Andar mucho sin estar acostumbrada, te pasa factura.
Concretamente te deja una ampolla del tamaño de la provincia de Teruel en la planta del pie derecho (bueno, en mi caso; en otras personas será otro tamaño u otro sitio).
Claro que no iba a permitir que una ampolla en el pie me frenara en mis muy ansiadas vacaciones, así que en la primera farmacia que encontré solté 7 euros y me dieron un paquete de Compeed. Los apósitos prometían que te los ponías y acto seguido podías bailar toda la noche sobre unos tacones de 12 centímetros. Yo solo necesitaba poder andar con mis sandalias planas sin parecer un pato y sin dolor, si fuera posible...
Así que me puse una de esas tiritas tecnológicas en mi ampolla. En teoría, la cosa esa se tiene que pegar a la ampolla hasta hacer que cicatrice... Y en la práctica, sí que se pegó estupendamente a mi castigada planta del pie, así que me calcé enseguida y seguí mi ritmo.
Cuatro pasos por un camino de cabras me dieron la pista: algo no iba bien. No solo me dolía más mi ampolla (cosa que no me preocupó porque menos mal que no soy tan crédula de pensar que una tirita sofisticada me iba a quitar el dolor), sino que ahora me dolía la piel de alrededor. A cada paso que daba, sentía un tironcillo doloroso. Había que investigar a qué se debía.
Me fui a quitar el zapato y me encontré con el problema: la milagrosa tirita se había confundido de piel, y se había pegado a la piel del zapato y no a mi piel humana (si lo piensas, es hasta tranquilizador). Así que medio apósito estaba pegado a muerte a mi ampolla y el otro medio a mi zapato...
DOLOR.
Hice un apaño de emergencia: la parte que no se había pegado a donde debía la fijé a mi planta con otras dos tiritas normales y corrientes que llevaba en el bolso. Y seguí andando.
Pero el invento no funcionó como debía, porque esas tiritas TAMPOCO se pegaron a mi piel, sino que se sumaron al otro apósito y se pegaron también al zapato. Muy bien. A cada paso me tiraba más y más. Lo malo es que como estaba en medio de la nada y no podía arreglar el asunto, me aguanté durante todo el día.
Y cuando llegué al hotel...
...me intenté quitar el zapato pero estaba pegado a mi ampolla como si hubiera echado Loctite. Con muuuuuuuucho cuidado logré separar mi pie del zapato, y observé mi planta del pie. Allí había una masa informe, como de chicle, formada por el apósito de marras, dos tiritas hechas sendas pelotas, y no sé qué más, todo pegado a la delicada piel de mi ampolla y a nada más.
Ya tuve que llamar a la Caballería, claro.
Y la Caballería me aconsejó, muy sabiamente, que me diera una ducha para tranquilizarme, dejarle un rato en paz, y sobre todo, ablandar ese Flubby descolorido para separarlo de mi ampolla.
Y lo hice.
Y salí de la ducha.
Y la maldita tirita cabrita se pegó en la alfombrilla de la ducha.
Así que allí estaba yo, envuelta en una toalla, con un pie el el suelo mojado y frío, y el otro levantado con una alfombrilla de ducha pegada a él, dando patadas al aire para librarme de la maldita alfombrilla que encima pesaba y tiraba de la piel de mi ampolla, intentando no caerme y no aullar de dolor.
Nunca pensé que un simple apósito sería capaz de robarme la dignidad...
Concretamente te deja una ampolla del tamaño de la provincia de Teruel en la planta del pie derecho (bueno, en mi caso; en otras personas será otro tamaño u otro sitio).
Claro que no iba a permitir que una ampolla en el pie me frenara en mis muy ansiadas vacaciones, así que en la primera farmacia que encontré solté 7 euros y me dieron un paquete de Compeed. Los apósitos prometían que te los ponías y acto seguido podías bailar toda la noche sobre unos tacones de 12 centímetros. Yo solo necesitaba poder andar con mis sandalias planas sin parecer un pato y sin dolor, si fuera posible...
Así que me puse una de esas tiritas tecnológicas en mi ampolla. En teoría, la cosa esa se tiene que pegar a la ampolla hasta hacer que cicatrice... Y en la práctica, sí que se pegó estupendamente a mi castigada planta del pie, así que me calcé enseguida y seguí mi ritmo.
Cuatro pasos por un camino de cabras me dieron la pista: algo no iba bien. No solo me dolía más mi ampolla (cosa que no me preocupó porque menos mal que no soy tan crédula de pensar que una tirita sofisticada me iba a quitar el dolor), sino que ahora me dolía la piel de alrededor. A cada paso que daba, sentía un tironcillo doloroso. Había que investigar a qué se debía.
Me fui a quitar el zapato y me encontré con el problema: la milagrosa tirita se había confundido de piel, y se había pegado a la piel del zapato y no a mi piel humana (si lo piensas, es hasta tranquilizador). Así que medio apósito estaba pegado a muerte a mi ampolla y el otro medio a mi zapato...
DOLOR.
Hice un apaño de emergencia: la parte que no se había pegado a donde debía la fijé a mi planta con otras dos tiritas normales y corrientes que llevaba en el bolso. Y seguí andando.
Pero el invento no funcionó como debía, porque esas tiritas TAMPOCO se pegaron a mi piel, sino que se sumaron al otro apósito y se pegaron también al zapato. Muy bien. A cada paso me tiraba más y más. Lo malo es que como estaba en medio de la nada y no podía arreglar el asunto, me aguanté durante todo el día.
Y cuando llegué al hotel...
...me intenté quitar el zapato pero estaba pegado a mi ampolla como si hubiera echado Loctite. Con muuuuuuuucho cuidado logré separar mi pie del zapato, y observé mi planta del pie. Allí había una masa informe, como de chicle, formada por el apósito de marras, dos tiritas hechas sendas pelotas, y no sé qué más, todo pegado a la delicada piel de mi ampolla y a nada más.
Ya tuve que llamar a la Caballería, claro.
Y la Caballería me aconsejó, muy sabiamente, que me diera una ducha para tranquilizarme, dejarle un rato en paz, y sobre todo, ablandar ese Flubby descolorido para separarlo de mi ampolla.
Y lo hice.
Y salí de la ducha.
Y la maldita tirita cabrita se pegó en la alfombrilla de la ducha.
Así que allí estaba yo, envuelta en una toalla, con un pie el el suelo mojado y frío, y el otro levantado con una alfombrilla de ducha pegada a él, dando patadas al aire para librarme de la maldita alfombrilla que encima pesaba y tiraba de la piel de mi ampolla, intentando no caerme y no aullar de dolor.
Nunca pensé que un simple apósito sería capaz de robarme la dignidad...
11 comentarios: