Miércoles. Justo en medio de la semana laboral, yo ya estaba para el arrastre. Para recogerme con una cucharilla, vamos. Me pasé el día con el corazón en un puño, con dolor de tripa y aguantándome las lágrimas de rabia. Un día perfecto, vamos.
Cuando llegó la hora de salir del trabajo, me pareció increíble. Durante toooooda la jornada estuve pensando única y exclusivamente en llegar a casa y perderme debajo de una mantita o un edredón (indistintamente). Conecté el piloto automático cuando el sonido de Windows cerrándose anunciaba a la Humanidad que por ese día había tenido bastante -laboralmente hablando-. Llegué a casa en tiempo récord para llevar a cabo mi plan de hacer que el mundo se olvidara de mí...
De todas formas, para no perder el resto de la tarde sin hacer nada salvo autocompadecerme (cosa que no me pega nada, en realidad) y que luego me remordiera la conciencia (ya sólo me faltaba éso), al menos puse una lavadora a media carga con lo gris que había en el cesto de la ropa sucia. Una chaqueta y dos chales. Le dí al botón de inicio y me fuí al sofá, donde me quedé dormida oyendo el sonido sordo de la lavadora...
Y cuando me desperté, y cené, y me acordé de la lavadora... Me encontré con dos chales limpitos y oliendo a suavizante, y un... Un pingajo gris que al principio no reconocí porque era mi chaqueta pero completamente irreconocible: sólo se la podría poner un caniche.
El PEOR episodio de Grandes Desastres en la Colada.
Efectivamente: una prenda de lana en la lavadora y en el programa de algodón. Completamente destrozada. Para tirarla, vamos (no conozco a nadie que tenga un caniche). Mi chaqueta favorita se había reducido a su décima parte...
No es bueno acabar un día horroroso en el trabajo con un estropicio semejante: te destroza la poca autoestima que te quedara.
Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...
Cuando llegó la hora de salir del trabajo, me pareció increíble. Durante toooooda la jornada estuve pensando única y exclusivamente en llegar a casa y perderme debajo de una mantita o un edredón (indistintamente). Conecté el piloto automático cuando el sonido de Windows cerrándose anunciaba a la Humanidad que por ese día había tenido bastante -laboralmente hablando-. Llegué a casa en tiempo récord para llevar a cabo mi plan de hacer que el mundo se olvidara de mí...
De todas formas, para no perder el resto de la tarde sin hacer nada salvo autocompadecerme (cosa que no me pega nada, en realidad) y que luego me remordiera la conciencia (ya sólo me faltaba éso), al menos puse una lavadora a media carga con lo gris que había en el cesto de la ropa sucia. Una chaqueta y dos chales. Le dí al botón de inicio y me fuí al sofá, donde me quedé dormida oyendo el sonido sordo de la lavadora...
Y cuando me desperté, y cené, y me acordé de la lavadora... Me encontré con dos chales limpitos y oliendo a suavizante, y un... Un pingajo gris que al principio no reconocí porque era mi chaqueta pero completamente irreconocible: sólo se la podría poner un caniche.
El PEOR episodio de Grandes Desastres en la Colada.
Efectivamente: una prenda de lana en la lavadora y en el programa de algodón. Completamente destrozada. Para tirarla, vamos (no conozco a nadie que tenga un caniche). Mi chaqueta favorita se había reducido a su décima parte...
No es bueno acabar un día horroroso en el trabajo con un estropicio semejante: te destroza la poca autoestima que te quedara.
Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...
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