El fin de semana, mi chico sucumbió a mis amenazas presiones amables peticiones.
- Cariño, ya te he arreglado el embellecedor de la puerta trasera del coche. Y también he intentado apañar la guantera, parece que ya se cierra bien.
- Ohhhhhhhhh... ¡Muchas gracias!
- Ah, y... el coche hace un ruido raro. ¿Te habías fijado?
ALERTA.
- Errr... Pues no. ¿Qué clase de ruido?
- Pues un click. Suena a algo eléctrico. Y lo mismo te está consumiendo batería.
- ¿Un click? ¿Y cuándo hace ese ruido?
- Cuando el coche está parado. ¿En serio no lo habías oído?
Pues no, claro que no. Porque cuando el coche está parado, yo ya estoy muy lejos de él. Cuando lo paro (o sea: lo aparco o lo dejo ya en el garaje) es porque yo me voy a otro sitio. No me quedo a su lado a ver si expectora o algo.
La cosa se quedó así, porque tampoco podíamos hacer mucho, claro.
Bueno, en realidad la cosa no quedó así. Que se quedara así implicaría que yo seguiría como hasta entonces, pero no. Ahora tenía la semilla de la paranoia en mi cabecita, que para las paranoias es como un campo fértil donde germinan y crecen alegremente.
Resultado: al día siguiente me quedé quince minutos al lado de mi coche.
Parada y silenciosa.
En realidad, daba miedo verme allí sola, en el garaje, como una tonta.
Escuchando el click.
Intentando determinar de dónde venía.
Cada cuántos segundos se producía.
Si había alguna causa para ello.
En definitiva, volviéndome majara.
- ¡¡El coche está roto!! Buaaaaaaaaaaaa... ¡Por tu culpa!
- ¿¿¿Por mi culpa???
- ¡Sí!
- ¿Y se puede saber por qué es culpa mía?
- ¡Porque oíste el maldito click!
- ¡Pues no entiendo por qué es culpa mía que el coche esté roto!
- Hombre, es física elemental: si lo oyes haces que exista. Antes no sabíamos que el coche hace un click misterioso, pero vas tú y lo oyes. ¡Un click no existe hasta que alguien lo oye!
Por favor... ¿Es que soy la única que entiende las elementales leyes de la Física?
- Cariño, ya te he arreglado el embellecedor de la puerta trasera del coche. Y también he intentado apañar la guantera, parece que ya se cierra bien.
- Ohhhhhhhhh... ¡Muchas gracias!
- Ah, y... el coche hace un ruido raro. ¿Te habías fijado?
ALERTA.
- Errr... Pues no. ¿Qué clase de ruido?
- Pues un click. Suena a algo eléctrico. Y lo mismo te está consumiendo batería.
- ¿Un click? ¿Y cuándo hace ese ruido?
- Cuando el coche está parado. ¿En serio no lo habías oído?
Pues no, claro que no. Porque cuando el coche está parado, yo ya estoy muy lejos de él. Cuando lo paro (o sea: lo aparco o lo dejo ya en el garaje) es porque yo me voy a otro sitio. No me quedo a su lado a ver si expectora o algo.
La cosa se quedó así, porque tampoco podíamos hacer mucho, claro.
Bueno, en realidad la cosa no quedó así. Que se quedara así implicaría que yo seguiría como hasta entonces, pero no. Ahora tenía la semilla de la paranoia en mi cabecita, que para las paranoias es como un campo fértil donde germinan y crecen alegremente.
Resultado: al día siguiente me quedé quince minutos al lado de mi coche.
Parada y silenciosa.
En realidad, daba miedo verme allí sola, en el garaje, como una tonta.
Escuchando el click.
Intentando determinar de dónde venía.
Cada cuántos segundos se producía.
Si había alguna causa para ello.
En definitiva, volviéndome majara.
- ¡¡El coche está roto!! Buaaaaaaaaaaaa... ¡Por tu culpa!
- ¿¿¿Por mi culpa???
- ¡Sí!
- ¿Y se puede saber por qué es culpa mía?
- ¡Porque oíste el maldito click!
- ¡Pues no entiendo por qué es culpa mía que el coche esté roto!
- Hombre, es física elemental: si lo oyes haces que exista. Antes no sabíamos que el coche hace un click misterioso, pero vas tú y lo oyes. ¡Un click no existe hasta que alguien lo oye!
Por favor... ¿Es que soy la única que entiende las elementales leyes de la Física?
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