HORROR.

De repente toda mi consciencia se concentra en un milímetro cuadrado de mi cuerpo: donde está el grano. Me paso un dedo disimuladamente por la superficie de la nariz otra vez. Es catastrófico: el grano tiene el tamaño de una pelota de ping-pong por lo menos. Miro a mi alrededor y parece que nadie se ha dado cuenta, pero es imposible, seguramente están disimulando, claro, éso debe ser. ¿Y cómo no me he dado cuenta antes? Si he ido al baño antes de empezar, y no me he visto nada cuando me he repasado el maquillaje. Es imposible que un grano se desarrolle en dos horas y media, ¿verdad? ¿Verdad?

No sé si he dicho esto último en voz alta porque de repente vuelvo a la realidad y resulta que siete pares de ojos me están mirando y todo el mundo está callado. Me tapo la nariz instintivamente. Es una pesadilla. Todo el mundo mira mi grano. Está tomando protagonismo. Quiero que me trague la tierra. Estoy en un edificio inteligente, por favor, debería darse cuenta que tiene que hacer que se abra una baldosa y que mi grano y yo desaparezcamos debajo por siempre jamás.

- ¿Y bien?

No sé de qué me está hablando la mujer que tengo enfrente. Se ha echado hacia delante y se está dirijiendo a mí, que estoy detrás del grano.

- Háblanos del volumen...

¿Del volumen de mi grano? Pues es obvio. Enorme.

- Enorme.

- Sí, eso es obvio...

Lo que yo decía. Salta a la vista.

- Pero háblanos de él. ¿Desde cuando lo estás gestando?

- Pu-pues no estoy muy segura... Supongo que desde esta mañana...

Esto es subrealista total. Estoy soñando. Seguro que es eso. No estoy en esta reunión. No estoy en esta reunión. Por eso me sonaba tanto. No es un dèja-vú. Es un sueño.

- ¿Desde esta mañana? Impresionante.

Yo diría más bien inoportuno, pero bueno...

- Pero por favor, necesitamos saber algo más de tu plan de desarrollo aunque lo hayas empezado a esbozar esta mañana. Saber de qué volumen de datos estamos hablando, por ejemplo.

Ah, vale.

Vale.

Vaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaale.

No se trata del volumen de mi grano. Se trata de otra cosa más seria. Menos mal porque estaba a punto de echarme a llorar si realmente estaba en una reunión hablando de un grano. Estoy poniéndome malísima. Y debe notarse porque alguien amablemente me dice que si quiero un descanso antes de presentar mi plan. Digo que sí y voy al baño a deshacerme del grano de la nariz, mientras maldigo mi imaginación, mi paranoia, y mi todo. No me puedo creer la historia que se ha montado en mi cabeza en un momento...

Estoy como un cencerro.

En serio.

Necesito unas vacaciones a la voz de ya.

16 noviembre 2009

DesRegalo

- ¡Ya sé lo que te voy a regalar!

No sé por qué lo dije. Me dejé llevar. Soy una bocazas. Pero llevaba tiempo pensando en un regalo para mi chico (que tiene de todo), y andaba un poco agobiada pensando en qué regalarle para no repetir. Y esa tarde había dado con algo que me parecía adecuado. Y me entusiasmé. Y no me pude contener. Y se lo solté.

- ¿Ah, sí? ¿Un manos libres para el coche?

Me quedé muerta.

Pero no muerta normal, sino muerta en la bañera con el coño fuera (by Peibols).

Mira que había cosas para decir, y va el tío y lo adivina a la primera, sin haber hablado previamente de absolutamente nada que le diera ni media pista.

- Buaaaaaaaaaaaaaaaa... Soy taaaaaaaaan previsible...

- Que nooooooooo...

- Pues entonces soy aburrida. ¡Peor todavía!

- Que nooooooooooooooooooooooooo...

- ¡Sí! Buaaaaaaaaaaaa...

- Otra vez: que no es eso.

- Pues ya me dirás. De un Corte Inglés de siete plantas vas y aciertas a la primera el regalo.

Que sí. Que soy previsible. Y aburrida. Y poco innovadora. Porque no es la primera vez que me pasa una cosa así y, francamente, se me desinfla todo el entusiasmo de golpe.

¿Necesitaré un reciclaje?

¿Un retiro espiritual en busca de la inspiración, quizá?

No, lo que necesito es tener la bocaza cerrada, básicamente.

Pero como la abrí, el Universo me demostró que soy aburrida, previsible y bocazas. Genial.

Pues ya no hay manos libres. Ea.

A pensar otra cosa.

Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...

15 noviembre 2009

¿Y yo, qué leo? (XXXIII)

LAS RUBIAS DE LA QUINTA AVENIDA, de Plum Sykes, es el famosísimo libro que me agencié en la estación de tren para que el viaje se me hiciera más corto en la medida de lo posible.

Es la típica lectura de tren/metro, cuya principal característica es que sea sencilla, que no necesite ningún tipo de concentración y que admita traqueteos e interrupciones varias. Que puedas dejarlo en el punto que sea hasta el próximo viaje sin que te comas las uñas. Que no te cueste retomarlo en absoluto.

La sinopsis de este ejemplar de lectura de tren/metro es la siguiente:
Con más ropa de Marc Jacobs de lo que se considera decente, nuestra heroína, que se llama a sí misma moi (pronúnciese «muá», a la francesa), está viviendo en el centro de la alta sociedad neoyorquina, un mundo en el que las mechas rubias a 450$ cada trece días en la peluquería de los exclusivos almacenes Bergdorf son imprescindibles. ¿Conseguirá moi ser feliz rodeada por las rubias de Bergdorf, con la dedicación que supone ser una chica preciosa, de cabello muy rubio, piel perfecta y con una vida increíblemente fantástica? ¿Le servirá su dominio intermitente del francés, sus viajes en jet privado, su tolerancia hacia las que llevan modelos de la temporada pasada, para superar su falta de «prometido»? Es más, ¿podrá resistir las constantes y recalcitrantes llamadas de su madre exigiéndole que se case con su vecino el conde?

Plum Sykes retrata con frescura y descaro un mundo que conoce desde dentro y consigue una sátira divertidísima sobre las pobres niñas ricas que lo único que buscan en la vida es l'amour... Y un nuevo par de tejanos Chloé...
Este libro es un claro quiero y no puedo. La idea era simple en teoría: cojo un tema más que trillado tanto en películas como en series de televisión (los niños ricos de Nueva York), y lo ridiculizo de forma divertida.

Pero eso último no es tan sencillo. Escribir un libro que REALMENTE haga reir no es fácil; es más, yo diría que es de lo más complicado que hay. En esta ocasión la autora ha conseguido una absurda, vacía y ridícula trama -que a lo mejor es lo que pretendía- que no tiene nada de gracia -y eso seguro que sí lo pretendía-. Por lo menos, a mí no me lo ha hecho. Por supuesto tiene algunos puntos graciosos, pero pocos, y con ellos no se sostiene todo el libro. Ha sido necesario un papel secundario, el de Julie, casi más importante que el de la protagonista, para dar continuidad a la historia que por lo demás se podía haber hundido en el segundo capítulo.

Una lectura absolutamente prescindible que para lo único que ha servido es para tenerme entretenida en dos o tres viajes, y poco más.

14 noviembre 2009

Carta Abierta

Estimados señores de RENFE (o ADIF, no estoy segura):

Estimados señores de los trenes:

Como usuaria esporádica del transporte ferroviario, me permito dirigirme a ustedes con el ánimo de colaborar en la mejora de sus servicios. Durante un viaje en una de sus líneas he elaborado una sencilla y corta lista de puntos que estoy convencida de que les ayudarán de manera positiva en la prestación de sus servicios, particularmente el de Atención al Cliente y mostradores en general.
  1. Podrían estudiar una asociación con Kellog's España, S.L. para que les abastecieran a un precio razonable de barritas de AllBran para sus empleados todos los días. Créanme: un porcentaje alarmantemente elevado de sus empleados lo necesitan de forma imperiosa.
  2. En los cursos de reciclaje de los empleados que estén cara al público (suponiendo que los hagan), deberían incluir un módulo titulado: "No moriré si respondo un buenos días / buenas tardes / buenas noches de un cliente" o "Hablar a los clientes no me producirá impotencia / frigidez". Estoy segura de que nadie se ha muerto por ser amable con otra persona.

  3. Sería conveniente plantearse cambiar el uniforme, puesto que un color tan oscuro, un corte tan serio, y sobre todo el palo para el culo que parece venir en algunos de ellos, no benefician nada a la relación con los clientes.

  4. La acción y efecto de ofrecer un aspecto alegre o gozoso (o llamado de otra manera desconocida para ustedes: sonreír, según la RAE), es hasta beneficioso para la salud de sus empleados. Y no lo digo yo, lo dicen desde el Centro Médico de la Universidad de Maryland (Estados Unidos). Desde allí sugieren que la risa puede mejorar la salud del corazón. Cuando alguien ríe, o sonríe, el tejido que forma la cubierta interna de sus vasos sanguíneos se expande, lo que evita que se formen coágulos y se desarrollen enfermedades cardiovasculares. Además, los estudios sugieren que la risa también ayuda a que el cerebro libere endorfinas, lo que crea un sentimiento positivo, reduce el estrés, estimula el sistema inmunitario, mejora la autoestima y la capacidad para enfrentar problemas. O sea: es algo excelente para ustedes, y repercute positivamente en los usuarios.
Espero que encuentren interesantes estos puntos y valoren ponerlos en práctica.

Sin otro particular, reciban un cordial saludo.

InnerGirl

11 noviembre 2009

Doña Manolita

- Entonces, hija, ¿la semana que viene irás a Madrid, no?

- Sí, mamá, a primera hora tengo una reunión.

- Ah, pues mira, ya que estás ahí...

Guardé silencio, para ver por dónde salía mi madre...

- ...podrías comprar lotería en Doña Manolita. Sólo necesito cuatro décimos...

Ahhhhhh... Era eso. Entonces me vino a la mente la cola enormísima que había la semana pasada, que era escandalosa. Recuerdo que aluciné pensando en la gente que perdía su tiempo en comprar lotería de Navidad, y más concretamente, en esa administración. Pues ahora el Universo me daba en todos los morros.

- Mamá, la reunión la tengo en las afueras. Tan en las afueras que casi la tengo en Cuenca, y la Doña Manolita esa está en el centro, me pilla lejísimos... Casi me pilla mejor ir a Sort, fíjate lo que te digo...

- Bueno... Snif... Entonces nada...

- Pues sí, olvídalo, porque vamos: imposible.

______________

La conversación resuena en mi cabeza una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... mientras voy en un taxi que atraviesa Madrid a una velocidad endiablada.

Toma ya.

Había acabado la reunión, había salido pitando a Chamartín para cambiar el billete de tren, lo que me dejaba un tiempo razonable que podía invertir tranquilamente en leer un libro, ojear una revista, escuchar música o simplemente estar allí, como el resto de los viajeros, esperando a que el tren estacionara en la vía.

Pero no. En lugar de eso, he cogido un taxi (previo abandono de mi maletita en consigna) y me dirijo a la Gran Vía número 31, para conseguirle a mi madre sus décimos de Doña Manolita. Amor de hija, lo llaman.

El taxi frena bruscamente, pone las luces de emergencia, yo pago un precio abusivo por la carrera, y salto del taxi con el corazón que se me sale por la boca porque encima seguro que está a punto de cerrar porque es hora de comer. Afortunadamente (no me lo puedo creer), hay poca cola, por lo que sólo espero veinte minutos antes de llegar a la taquilla.

- ¡Buenas! Aceptan pagos con tarjeta, ¿verdad?

- No.

Oh-oh. Miro en mi cartera. Sólo llevo 40 euros y dos o tres monedillas sueltas, no me da para los cuatro décimos de marras. ¿Qué hagooooooooooooooooooo?

- Bueno, pues déme dos...

Salgo de la administración con los dos décimos en la mano, como una posesa. Miro a mi derecha. Miro a mi izquierda. ¿Dónde hay un cajero automático, por favor?

- Cariño, estoy en la Gran Vía, en lo de Doña Manolita. ¿Dónde hay un cajero? Sí, sí, sí, me doy cuenta de que tú estás a 300 kilómetros de aquí, pero seguro que sabes dónde hay uno...

- En la acera de enfrente, un poco más abajo, tienes un cajero de los tuyos.

- ¡Gracias!

¡Ése es mi chico! Resolutivo incluso a esa distancia, y sin dudar ni medio segundo. Efectivamente: veo a lo lejos un cajero, así que le cuelgo tras despedirme atropelladamente y bajo corriendo la calle (sin olvidar que obviamente llevo mi disfraz de trabajo y los tacones me están matando, faltaba más, así que correr por la Gran Vía -correr, a secas- es lo que menos me apetece en ese momento).

Espero impaciente al muñequito verde que me permita pasar, y luego asalto el cajero. Error de conexión, es decir: que no me da pasta. Así que entro en la sucursal, guardo cola otra vez, y saco más dinero. Deshago mi camino y acabo otra vez en la cola (qué condena) de Doña Manolita, esta vez algo más larga pero ni de coña como la otra vez que daba la vuelta por Alcorcón, casi. Es un consuelo.

Otros veinte minutos más tarde (a punto de darme un chungo), acabo en la misma ventanilla que antes.

- ¡Hola otra vez! ¿Me podría dar otros dos décimos de este número que me vendió antes?

- Pues de ese número ya no me quedan...

Genial. En ese momento, toda la tensión de ir corriendo a por los malditos décimos de marras se condensó en forma de lagrimillas. Por supuesto que no iba a llorar allí. ¿Seguro? ¿Por qué no? Porque no soy una histérica. Bueno, en realidad sí. I'm a drama queen...

- ...ah, no, espera, que no he mirado aquí... Toma.

Salgo a la calle con mis cuatro décimos del mismo número, y siento como si que hubieran quitado una losa de los hombros. Más relajada, levanto una mano a lo Carrie Bradshaw y paro un taxi que me lleve de vuelta a la estación. Me siento realmente satisfecha de mí misma, así que llamo a mi madre para darle la sorpresa.

- Mamá, ¿a que no adivinas? ¡Ya tengo tus décimos de Doña Manolita!

- ¿Y por qué? Hija, no tenías que haberlo hecho. Si me daba igual, ya he comprado aquí...

Ten madre para esto.

10 noviembre 2009

A veces me gustaría...

Conocí una vez a un chico que decía en demasiadas ocasiones: siempre ha habido clases. Me irritaba muchísimo oírle decir eso sobre todo por el tono que empleaba: un tono de sufiencia que quería decir que él pertenecía a la clase alta.

Sin embargo, estoy de acuerdo porque siempre ha habido clases y sobre todo en un entorno laboral. La propia organización jerárquica se basa en las clases; no hay empresa grande que no tenga directivos de cargo con nombre rimbombante y sueldos demenciales.

Y cuando te encuentras con uno de ellos en el ascensor, por ejemplo, sabes que el traje que lleva cuesta lo que tu sueldo de seis meses, y que su palabra vale mucho más que la tuya, y que en un posible enfrentamiento claramente tienes todas las de perder.

Por eso a veces, cuando me llega a mí, lo más bajo de la escala jerárquica, un correo del más arriba con alguna chulería más de la cuenta -que parece que viene con el cargo-, tengo que respirar tres veces y alejarme del teclado para impedir que mis dedos escriban la respuesta que me sale del alma, porque seguramente me costaría el finiquito. Yo borde puedo ser un rato largo, mucho más de lo que parezco (no es que esté especialmente orgullosa de ello, pero es lo que hay). Peeeeeero, si pienso en mi hipoteca, en mis gastos, etcétera... pues no me sale rentable perder mi nómina por un exabrupto que encima no conducirá a ningún sitio.

Con lo que fantaseo algunas veces es con poder contestar como me apetece a determinadas personas (ninguna de mi departamento, cosa curiosa) y que no tuviera consecuencias. Es decir: jugar en la misma liga por una vez. Que el correo de vuelta tuviera la misma mala milk que el de ida. Que yo fuera la horma de su zapato. Enseñar los dientes de una buena vez para mostrar que no por estar debajo mis dientes son de leche: tengo tan buenos colmillos como cualquiera.

Me quedaría tan pancha y tan a gusto...

08 noviembre 2009

Matemáticas en tu vida...

Hace no mucho, estudié la Teoría de Colas. Las colas como líneas de espera, no las otras (mal pensados). Esa teoría es el estudio matemático de las colas, analizando cosas tan triviales en apariencia como por ejemplo la llegada al final de la cola, la espera en la cola, etcétera...

La Teoría de Colas se considera una rama de investigación operativa, porque se aplica a muchas situaciones. Hay colas a diario, colas que vemos y colas que no. Un ejemplo de las colas que no se ven lo tenemos cuando llamamos a un teléfono de atención al cliente, o cuando tecleamos una dirección en el navegador, por señalar situaciones cotidianas. Y también hay colas físicas, por ejemplo, cuando vamos a comprar el pan.

Uno de los elementos de esta teoría es la disciplina de la cola. Esto se refiere a qué sistema se emplea para seleccionar los miembros de la cola para recibir el servicio. Hay varias disciplinas, pero las más comunes son:
  • FIFO (First In First Out): el primero que llega es el primero en salir, o el primero que se atiende. Es decir, lo habitual en una cola presencial, el primero de la fila es el que llega antes al mostrador.
  • LIFO (Last In First Out): esta no es muy habitual. Es para las pilas, por ejemplo: tienes un montón de libros por leer, y los colocas uno encima de otro según los compras en tu mesita de noche. Cuando vas a leerlos, coges el que está arriba, que es el último que has puesto.
  • SJF (Shorter Job First): o sea, lo más rápido primero. Esta es muy usada en una lista de tareas sin prioridad, o prioridades iguales, o pocas ganas de mirar prioridades. Haces lo que te lleve menos tiempo primero para quitarte cosas de enmedio y parecer muy productivo -eso lo hago yo en en trabajo-.
Sin embargo, los estudios matemáticos se han dejado fuera una disciplina de colas muy importante y sobre todo muy común en líneas de espera físicas en tiendas pequeñas. No estamos hablando de grandes centros de llamadas telefónicas, ni potentes servidores web. No. Estamos hablando de la tienda de la esquina donde vas a comprar el pan, o la librería de la plaza donde compras el periódico. Es decir: colas muy comunes en la vida cotidiana.

Es la disciplina MFF (My Friend First). Es decir: atiendo primero a mi amigo aunque haya entrado el último. Esta teoría es muy difícil de definir matemáticamente, porque a priori no se sabe qué nuevo elemento de la cola es un elemento F, cosa que puede resultar aleatoria para un observador externo, y sólo se conocen dichos elementos cuando la observación del sistema se ha prolongado en el tiempo. Lo que no está muy claro es la disciplina dentro de los propios elementos F, ¿la antigüedad? ¿La cantidad de cháchara demostrada dentro de la cola? Es todo un misterio...

Por otra parte, en algunas ocasiones el elemento F se mueve por sí mismo también alterando el orden de la cola, colocándose sutilmente en primera posición para que parezca una simple y justiciera FIFO. Eso también habría que tenerlo en cuenta a la hora de modelar matemáticamente esta nueva disciplina (aunque este comportamiento también se puede llegar a producir en elementos que no sean F, pero ésa es otra historia que será contada en otra ocasión).

Además, también de esta disciplina es típica la situación de que el tiempo empleado en la tarea del servidor se incremente de forma significativa, en plan: ¿y qué tal va todo? Ah, pues, ¿no te he contado lo que le pasó a fulanita?

¿Y qué hacen los otros elementos de la cola ante el cambio de disciplina? Pues depende. A veces, los elementos de la cola están hasta de buen humor o distraídos (por ejemplo, con música en las orejillas o toqueteando el móvil) y les da un poco igual... Y otras veces se rebelan y reclaman una auténtica, genuina y matemáticamente definida disciplina FIFO. Cuando sucede esto, pueden ocurrir dos cosas:

a) El elemento F afirma rotundamente que no se trata de un MFF, sino un puro y duro SJF (es que sólo llevo un poco de chóped o también si sólo quiero una baguette).
b) La racionalización matemática de la situación hace que el elemento servidor no quiera crear conflictos en la cola y vuelva a FIFO.

Así que, EN RESUMEN: desde aquí hago un llamamiento a los matemáticos del mundo para que se defina esta nueva y REAL disciplina, para que cuando entremos en un sistema, sepamos a qué atenernos y que un recadito de nada nos puede llevar más tiempo del que parece...

06 noviembre 2009

Contratación Fantasma

El otro día me dió por ordenar EL CAJÓN. En todas las casas hay uno: es ese cajón desastre donde metes todo lo que te encuetras que o no tiene sitio determinado o no te apetece ponerlo en dicho sitio. Al final, el cajón ni se puede cerrar de todo lo que tiene dentro.

A mí me pasó hace unos días: saqué el atestado cajón de su sitio, lo volqué en el sofá y me pasé la tarde clasificando facturas y papelajos.

Entre dichos papelajos, había una carta de mi compañía de seguros del 25 de Mayo. Si no la tiré sería por algo, así que la leí a ver qué me decían...

Pues nada, que ponen a mi disposición, a partir del próximo vencimiento, una nueva garantía en mi Póliza de Hogar, que han denominado ASISTENCIA MULTISERVICIOS. Una forma delicada de presentar una chominá: que si te pido unas flores, que si te saco un billete de tren... Vamos, nada que no pueda hacer Google. Ahora, todos los gastos corren de tu cuenta, aparte de la llamada de teléfono que hagas, y encima, te cobran al mes lo uses o no. O sea: un sacacuartosengañachiquillos total.

En ese momento, el Universo me iluminó.

- Nene, ¿tú crees que nos habrán contratado esta chufa?

Él dijo rotundamente que sí, aunque en ningún momento en la carta ponía la palabra contratación, ni pedía que firmara nada, ni siquiera mencionaba lo que tenía que hacer si no lo quería. Es decir, una total y absoluta CONTRATACIÓN POR OMISIÓN.

Lo pregunté, y... ¡PREMIO! Lo tenía contratado. Faltaba más.

Así que llamé megaofuscada a todos los números que había para que me descontrataran eso, que me devolvieran el dinero, y que se tragaran mi indignación.

Y toooooooooodos los operadores que me atendieron me trataron de retrasada mental.

- Señora, le mandamos una carta con dos meses de antelación...

- Sí, efectivamente, en Mayo.

- ...pues entonces, ¿qué problema hay? En la carta decía que si no lo quería, tendría que haber avisado. Si no avisa, es que lo quiere.

- Ya, ¿y en qué párrafo pone eso, exactamente?

- Pues en la carta, que es la misma para todo el mundo.

- Vale, pues dígame EXACTAMENTE dónde pone eso. Porque yo tengo la carta delante y no dice nada de eso ni que se le parezca...

- Un momento que la voy a buscar...

MUSIQUILLA HORROROSA. Sólo por eso debería haberme cambiado de aseguradora... Encima me hizo pensar en el tonillo de suficiencia del operador, en plan "otra que no sabe leer". Grrrrrrrr...

- Señora, aquí la tengo.

- Bien, le escucho. Léame por favor el párrafo relativo a la CONTRATACIÓN.

- Aquí pone que ponemos a su disposición...

- Ya, pero es que una cosa es que pongan a mi disposición, igual que ponen a mi disposición un número de teléfono como este para usarlo, y otra cosa es que yo lo quiera contratar. Dígame, ¿en qué Universo las dos cosas son equivalentes?

- Errrr... Bueno, se entiende.

- No, no se entiende. Y no creo yo que sea legal contratar algo que no esté bien claro, ¿no le parece? Bueno, pero aceptando barco, ¿me lee, por favor, el párrafo donde se me informa de que YO tendría que haber dicho que NO lo quería?

- ...

- Por no hablar de que a ver por qué tengo que molestarme en informales de que no quiero las cosas, en todo caso, tendría que decir que sí, no decir que NO. Y otra cosa, ¿y si esa carta se hubiera perdido, qué?

- Pues no, no veo eso que usted dice...

- Ahhhhhhh... Fíjese qué sorpresa.

- ...así que curso su reclamación. En caso de que proceda, se le devolverá el dinero...

Me rechinó mucho eso de que en caso de que proceda. Claro que procederá, ¿dónde está la duda? O sea, me contratan sin mi consentimiento una cláusula adicional, con una carta supuestamente informativa de dudosa legalidad, tengo que molestarme en decir que no la quiero, ¿y puede que no proceda mi reclamación? Mañana me mandan una carta, diciendo que ponen a mi disposición un jet privado en Minsk, ¿y lo tengo que pagar también? Vamos, vamos... Y encima se permiten el lujo de valorar si mi reclamación procede o no. Cada vez que lo pienso, mi irritación se sale de toda escala conocida.

En breve empezaré a buscar otro seguro de hogar en una compañía que no piense que me chupo el dedo, que soy tonta y me pueden engañar, que no sé valerme por mí misma para sacar unos jodidos billetes de tren, que con mandar una carta ya está el expediente cubierto...

Y por supuesto, a partir de ahora, leeré todas las cartas con un diccionario de sinónimos al lado, no sea que cuando pongan Estimado Cliente (por otra parte, ¿estimado?, menuda ironía) en realidad quieran decir le voy a doblar la cuota anual y como es un pardillo no se va ni a enterar, que visto lo visto, es el siguiente paso en la escala evolutiva de los engaños comerciales.

05 noviembre 2009

Inventario Virtual

Hago un esfuerzo en acordarme de los nueve números de su número de teléfono. Normalmente pulso dos teclas, pero ahora, con un móvil inútil (sin batería) en el bolso, he tenido que sacar el móvil-de-emergencia.

Mientras me quedo en el pasillo del Relay de la estación, con la maleta colapsando el paso de otros clientes, se me oye esta conversación...

- Hoooooooola. Oye, hazme un favorcillo, ¿quieres? Sí, mira, entra en mi blog. (...) ¿Ya? Bien, ahora pincha en el libro que estoy leyendo, te lleva a mi estantería virtual. (...) Ea, pues búscame a ver si tengo ya algún libro de un, o una, tal Plum Sykes, porfa. (...) ¿No? Vale, gracias. ¡Adiós!

Efectivamente.

Es lo que parece: tuve que hacer una llamada telefónica para consultar mi estantería virtual antes de aventurarme a comprarme un libro de tren, con el fin de no acabar duplicando alguno. Así son los tiempos hoy en día... que me obligan a plantearme la necesidad de un terminal de bolsillo para mi uso personal, tipo BlackBerry, o Palm Pre. No es que yo quiera, pero los tiempos demandan este tipo de cosas... Así que igual ya tengo nuevo caprichín tecnológico...

03 noviembre 2009

Disparate Onírico

Yo sueño mucho. Estoy por afirmar que todas las noches; lo que ocurre es que a veces me acuerdo de lo que he soñado y otras veces no.

Lo curioso es que siempre me acuerdo de los sueños más absurdos que tengo, que son MUCHOS. Demasiados. Son delirantes y carentes de toda lógica, pero mientras sueño, en mi cabeza todo es perfectamente cabal. No me lo explico.

Siempre he leído por ahí que tu cerebro procesa durante el sueño cosas que has vivido recientemente, incluso ese mismo día. Por eso, es posible que si ves una película de terror, tengas pesadillas.

Pero que alguien me explique cómo tenía que haber sido mi día para que fuera "explicable" mi absurdo sueño de anoche...

Resulta que yo era alcaldesa (toma ya) de un pueblo costero (yo, que no soy ni política ni me gusta la playa). Pues ahí estaba yo, alcadeseando por aquí y por allí, cuando me entero de que en la lonja se iba a dar un premio por la pesca del salmón en los espigones (hace días que no como pescado, por ahí no va la cosa, aunque sí me gusta el salmón... de todas formas, no entiendo nada de pesca, pero dudo mucho que los salmones se pesquen con caña y anzuelo en los espigones). En fin, el caso es que me presento en la lonja toda vestida de gala, y aquello parecía los premios Goya (que ni sé ni cuándo se dieron ni a quién ni ví nada de la ceremonia en la televisión ni NADA), y se dieron otros premios antes, y ya al final de la ceremonia, van y me dan el premio. Yo pensaba durante el sueño (¿nuestro yo onírico puede pensar?) que yo era una representante de la alcaldía, pero no, resulta que el premio tenía mi nombre completo grabado, y era como de aluminio con dos piezas -que no recuerdo- pero que estaban despegadas. Un premio un tanto cutre. Entonces yo intentaba decir que no podían poner mi nombre porque no me lo daban a mí, yo sólo era la alcaldesa que venía en representación y no había pescado un salmón en mi puñetera vida.

Pues no me hicieron caso (mira, eso sí casa con mi vida real), y me bajé del escenario con el descompuesto premio con mi nombre grabado. Así que me fui a la Casa de los Pescadores, que resulta que era un palacete en primera línea de playa, a darles el premio, porque al fin y al cabo era de ellos. Era de noche, muy tarde, y allí -aquello era como un hogar del jubilado pero de pescadores- sólo quedaban cuatro o cinco pescadores jugando a las cartas (ni idea de dónde sale eso), y nada, intenté darles el premio. Pero ellos vieron que estaba mi nombre grabado, y se enfadaron mucho porque decían -con razón- que yo no pintaba nada allí. Intenté explicarles que sí, que estaba de acuerdo con ellos, que yo lo dije pero que no cambiaron la placa. Entonces, un pescador, parecido físicamente al doctor House (hace MESES que no veo un episodio) me perseguía porque me quería secuestrar por todo este lío... Lo último que recuerdo antes de despertarme es que me perseguía por un parque bastante frondoso, y que yo tenía un problema porque resulta que llevaba unos zapatos con la suela derecha muy característica -con un círculo- y era fácil seguir mis huellas (y no, no tengo ningún zapato con esas características, demasiado obvio).

Totalemente demencial.

¿Cómo es posible que mientras soñaba, me pareciera perfectamente lógico todo? ¿Por qué tengo casi todos los días, sueños a cual más absurdo? ¿Eso es signo de que me estoy volviendo loca? ¿O una confirmación de que YA LO ESTOY?

02 noviembre 2009

Postales...

Día n: Buzón vacío.

Día n+1: Publicidad de una clínica dental.

Día n+2: Carta del banco.

Día n+3: Facturas de nuestros móviles, panfleto político.

Día n+4: Buzón vacío.

Día n+5: Buzón vacío.

Día n+6: Factura de luz, recibo del gimnasio.

Día n+7: Folleto de un supermercado.

Día n+8: Buzón vacío.

Día n+9: Factura del agua, recibo de Internet.

Y así sucesivamente... O sea, una depresión de buzón de correos.

Recuerdo cuando se escribían cartas... A mí me gustaba bastante, sobre todo recibirlas (porque escribirlas me daba mucha pereza). Incluso tenía juegos de cartas y sobres, prácticamente una colección -me encantan esas cucadas-. Pero poco a poco la costumbre se perdió, y ahora mismo sólo tengo una amiga que de vez en cuando me escribe cartas a mano (y larguísimas, esa chica tiene MUCHO mérito)... Pero la pobre ha topado con mi pereza, poco tiempo y menos ganas, así que yo recibo cartas y ella correos electrónicos que no me cuesta tanto como sentarme a escribir delante de un folio en blanco. Supongo que dentro de poco se hartará de hacerlo, lo cual es perfectamente comprensible.

A pesar del empeño de la pobre chica, mi buzón suele contener facturas de diversas índoles (a cual más dolorosa) y folletos publicitarios de los supermercados cercanos y de la clínica dental de al lado. Y poco más. Cuando no está vacío, claro. Yo siempre que paso me asomo a la rendija y suelo ver una oscuridad inmensa ahí dentro, cuando no un aviso de que mi cuenta corriente va a memar un poco más.

Pero eso se acabó. Uno de los puntos de MyPlan es que mi buzón de vez en cuando me de alguna alegría, así que me he apuntado a PostCrossing.

Esto creo que lo descubrí hace un tiempo a través de Marian, y la verdad es que la idea me gustó (me recordaba a mis tiempos de instituto, cuando pusimos en marcha una idea semejante de palfriends para mejorar nuestro inglés), pero no ha sido hasta ahora cuando me he decidido a ponerme en marcha.

Es muy sencillo: sólo tienes que mandar una postal a otro usuario que el sistema te asigna aleatoriamente, y tú recibes otra postal de cualquier parte del mundo. Por lo que he visto, más o menos es equitativo: si mandas cinco, lo más probable es que recibas también cinco postales. Lo bueno que tiene es que una postal es fácil de rellenar, y en los perfiles de los destinatarios que te asignan puedes inspirarte un poco sobre qué escribir. Además, te ayuda a mejorar idiomas, porque te obligas a escribir en el que el destinatario de tu postal ha indicado que entiende (normalmente en inglés, que en mi caso lo tenía un poco oxidado). Otro punto a favor es que conoces mundo, y puedes mejorar en geografía, a cambio de lo que cuesta una postal y el franqueo -bastante asequible-. ¿Qué más se puede pedir?

En fin, quizá pueda parecer una tontería, pero me he propuesto firmemente dar pasitos para que mi día a día mejore poco a poco, y si una postal en mi buzón de vez en cuando ayuda, que por mí no quede.

¿Quién más se apunta?

01 noviembre 2009

¿Y yo, qué leo? (XXXII)

Ataqué A PRUEBA DE BOMBA, de Emily Giffin, después de mi anterior pequeña decepción, porque no me podía creer que esta autora (que me había gustaba tanto), hubiera escrito un muermo como aquel. Vale, todos tenemos derecho a equivocarnos, por eso le dí una oportunidad a esta historia, tras la que había ido bastante tiempo.
Primero llega el amor. Después, el matrimonio. Y luego... ¿la maternidad? ¿No es esto lo que todas las mujeres desean? Desde luego no Claudia Parr, y justo cuando ya ha desesperado de encontrar a un hombre que piense lo mismo conoce al cálido, maravilloso Ben. Las cosas parecen demasiado buenas para ser ciertas: se han enamorado y han decidido romper con la tradición de "no hay matrimonio que sobreviva sin hijos, eso en el caso de que sobreviva". Pero entonces lo inesperado sucede: uno de ellos ha cambiado de opinión. Uno de ellos, después de todo, quiere tener hijos...

Esta historia habla sobre lo que ocurre en la pareja perfecta cuando ambos dejan de querer lo mismo. Sobre estar seguro del tipo de vida que llevas y de repente darte cuenta de que nada es como pensabas que debía ser, y que no existe compromiso posible. Es sobre decidir qué es más importante en la vida y aprovechar las oportunidades para obtenerlo. Pero, sobre todo, es sobre las cosas que hacemos ­o que no hacemos­ por amor.
Ahhhhhhhhhh... Mucho mejor.

Sí, porque además me lo leí en una semana, todo un récord si tenemos en cuenta la escasez de tiempo que sufro últimamente (de hecho, el Domingo pasado creo que no hice otra cosa que no fuera devorar páginas y páginas hasta acabarlo).

Me ha gustado mucho la historia porque me siento plenamente identificada con Claudia en cuanto a su forma de pensar con respecto a los hijos: sus razones son casi las mismas que manejo yo en mi cabecita. Por fin parece que hay más mujeres en el mundo que no están ansiosas por tener descendencia, que no es algo tan raro. Que es algo que pasa, pero que a lo mejor no se dice tan abiertamente por miedo a no sonar natural...

Al margen del tema que se trata, la forma de narrar (que era lo que me preocupaba) me ha parecido estupenda. Esta vez la autora no se solaza en analizar todos y cada uno de los gestos, pensamientos y sentimientos de los protagonistas, sino que deja que haya una dinámica adecuada a lo largo de todo el libro, parándose donde debe y extendiéndose lo justo, de una manera -a mi parecer- bastante correcta y atractiva de cara al lector. Con una fluidez natural vamos viviendo lo que sucede en la vida de Claudia, sin recrearnos en detalles nimios como ocurrió con el otro libro; simplemente hacermos una parada en lo esencial para dar el paso siguiente.

Es decir: tanto el ritmo como la narración me han parecido muy amenos.

En cuanto a la historia en sí, ésta parte del matrimonio de Claudia y Ben, que se casan, además de porque se gustan porque comparten una idea sobre los hijos poco común. De hecho, esa peculiaridad es uno de los pilares principales de su matrimonio. Sin embargo, un fuerte I.P. (equivalente masculino del I.M.) sacude la vida de Ben, que simplemente se plantea que igual está equivocado en cuanto al tema de la descendencia, en lo que a mí me parece un arrebato transitorio patrocinado por Nenuco (or whatever). Un cambio de parecer tan radical -que no estamos hablando de teñirse el pelo- acaba con el contrato matrimonial de Claudia y Ben, por lo que ellos mismos pasan al siguiente nivel: ¿y ahora qué? Separados, cada uno busca lo que quiere, Claudia en sus trece y Ben con su nueva forma de ver la vida.

Como voy a recomendar esta lectura, no daré más pistas sobre la trama... De verdad creo que es una historia que merece la pena leer, ya que no es una historia de amor convencional, sino que tiene en cuenta bastante más aspectos que vivimos día a día. Es decir, me parece muy real y precisamente ahí radica su encanto. Dadle una oportunidad, no os arrepentiréis.

 
The Unwritten Blog - Wordpress Themes is proudly powered by WordPress and themed by Mukkamu Templates Novo Blogger