Lo mío con los trenes no tiene nombre.
O quizá sí lo tiene: MANÍA.
Reconozco que es un buen sistema para viajar: vas relativamente cómoda, te puedes levantar para estirar las piernas, los aseos son más o menos decentes, a veces tienes cafetería o en su defecto máquina expendedora de bebidas y picoteo, en ocasiones (depende del viaje) te ponen películas, te puedes adaptar el asiento a tu gusto sin molestar a nadie, vas fresquita, y lo mejor de todo... ¡Tienen enchufes públicos!
Claro que eso es cuando estás viajando.
Pero mi calvario empieza mucho antes...
Cuando voy a viajar en tren, el mero hecho de que sea en tren me pone histérica y frenética. Tengo que estar con mucho tiempo de antelación para mirar a ver qué andén es en el que tengo que estar. Me aseguro más de cincuenta veces de que el número de tren es el correcto, de que va a donde yo quiero ir, de que la fecha es la del día y no otra. Repaso compulsivamente el número de coche y el asiento que tengo en el billete. Pregunto a los empleados por mi tren aunque sea EVIDENTE la respuesta, cotejo esa información con los demás pasajeros que esperan lo que yo. Vuelvo a mirar el panel de información. Pego un brinco cada vez que anuncian un tren por megafonía... Un sinvivir.
Y si viene alguien conmigo, soy una pesadilla para esa persona. Soy capaz de repetir hasta veinte veces seguidas la pregunta ¿estás seguro/a de que es este tren? Hasta que alguien me pega un bufido o un tortazo, según proceda.
Es curioso que me pase también en viajes trillados que hago un montón de veces. Da igual, no discrimino: me pongo de los nervios.
Y es que yo de siempre he sido una chica de autobús. Me tranquiliza el hecho de que un andén y otro estén separados por unos cuantos pasos (cosa que no pasa en una estación de tren: como no estés en el andén correcto ya puedes correr, subir escaleras y abrirte paso a codazos). Me da confianza que el conductor esté en la puerta del autobús comprobando los billetes antes de empezar el viaje, por lo que si te equivocas, te lo dice en el origen y no tres estaciones más para allá (cosa que es muy habitual en los trenes). Te puedes quedar dormida tranquilamente sin miedo a que en una parada corten el autobús en dos y la parte donde estés tú la fleten a otro sitio distinto (cosa que sucede en algunos viajes de tren: desenganchan vagones y a saber dónde van a parar).
En definitiva, aunque asumo que el tren es un medio de transporte muy cómodo, no es hasta bien entrado el viaje cuando me tranquilizo un poco y lo disfruto.
A lo mejor, si RENFE contratara a un notario que diera fe de que voy a llegar donde quiero una vez pongo el culo en el asiento, la cosa cambiaba. Pero creo que eso no va a pasar, ¿verdad?
O quizá sí lo tiene: MANÍA.
Reconozco que es un buen sistema para viajar: vas relativamente cómoda, te puedes levantar para estirar las piernas, los aseos son más o menos decentes, a veces tienes cafetería o en su defecto máquina expendedora de bebidas y picoteo, en ocasiones (depende del viaje) te ponen películas, te puedes adaptar el asiento a tu gusto sin molestar a nadie, vas fresquita, y lo mejor de todo... ¡Tienen enchufes públicos!
Claro que eso es cuando estás viajando.
Pero mi calvario empieza mucho antes...
Cuando voy a viajar en tren, el mero hecho de que sea en tren me pone histérica y frenética. Tengo que estar con mucho tiempo de antelación para mirar a ver qué andén es en el que tengo que estar. Me aseguro más de cincuenta veces de que el número de tren es el correcto, de que va a donde yo quiero ir, de que la fecha es la del día y no otra. Repaso compulsivamente el número de coche y el asiento que tengo en el billete. Pregunto a los empleados por mi tren aunque sea EVIDENTE la respuesta, cotejo esa información con los demás pasajeros que esperan lo que yo. Vuelvo a mirar el panel de información. Pego un brinco cada vez que anuncian un tren por megafonía... Un sinvivir.Y si viene alguien conmigo, soy una pesadilla para esa persona. Soy capaz de repetir hasta veinte veces seguidas la pregunta ¿estás seguro/a de que es este tren? Hasta que alguien me pega un bufido o un tortazo, según proceda.
Es curioso que me pase también en viajes trillados que hago un montón de veces. Da igual, no discrimino: me pongo de los nervios.
Y es que yo de siempre he sido una chica de autobús. Me tranquiliza el hecho de que un andén y otro estén separados por unos cuantos pasos (cosa que no pasa en una estación de tren: como no estés en el andén correcto ya puedes correr, subir escaleras y abrirte paso a codazos). Me da confianza que el conductor esté en la puerta del autobús comprobando los billetes antes de empezar el viaje, por lo que si te equivocas, te lo dice en el origen y no tres estaciones más para allá (cosa que es muy habitual en los trenes). Te puedes quedar dormida tranquilamente sin miedo a que en una parada corten el autobús en dos y la parte donde estés tú la fleten a otro sitio distinto (cosa que sucede en algunos viajes de tren: desenganchan vagones y a saber dónde van a parar).
En definitiva, aunque asumo que el tren es un medio de transporte muy cómodo, no es hasta bien entrado el viaje cuando me tranquilizo un poco y lo disfruto.
A lo mejor, si RENFE contratara a un notario que diera fe de que voy a llegar donde quiero una vez pongo el culo en el asiento, la cosa cambiaba. Pero creo que eso no va a pasar, ¿verdad?
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