31 enero 2010

TomTom

Nos habíamos planteado comprarnos un TomTom. Ya teníamos uno, pero no era un TomTom propiamente dicho, sino una PDA con el navegador integrado, y eso no mola. Lo que YO quería queríamos es un TomTom.

A mí me gusta que las cosas sean lo que son, y no dieciocho cosas. Es decir: me gusta que mi móvil sea mi móvil, mi iPod sea mi iPod, mi cámara de fotos sea mi cámara de fotos y no tener un mismo chisme para llamar, escuchar música y hacer fotos. Vale, salgo perdiendo porque tengo trescientos cacharrines y un número igual de cargadores, pero sinceramente, lo prefiero. No soporto que si me quedo sin batería no pueda ni llamar ni escuchar música ni hacer fotos. Por ejemplo.

Así que el objetivo era un TomTom auténtico y exclusivo.

Entonces me acordé que leí por ahí que habían lanzado un modelo nuevo, un cuco y precioso TomTom. No un aburridísimo chisme negro, no. Uno estiloso y con glamour. Si es que nada más verlo, tan blanquito y tan lindo, se me apetecía más y más...

Lo busqué en Google, y me salieron varias entradas, y simultáneamente mi chico hizo su entrada en el estudio.

- ¡Mira, ya he encontrado el TomTom que te dije!

Él se acercó mirando la pantalla, y yo, en mi ansia de enseñarle el objeto de mi deseo, pinché en la primera entrada que había en la lista, mirando mientras a mi chico para no perderme la cara que pondría al ver algo tan chulo.

Yo esperaba que fuera de emoción, o éxtasis, pero no. Lo suyo era más bien una expresión divertida. De hecho, se estaba riendo. Y va y dice...

- Píntalo de blanco y dí que es para mujeres.

- ¿Cómo?

- Sí, sí, eso es lo que me ibas a enseñar, ¿no?

Vuelvo a la pantalla del ordenador, y sí, ésa es la poco considerara frase que está en grande delante de mí.

Bueno, la verdad es que sí, vamos. Reconozcámoslo. Me meto en la página de TomTom (que es lo que debí haber hecho al principio) y leo que tiene lo mismo que uno normal pero es blanco, y por eso cuesta un poco más. ¡Pero tiene una bolsa de seda a juego! También pasó lo mismo con mi cámara rosa: la negra era más barata, y no entiendo por qué...

Me quedé sola en el estudio otra vez. Si ya de por sí iba a ser difícil ponernos de acuerdo en comprar ese modelo -es excesivamente femenino-, encima pagar más por él no le iba a hacer NADA de gracia...

Continuará...

30 enero 2010

Saturday's Song

Llevaba toda la semana deseando que llegara el Sábado para no tener que levantarme temprano y dormir todo lo que quisiera y un poquito más por si acaso.

Por fin es Sábado, pero mi cuerpo ha decidido que no... Con un dolor de espalda increíble, incapaz de encontrar una postura cómoda, y con una regla a las puertas, me he tenido que levantar (aunque con sueño). Eso me da mucha rabia, y me pone de muy mal humor...

Así que para ser persona he tenido que meterme en vena una sesión musical (aparte de un pastillazo para el dolor). Os dejo con mi última obsesión... Esta vez sí hay vídeo, aunque no es espectacular ni mucho menos.

Esta bonita canción, UNDISCLOSED DESIRES, de Muse, ha sido una agradable sorpresa. Varios discos de este gurpo pululan por casa sin que les haya hecho el mínimo caso. Puedo decir que no me gusta Muse, pero esta canción en concreto (y sólo esta hasta el momento) sí. Será porque se aleja bastante de su estilo, y por ello se ha ganado las críticas de muchos de sus seguidores. A mí me encanta. ¿Y a vosotros?

28 enero 2010

Los bolsos y yo...

Debí comprarme AQUEL bolso.

Sobre todo si tenemos en cuenta que soy megaquisquillosa con los bolsos, que me cuesta horrores encontrar alguno que me mole, y que aquél era justo lo que iba buscando. Estaba bien de tamaño, de forma, de material y de color. No era barato, pero tampoco excesivamente caro.

En fin, que estaba muy bien. Ideal para coger y llevármelo.

Peeeeeeeeeeeeeeeeero NO LO HICE. ¿Por qué? Bueno, pues porque en ese momento no me pareció bien gastarme los 35 euros que costaba el bolso en un ídem. No sé. Lo dejé en la estantería con un suspiro (pero al menos esta vez no abrí la boca para decir que me parecía caro por si acaso). Pensé: en las rebajas me lo compro.

Criaturica...

Porque obviamente, en rebajas el bolso ya no estaba. Ni sombra. En las estanterías quedaban unos cuantos bolsos, a cual más horrible. Le pregunté a la dependienta que si les quedaba algo en el almacén porque estaba buscando un modelo en concreto y que me lo llevaría ipso-facto. Le dije eso para dejarle claro que lo mío era una compra segura pero sólo para AQUEL bolso, ya que creo que en rebajas esconden lo chulo porque no me explico entonces los estantes llenos de birrias que te encuentras en rebajas. Pero la chica me dijo que no le quedaba más de lo que había expuesto (entonces no creo yo que vendiera mucho).

¿Y qué es lo que yo esperaba? Pues un milagro, está claro. Del estilo:

[FLASHBACK A HACE UN MES]

CLIENTA DESCONOCIDA - ¡Pero qué bolso tan bonito! ¡Me lo llevo!
DEPENDIENTA - No, señora, no se lo puede llevar.
CLIENTA DESCONOCIDA - ¿Por qué?
DEPENDIENTA - Pues porque a otra cliente le gustó antes que a usted y en rebajas volverá a por él.
CLIENTA DESCONOCIDA - ¡Oh, no! ¡Yo te lo compro ahora mismo!
DEPENDIENTA - No puede ser, señora. Le guardaré el bolso a ella.
CLIENTA DESCONOCIDA - ¡Pero si yo lo quierooooooooo!
DEPENDIENTA - Lo siento, pero el bolso pertenece moralmente a otra chica, se lo guardaré aquí hasta que venga un día de rebajas y se lo lleve a menos precio...

[FIN DEL FLASHBACK]

Lo sé. Lo sé. Lo séeeeeeeeeeee. Pero hubiera sido bonito.

Así que la siguiente vez que me he topado con un bolso que me ha gustado (la verdad es que bastante parecido al missing), he pagado los 35 euros sin rechistar. Ea. No me volverá a pasar.

21 enero 2010

Grandes Desastres

Miércoles. Justo en medio de la semana laboral, yo ya estaba para el arrastre. Para recogerme con una cucharilla, vamos. Me pasé el día con el corazón en un puño, con dolor de tripa y aguantándome las lágrimas de rabia. Un día perfecto, vamos.

Cuando llegó la hora de salir del trabajo, me pareció increíble. Durante toooooda la jornada estuve pensando única y exclusivamente en llegar a casa y perderme debajo de una mantita o un edredón (indistintamente). Conecté el piloto automático cuando el sonido de Windows cerrándose anunciaba a la Humanidad que por ese día había tenido bastante -laboralmente hablando-. Llegué a casa en tiempo récord para llevar a cabo mi plan de hacer que el mundo se olvidara de mí...

De todas formas, para no perder el resto de la tarde sin hacer nada salvo autocompadecerme (cosa que no me pega nada, en realidad) y que luego me remordiera la conciencia (ya sólo me faltaba éso), al menos puse una lavadora a media carga con lo gris que había en el cesto de la ropa sucia. Una chaqueta y dos chales. Le dí al botón de inicio y me fuí al sofá, donde me quedé dormida oyendo el sonido sordo de la lavadora...

Y cuando me desperté, y cené, y me acordé de la lavadora... Me encontré con dos chales limpitos y oliendo a suavizante, y un... Un pingajo gris que al principio no reconocí porque era mi chaqueta pero completamente irreconocible: sólo se la podría poner un caniche.

El PEOR episodio de Grandes Desastres en la Colada.

Efectivamente: una prenda de lana en la lavadora y en el programa de algodón. Completamente destrozada. Para tirarla, vamos (no conozco a nadie que tenga un caniche). Mi chaqueta favorita se había reducido a su décima parte...

No es bueno acabar un día horroroso en el trabajo con un estropicio semejante: te destroza la poca autoestima que te quedara.

Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...

20 enero 2010

De colores...

A unos pocos días (a uno y medio, concretamente) de cumplir 31 años, descubro que hay partes de mi cerebro que se han quedado estancadas en los cinco años (por lo menos).

Hago este descubrimiento en la sección de papelería de un Carrefour (que ya me vale). Me doy cuenta de que me llaman poderosísimamente la atención las cosas pequeñas y de colores, como les pasa a los niños pequeños.

Sí, me quedo mirando como una tonta los marcadores fluorescentes, los bolígramos de un montón de colores (¿para qué los quiero?), los paquetes de post-it más surtidos que hay... A las pruebas me remito:




Pero es que son taaaaaaaaaaaan cucos, ¿a que los minifluorescentes son LO MÁS?

Claro que no es la primera vez que me quedo fascinada por cosas de niños. Por favor, tengo casi 31 años. Se supone que yo debería quedarme embobada ante un MontBlanc fino y distinguido (por ejemplo) y no ante un pack de bolígrafos corrientes pero alegremente coloridos. Pero mira, resulta que aún me pirran esas chominás, no sé cuándo van a dejar de hacerlo y la verdad es que no me preocupa en absoluto.

19 enero 2010

Un poco de angustia...

Últimamente, el fantasma del paro me persigue.

En mi día a día no suelo pensar mucho en eso, porque estoy tan ocupada con mi trabajo diario que no me da tiempo en plantearme el tema en profundidad. Pero está ahí, agazapado. Aparece cuando me llega un correo electrónico de una amiga que nos cuenta que se ha quedado sin trabajo. O cuando cotilleamos un poco y me entero de que han despedido a gente en mi empresa: personal con mucha (pero mucha) antigüedad que cobraban un pastón, altos cargos que han debido costar mucho dinero a la empresa, pero que aún así se han visto en la calle. El coste del despido no ha sido impedimento, está claro.

Mi despido costaría muchísimo menos, por supuesto.

No ayuda nada que en mi trabajo tenga la constante sensación de que pendo de un hilo. La dinámica que hay hace ver más los errores que los aciertos, por tanto, es fácil caer en la falsa sensación de que todo lo haces mal. Y aunque parezca que soy consciente porque lo estoy escribiendo, normalmente creo que efectivamente lo hago todo mal (sobre todo en este puesto en el que llevo ya unos meses). Esa constante presión me está pasando factura en forma de mal humor, de cansancio crónico, de berrinches y sobre todo, de un desagradable nudo en el estómago que se me instala todas las mañanas a las nueve de la mañana en punto, según enciendo el ordenador del trabajo.

Por eso, cuando el fantasma del paro aparece ante mí, pienso que oye, igual no estaría tan mal quedarme una temporada en casa tranquila, descansando, sin nudo en el estómago, sin el miedo a los resultados negativos, sin los nervios ante cada seguimiento... Tendría tiempo para hacer cosas que ahora, sencillamente, no puedo hacer. La indemnización me ayudaría a pagar la hipoteca, y con el paro podría ir tirando mientras busco otro trabajo que me guste más...

Pero luego pienso que noooooooooooooo, que es una barbaridad quedarse sin trabajo ahora, con un índice de paro enorme, cuando la tendencia es que aumente en lugar de que las empresas contraten gente. Repaso mentalmente todos los gastos que tenemos y que habría que recortar y no me hace nada de gracia. Además, tengo que reconocer que me gusta saber qué se cuece, estar metida en el meollo de la empresa, cosa que ni soñaba hace unos años, cuando entré. Por no hablar del palo a mi ya de por sí no muy boyante autoestima.

Lo cierto es que no se puede vivir con una constante angustia ante la espectativa de ir a trabajar, y pienso que soy yo la que debe cambiar el chip, pero luego me planteo que quizá no debo ser yo quien cambie por un trabajo, ¿o sí?

Hay quienes han pasado por eso, está claro que no es el fin del mundo y sé que de todo se sale. Pero no sé hasta qué punto quiero (o puedo) cambiar una angustia por otra... Claro que en este momento creo que el asunto de momento está sólo en mi cabeza (o quizá no), pero no sería negativo ir haciéndome al cuerpo que en cualquier momento puede ser real...

No sé, divago mucho. Será que hoy no es mi día...

18 enero 2010

La Jungla de Asfalto

La verdad es que esta mañana no sabía si estaba yendo al trabajo, o jugando al Colin McRae 2.

Para salir de mi garaje hay que subir una pronunciada rampa que hace un giro de 90º. Le doy al mando de la puerta y mientras se abre, arranco el coche y lo saco de la plaza. Pues justo cuando voy a mitad de la rampa, veo que un coche va asomando el morro para entrar en el garaje que YO-Y-SÓLO-YO he abierto y me pita. Claro, yo freno, y el coche invasor se queda parado también; al final decide tirar para atrás y dejarme salir. Pero ya no puedo acelerar, el coche se me cala y lo dejo caer hasta el final de la rampa. Mientras coloco el coche para volver a subir, observo con asombro que el otro coche está bajando y que encima tengo que dar más marcha atrás para dejarlo pasar. El conductor va y me saluda, mientras yo ficho la matrícula y la cara del tipo que se aprovecha de una puerta abierta.

Cuando por fin consigo hacer uso legítimo de la rampa del garaje, subo con cierta alegría para impedir que otro fresco se me cuele, y me recibe una pitada de una furgoneta que subía la calle a la que me incorporo. No le iba a dar, claro, pero la pitada me la llevo, que es gratis.

Luego me encuentro toooooodos los coches del mundo circulando por las calles, y me pregunto por qué tengo que cederles el paso al 100% de ellos.

Por supuesto, los semáforos se cierran cuando me faltan unos metros, así que me como todas las esperas en rojo.

Y al fin, cuando enfilo la última recta donde intento recuperar algún minuto perdido, me cruzo con coches que no recuerdan que se trata de una calle con doble sentido y que aunque no haya raya en medio, no pueden ir por donde les apetezca. También tengo que esquivar algún madrugador que va tranquilamente andando por la calzada, en lugar de utilizar las amplias aceras: es más divertido jugarse la vida. Por no hablar de los camiones que se quedan parados donde mejor les viene a ellos, porque buscar un sitio donde no se moleste es algo impensable.

Grrrrrrrrrrrrrrrrrrr... Menuda manera de empezar un Lunes...

Ah, la hora de comer también fue una pesadilla. Se me ocurrió pasar en hora punta por la puerta de un instituto, con padres en ostentosos coches grandes parados donde les sale de los huevos viene mejor, lo que casi me cuesta un retrovisor y pegarme con una madre...

17 enero 2010

I think last night...

Hoy Domingo me he levantado con una canción en la cabeza. La descubrí ayer: me sumí en una maratón de series, y en uno de los episodios, al final, pusieron un trozo de la canción. Me gustó, la busqué, y ahora no me la puedo sacar de la cabeza...

Es un poco melancólica, perfecta para los días nublados...

Va directa a mi colección, porque me ha tocado el alma, así que os la dejo, a ver si os gusta...

16 enero 2010

La Amenaza Fantasma

A pesar de que me apunté a PostCrossing (¡y ya tengo casi 30 postales de un montón de sitios!), lo cierto y verdad es que sigo recibiendo una ingente cantidad de cartas, facturas en su mayoría. Mi buzón es aburrido en general (aunque hay gente que ES UN SOLETE y me lo alegra un poco).

Como ya me conozco la tipología de mi correo -insisto: facturas y más facturas-, la verdad es que no le hago mucho caso. Voy recogiendo diariamente el correo, y voy dejando los sobres cerrados en una bandeja. Cuando está repleta de cartas de REPSOL, de VODAFONE, de ENDESA, etcétera... pues me armo de paciencia, las abro, las miro un poco por encima y las guardo en sus carpetitas (todo muy ordenado). No me preocupo más porque todo está domiciliado, así que paga el banco.

El Sábado pasado fue cuando tocó vaciar la bandeja...

Factura de móvil.

Factura del agua.

Factura del gimnasio.

Factura de la luz.

Factura de...

Factura...

Fac...

ZzzzzZZZZZzzzzzZZZZzzzzzzzzzzzzzZZZZZZzzz...

Carta de REPSOL. ¿Sería para felicitarme por mi cercano cumpleaños, como hace El Corte Inglés? Puede, pero lo dudé mucho. Abrí la carta y la leí. Y después sólo pude emitir un sonido: GLUPS.

- ¡NENEEEEEEEEEEE! ¡¡Nos van a cortar el gas!!

- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?

- ¡¡Mañana!!

- ¿Mañana Domingo?

- ¡Sí!

- ¿Cómo van a cortarnos mañana Domingo el gas?

- Que sí, que lo pone aquí...

- ¿Dónde? Deja que lea.

Me la cogió de las manos, y con cara muy seria, la leyó de arriba abajo.
Estimado cliente:

Recientemente, hemos realizado dos visitas a su domicilio para llevar a cabo la inspección periódica de su instalación receptora de gas canalizado, en cumplimiento de las obligaciones que la reglamentación vigente determina.

Le hemos informado con antelación de nuestras visitas por medio de cartas que hemos dejado en su domicilio, pero lamentablemente, ambas visitas han resultado infructuosas, y por ello, la inspección de su instalación no ha podido realizarse.

Debido a ello nos vemos en la obligación de ponerlo en conocimiento del Servicio de Industria del Gobierto de la Comunidad Autónoma, quien puede decidir el corte de suministro de gas a su instalación. Por otra parte, en el caso de que se produjera algún incidente, la compañía de seguros puede no responsabilizarse de los daños que pudieran ocasionarse.

Si desea realizar la inspección periódica de su instalación o recibir más información al respecto por favor póngase en contacto con nosotros llamando al teléfono 901 170 170.

Gracias por su colaboración.
Mi chico me miró, con el ceño un poco fruncido. Vale, el pánico me nubla, lo reconozco.

Lo primero es que no ponía ninguna fecha, ni siquiera se afirmaba que se fuera a cortar el gas (pero el párrafo en sí era chungo, una auténtica amenaza fantasma, hay que reconocerlo). Lo segundo es que la carta estaba fechada hacía un mes, y estaba ahí, cerrada, con la amenaza latente. Pero pareció que sólo cuando yo la abrí y la leí, se materializó todo inmediatamente, todo iba a pasar YA porque YA lo había leído. Absurdo, pero absolutamente REAL en mi cabeza.

La voz de la razón (mmmm, es masculina, qué cosas) se abrió paso en mi cabeza. Ah, no, era mi chico, que me estaba hablando...

- No nos van a cortar el gas. Llamamos el Lunes y lo arreglamos.

- ¿Y si mañana no tenemos gas? ¡Estamos sumidos en una ola de frío!

- Escuuuucha: NO nos van a cortar el gas. Es absurdo. La carta lleva ahí un mes.

- Ya, pues más a mi favor. Verás como mañana no tenemos gas.

- ¿Y por qué mañana?

- ¡Porque sí!

De verdad... ¿Es que este hombre no ve el peligro o qué?

15 enero 2010

¡Cuando tú quieras!

Suena mi descacharrado móvil. Cada día está peor, tengo que cambiarlo, lo sé, lo sé... Que cuando alguien me llame se quede la pantalla en negro es un detalle en plan back to the 80's, cuando sonaba el teléfono y no sabías quién te llamaba: pequeños misterios que la tecnología se ha cargado. Pero por muy encantador que parezca, tengo que agenciarme otro móvil nuevo.

A lo que iba... Esta vez era mi esteticienne, o como se diga.

- ¡Hola! Llamo para cogerte cita...

Oh, qué bien. Me viene genial, porque con el despiste no me acordaba de que ya tocaba mi horrible tortura mensual en pos de la belleza sesión de láser.

- ¡Ah, pues estupendo! ¿Y cuándo puedo ir?

- ¡Cuando tú quieras!

- ¡Muy bien! Pues el Martes.

- Errrrrrr... ¿El Martes?

- Bueno, pues si quieres el Miércoles.

- Te cojo para el Jueves que me viene mejor.

- Vale, ¿a qué hora?

- ¡A la que tú quieras!

- Venga, a las seis.

- Ummmmmm... ¿Y algo más tarde?

- ¿A última hora, las ocho y media?

- Te apunto para las siete y media, va. Quedamos el Jueves a las siete y media...

Sí, sí. Justo cuando yo quería... Menos mal que no me venía mal del todo a mí, jajajaja...

14 enero 2010

La Decisión

Cuando yo era joven (long, looooong time ago), y me iba de viaje, me acuerdo que echaba en la bolsa ropa interior, un peine, un cepillo de dientes y poco más. Ea. Tan feliz y tan ligera. Y la verdad es que no recuerdo que nunca me hiciera falta nada más...

Dicen por ahí que cuando te haces mayor, maduras y todo eso, tienes más miedos. Es verdad. Yo ahora no me atrevería a encaramarme a un árbol como cuando era pequeña por miedo a caerme y romperme una pierna. Tampoco bajaría con la bici por la más empinada cuesta que encontrara a una velocidad endiablada por miedo a dejarme los piños en un espectacular pifostio.

Y yo ahora por lo visto no me atrevo a salir de viaje sin un par de gafas de repuesto, por miedo a romperme las de todos los días y no ver un pijo hasta volver a casa (cosa que JAMÁS se me había pasado por la cabeza antes, y desde los siete años no se me han roto unas gafas). Tampoco viajo sin un botecito de MI gel por si acaso se me irrita la piel con el que haya en el destino. No se me olvidan los trescientos cargadores no sea que me quede sin batería (Oh-Dior-Mío) in the middle of the nowhere en alguno de mis múltiples chismes. Por supuesto, voy cargada de tarjetas bancarias varias por si el cajero de turno no me da efectivo y tengo que ir a otro, o no admiten la tarjeta (sería la primera vez), o tengo que hacer frente a un gasto imprevisto (no sé, ¿como comprarme un yate?). Me horroriza sólo llevar un modelito por si me mancho y tengo que ir por ahí con un lamparón, cosa que jamás antes me preocupó mínimamente...

Es por ello que mi equipaje siempre es enorme, aunque a veces me controlo, ya demás hay casos peores -lo cual me consuela-.

Entonces, un buen día, decido que va, nos vamos para una noche y sólo voy a llevar una muda por si acaso, el pijama y poco más.

Y resulta...

Resulta...

...que la vez que elijo para ir ligera de equipaje (vale: moderadamente ligera) es la VEZ que nos quedamos atrapados en medio de la A4 por el temporal de nieve (por no hablar del patinaje artístico de coche contra mediana que la verdad no viene a cuento).

Es la vez que tuvimos que llamar a un hotel urgentemente para que nos dieran cobijo casi a medianoche.

Es la vez que no llevé ropa interior calentita en medio de una ola de frío.

Es la vez que cambiando las putas cadenas del coche las maldigo una y mil veces me empapé los calcetines y casi se me congelan los piececillos porque las medias de repuesto no ayudaban nada.

Para la próxima, lo siento pero tiraré de media casa, la compactaré en mi maleta le pese a quien le pese (y nunca mejor dicho). Ea.

No hay nada como una experiencia extrema para aprender...

13 enero 2010

Como a mí me gusta...

Ayer, mientras conducía, me dió por pensar que hace mucho tiempo que no voy a una cafetería a tomarme algo tranquilamente.

Es verdad. Hace demasiado tiempo que mi rutina es: trabajar, salir tarde (como norma general), llegar a casa y disfrutar un poco de mis cosas o hacer alguna tarea doméstica, antes de cenar e irme a la cama pronto. Si algún día tengo que ir a comprar o hacer alguna otra cosa, la hago rápidamente para estar lo antes posible en casa...

¿Y los fines de semana? Pues los que no nos vamos, también los dedico a no madrugar y a quedarme en casa. La pereza me invade e incluso me quedo en pijama el máximo tiempo posible. Al final sí que salimos, pero principalmente por la noche.

El resultado final es ese: que hace la vida que no estoy sentada tranquilamente en una cafetería.

Pensando en eso, me acordé de esos desayunos o meriendas en una de mis cafeterías favoritas, que me preparaban un Cola-Cao justo como a mí me gusta, con una capa de espuma de leche salpicada de polvitos de cacao y a veces una pizquita de canela. También recuerdo las tostadas que desayunábamos a veces sin prisa, antes de ir a clase (o después, o durante...), lo bien que nos sabían, y cuánto lo echo de menos.

Porque entonces todo era distinto: todos los amigos estábamos ahí, nuestras vidas eran las mismas, pasábamos juntos mucho tiempo (de hecho: vivíamos en el mismo edificio), y compartíamos casi todo. Ahora, para quedar, a veces hay que hacer encajes de bolillos porque ya no estamos juntos, ya no compartimos cosas, salvo el pasado. Ahora no nos vamos de cervezas sólo porque nos encontramos en las escaleras; ahora hay que buscar huecos en agendas, depender de los niños... Y voy más lejos: con según qué amigos, ¡hacer quedadas en algún punto de España! Complicado...

Por eso también me siento triste algunas veces (y ahora, con la ola de pena vuelvo a pensar en ello), porque recuerdo aquellos días cuando no sabía nada de hipotecas o estrés laboral... y sí sabía bien lo que es estar con mis amigos porque sí, tomando algo tranquilamente en mi cafetería favorita, disfrutando de un Cola-Cao como a mí me gusta...

12 enero 2010

¿Y yo, qué leo? (XXXV)

Hace poco acabé HABLEMOS CLARO, de Jane Green. Me parece que éste es el quinto libro que leo de esta autora, y no me acaba de convencer. Algunos de sus libros me han gustado -sin más-, y otros no. Creo que tiene potencial, tengo fe en que alguna de sus historias va a encantarme de verdad... Por eso cuando veo uno de ella en la librería, pienso: ¿y si va a ser éste?

Desde luego, la contraportada no me daba muchas pistas...
¿Eres como Tash, soltera, a la búsqueda de... y encima productora del programa de televisión más popular de Reino Unido, con un jefe de pesadilla? Tash tiene bastante experiencia en las tribulaciones de una chica de hoy para tener citas con hombres: ni ella ni sus tres amigas íntimas han conseguido vivir el cuento de hadas con el que crecieron: Andy, siempre está enganchada a la pasión; Mel, a su relación con un indeseable, y Emma, a esperar con impaciencia a su media naranja. Y los hombres que las rodean no es que las ayuden demasiado: Andrew, atractivo, amable y narcisista hasta la médula; Simon, alérgico al compromiso y peligrosamente traicionero, o Adam, guapo, bondadoso, con sentido del humor pero demasiado blando para resultar sexy...

Sigue a todos ellos en su búsqueda de la satisfacción y del derecho a amar y ser amados en esta divertida novela, dolorosamente honesta, a veces triste, pero siempre deslumbrante y tierna.
Bueno, vamos a veeeeeeeeeer... Le doy un ni fú ni fá.

Estoy un poco cansada de los grupos compuestos por cuatro mujeres (por lo visto no existen grupos de tres, cinco o seis amigas: tienen que ser cuatro), en las cuales hay una guay confusa en cuanto a hombres se refiere, otra devoramachos, otra un poco pava o cándida y la otra... Bueno, la cuarta en discordia apenas aparece en esta historia, por lo que no puedo ponerle un adjetivo correcto.

Procedo a destripar la historia: este libro trata sobre Anastasia, o Tasha, una realizadora de televisión que resulta que está traumatizada porque una vez se enamoró, y el hombre en cuestión la dejó por otra cuando ella empezó a caminar más rápido que él (el tema de dejar el cepillo de dientes en casa de él, asunto que se ve abordado una y otra vez en la Cosmopolitan: una revista a tiempo igual le hubiera enseñado cómo actuar). Desde entonces ha ido saltando de flor en flor, acostándose con cualquiera que le resultara mínimamente atractivo, mientras va a una terapeuta a hablar de sus problemas con los hombres. Ah, por cierto: ni rastro de ese supuesto jefe de pesadilla.

Tasha tiene un abnegado amigo, Adam, que ve todos sus escarceos amorosos pero aún así sigue a su lado, porque es su mejor amigo. Prácticamente desde el principio está claro que Adam está enamorado de Tasha (cómo no), y resulta que el chico es una joya: es atractivo, le gusta ella tal y como es, y encima la trata como una reina. ¿Qué más se puede pedir?

Pues como es lógico y estaba cantado, Adam decide confesarle a Tasha lo que siente por ella de una vez por todas, y aunque ella no está convencida del todo -porque es su amigo-, decide darle una oportunidad. Todo va de maravilla, pero ella no para de pensar que en su perfecta relación falla algo... y se obsesiona cada vez más hasta que lo estropea todo.

A partir de ahí, se puede decir que todo gira sobre que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

La protagonista me cae mal de verdad, porque es la típica persona que siempre quiere más, más y más y nunca está contenta con sus elecciones. Su egoísmo y esa forma de ver las cosas hace que muchas veces esté jugando con las personas de su alrededor. Por eso me parece muy injusto que nadie le ponga los puntos sobre las íes, que su amiga (la única medianamente lista en toda la historia) le perdone cuando no debería volver a hablarle nunca, y que encima todo acabe bien. No, no, no y no. De vez en cuando, la cosa debería acabar como debería. Porque en realidad, las cosas no siempre acaban bien. Y en este caso, ella ni siquiera se merecía un happy ending.

Aparte de juzgar a la protagonista, y decidir que debería haber salido peor parada, el libro no me ha aportado nada: me ha parecido simplemente pasable. No ha despertado en mí más que el deseo de que se hiciera justicia y la chica tuviera su merecido, sólo eso. Una narración correcta, un poco aburrida a veces. Una historia común y previsible. Un final inmerecido (vuelvo a repetir). En resumen: no merece la pena.

11 enero 2010

Una importante enseñanza...

En nuestras vacaciones de Mayo del año pasado, estuvimos en Barcelona. Como parte del plan, un día fuimos de ruta cultural y estuvimos en un museo sobre la historia de algunos pueblos catalanes durante la Revolución Industrial. Ahí se explicaba cómo era la vida diaria de los trabajadores de las fábricas, qué hacían exactamente, etcétera...

Entre otras muchas cosas de las que allí había, también se recreaba en ese museo cómo era una escuela, y en unas estanterías había utensilios utilizados: un compás para la pizarra, un plumier, y cuadernillos (de chicos y de chicas) con una caligrafía excelente (que, por cierto, ya no se ve).

Aunque parezca que no, toda esta parrafada va a un sitio...

En uno de los cuadernillos de chicas, que estaba abierto en el expositor, había un texto sobre cómo tenía que comportarse una niña -y luego una mujer- para ser ¿cómo decirlo?: material casable. No recuerdo muy bien lo que ponía exactamente, pero vamos, venía a explicar que lo que había que hacer era cuidar el aspecto, las maneras, ser una buena ama de casa, bastante sumisa, abnegada y tal...

Lo de cuidar el aspecto para ser material casable no lo tenía muy claro a qué se refería exactamente.

HASTA HOY.
Quiere decir que no debemos dejar que ningún hombre nos vea en pijama con SU enorme bata puesta, en zapatillas de paño por supuesto, con los pelos revueltos cogidos con una cola a lo mecawendiez, en la cocina, con unos cascos enormes enganchados al iPod, cantando (y desafinando) a pleno pulmón y bailando con un cucharón en la mano que ocasionalmente servía de micrófono improvisado.
Ahora lo sé.

Y, vaya... Me he dado cuenta un poquito tarde.

09 enero 2010

Mira que tengo paciencia...

Vale, estoy ya es serio. Que encienda mi móvil y que sólo funcione la mitad de la pantalla, y la otra mitad salga al revés es una llamada de atención. Necesito un teléfono nuevo. Así que tengo que pensar seriamente en hacer un amago de portabilidad para que me hagan una oferta decente porque por puntos es una pena comprarme un móvil.

Para comprarme un móvil (guiño, guiño), tengo que pasar por los trámites necesarios -vamos, que necesito el famoso ICC para ir a la tienda (guiño, guiño)-, y tengo dos opciones:
  • Llamar a Atención al Cliente otra vez y pedir el número que hace falta. Ufffffff... Nada más de pensarlo estoy agotada, porque si después de aquella llamada casi me tengo que tomar un Trankimazín (o como se llame), de ésta me tiro por la ventana fijo.

  • Llamar a mi madre y decirle que abra el móvil, saque su SIM, lea los numerillos y me los diga. Inviable, más que nada porque creo que mi madre no sabe ni que su móvil se abre. Y lo de la secuencia de marras es casi peor porque las palabras "asterisco" y "almohadilla" no forman parte de su vocabulario.
Así que escojo la primera opción, y opto por llamar por la noche, antes de cenar.

EL HORROR.

- Bienvenido al servicio de Atención al Cliente de Vodafone. Si llama por la Promo Navidad, pulse 1. Si no le interesa, pulse 2.

Pulso 2, claro.

- De las siguientes opciones más utilizadas por usted, diga sobre cuál desea realizar su consulta: pago de un recibo atrasado, importe y fecha de factura, duplicado de factura, cambio de cuenta bancaria, Mi Programa de Puntos, control de consumo, contestador o contrato de permanencia. Para escuchar el resto de opciones disponibles diga "menú", o bien indique brevemente el motivo de su llamada.

Otras consultas.

- Le he entendido "otras consultas", pero...

Venga ya. No tengo tiempo para esto OTRA VEZ. ¡¡OTRAS MALDITAS CONSULTAS!! De verdad, esto es un suplicio...

- En estos momentos todos nuestros comerciales se encuentran ocupados, por favor, espere unos segundos...

Bueno, ya es algo.

Musiquilla.

Después de aproximadamente 300 segundos (que sí, que son "unos"), le explico a una comercial lo que quiero, le aclaro qué es el ICC, le doy todos mis datos, y ella duda. No está nada segura de que se pueda dar el dato, y me deja en espera mientras lo pregunta.

Una pizza sacada del horno, colocada en el plato y cortada después, me dice que vale, que sí, que me lo dará, pero no ella, sino el departamento especializado (oh, hay un departamento especializado en dar ICCs), así que, señorita (ésa soy yo), le paso, sea tan amable de permanecer a la espera. Soy tan amable y permanezco a la espera.

Musiquilla.

Dos trozos de pizza, un vasito de Coca-Cola Light y medio episodio de The Big Bang Theory después, me atiende otro chico. Le cuento ooooooooooootra vez la misma historia. Titubea. Me pidoe ooooooooooootra vez los mismos datos, y yo se los doy. No le parecen suficientes y me pide más, y se los doy. No está seguro. Se lo piensa, y al final, me dice que venga, va. Me lo dará. Peeeeeeeeeero, tengo que...

- ¡No me diga más! ¿Permanecer a la espera unos segundos?

Musiquilla.

Un episodio de The Big Bang Theory acabado, una cena finiquitada y un zapeo entre todos los canales del Digital Plus después, me retoma el chico. Ya parece decidido y por fin, me da el ICC. Le doy las gracias (al fin y al cabo, es todo un logro). No me puedo creer que lo haya conseguido, yupiiiiiiiiiiiiiii...

Lo que hay que hacer para comprar un móvil...

08 enero 2010

Ilusión Regalera

Estos días pasados, como todo el mundo, hemos estado comprando los regalos de Navidad. A mi madre le ha tocado recibir una trolley pequeña, porque va arreando con una maletuja enclenque de publicidad que alguien le dió hace ya un montón de tiempo. Un desastre nada glamouroso. Así que le compramos una maletita bastante cuca.

Para mí un regalo no es un regalo si no va debidamente envuelto en papel de regalo.

Así que ya en casa me dispuse a envolver la maleta, porque en la tienda se limitaron a liarla en una bolsa y allá te las compongas. Cogí dos metros de papel de regalo del IKEA que había por ahí, un rollo de fixo, unas tijeras y paciencia. Empecé a liar la maleta con el papel como mejor pude para que me diera para envolverla entera, pero cuando tiraba de una esquina, me quedaba corta otra (al menos no se rompía el papel, estos suecos de vez en cuando hacen las cosas bien). De todas formas, ví que me faltaba algo...

Ummmmmmm... ¿Qué me faltaba?

Ah, ya lo sé. Una tercera mano.

- Cariñooooooooooooooooooooo... ¡Ven a ayudarme!

Y vino. Su función principal era poner un dedito donde le decía para que yo fuera capaz de colocar el fixo de forma solvente y no al buen tuntún. Me enfrasqué en el asunto mientras mi chico me miraba con creciente interés mientras me peleaba con la maleta.

Al cabo de unos minutos de miró y me dijo:

- ¿Te das cuenta que llevas ya más de un cuarto de hora liada envolviendo la maleta, cuando en cinco segundos tu madre va a destrozar el papel?

¡Plof! ¡Me chafó toooooooooooda mi ilusión regalera!

Pero me quedó bastante mona, ¿verdad?

Aunque sí, mi madre destrozó el papel en dos segundos, lo hizo un higo y mi cuidado y esmerado envoltorio quedó reducido a la nada. ¡Snif!

07 enero 2010

Al mal tiempo...

Después del tema de mis ojeras, andaba yo un pelín traumatizada.

Porque, la verdad sea dicha (escrita), no tenía muy buena cara. Las ojeras eran un complemento más, pero no lo único. Ojalá fuera lo único. Mi carita de rosa se ha visto atacada sin piedad por el estrés, el cansancio y el frío, fatal para las pieles sensibles como la mía.

Por eso, aprovechando además que voy a cuidarme más (típica frase de principio de año, ¿cuántas veces se habrá pronunciado ya?), decidí que todas las mañanas iba a levantarme cinco minutos antes de lo habitual para maquillarme y mejorar mi aspecto.

Vale, vale, soy una vaga a la hora de maquillarme. Pero es que hay que hacer taaaaaaaaaaaaaantas cosas para conseguir un resultado aceptable: que si corrector, que si base, que si polvos, que si sombra, que si rimmel, que si colorete... Uffff... Me agoto nada más que de pensarlo, aunque reconozco que merece la pena.

Así que no me autopuse más autoexcusas y empecé con mi nueva decisión.

Primer día: me levanté cinco minutos más tarde de lo previsto. Llegué tarde.

Segundo día: me levanté siete minutos más tarde de lo previsto. Llegué tarde.

Tercer día: me levanté diez minutos antes de lo previsto, pero resulta que tenía que entrar media hora antes. Llegué tarde.

Cuarto día: me levanté quince minutos más tarde de lo previsto. Llegué tarde.

Algo no iba bien...

El quinto día (me había levantado tarde, ¿raro, verdad?), estaba yo quejándome de no ser rica y tener que ir a trabajar mientras me ponía mi hidratante, cuando un ojo legañoso se posó en el bote que había en la repisa. Mmmmmmm...

Me había llegado el día anterior... Lo cogí, lo abrí, y lo olisqueé. Olía poco, pero bien. Me eché un poquito en el dedo y me lo puse bajo los ojos. No estaba mal. Tenía un tacto suave, como de talco, a pesar de ser un poco líquido. Me apliqué otro poquito en el resto de la cara, y... ¡voilà! ¡Estaba maquillada en un minuto! ¡Y bien maquillada! Sin zonas más oscuras ni nada. Fue como aplicarse una crema, fácil-fácil.

De todas formas, estar medio dormida te hace pensar que tienes el cutis más excelente del mundo, pero el espejo del ascensor me confirmó que no había sido un sueño. Tenía buena cara y un color uniforme y natural. Y me sentí contenta.

Luego, en el trabajo, esperaba que alguien me dijera algo (como SIEMPRE pasa las pocas veces que me da por maquillarme: se forma un escándalo que no entiendo a qué viene), pero no hubo nada de éso. Sólo algún comentario como que tenía mejor pinta, así que pareció que nadie notó que ésa no era mi cara de verdad. Lo cual me puso más contenta todavía.

Y así estuve todo el día. Contenta (y parece ser que hasta guapa y todo). Sobre todo porque apenas invertí un minuto en maquillarme, el resultado fue inmejorable y no tuve que preocuparme del maquillaje en todo el día. Además, no me molestó en absoluto, ¡me olvidé de él! Lo cual ya es raro porque mi piel es algo quisquillosa y sólo está cómoda con ciertos productos, y mira por dónde he dado con uno que le va bien.

Ah, esto, sí, se me olvidaba. Es...
...y me llegó vía Bloguzz.

A mí me ha ido muy bien, me ayuda a tener mejor cara y es supercómoda de llevar. Si alguien tiene mi mismo "problemilla", ésta puede ser una buena solución. ¿Qué os parece?

06 enero 2010

Sobre los Reyes Magos...

Viendo ayer las noticias (a falta de otra cosa mejor), pusieras la cadena que pusieras, salían los Reyes Magos. Que si habían llegado por barco a no sé dónde, que habían aterrizado en un helicóptero en otro sitio distinto, que si habían ido en patinete por las calles de otro pueblo, que si estaban el el balcón del ayuntamiento de otra ciudad, que si habían visitado un hospital que no está ni cerca de ninguno de los anteriores sitios...

La locutora daba explicación a tanta ubicuidad como podía: como son magos...

Entonces, ante todas esas imágenes, empecé a reflexionar en voz alta:

- Pues yo creo que aquí debería haber un decretazo y homegeneizar un poco el tema...

Mi chico me miró como si estuviera loca.

Pues sí, lo que quiero decir es que los niños no son tontos, y a poco que pongan la tele y tengan dos dedos de frente (o sea: todos los niños) se darán cuenta que, por mucha magia que se empeñe la locutora de turno en ponerle al asunto, ahí hay gato encerrado.

Sí, porque, ¿cómo va a colar que Baltasar sea negro-negro en Santander, color café con leche en Almería, y sólo negro de cara en Vigo? ¿Por qué la barba a Melchor le crece y le mengua según la ciudad? ¿Porqué la capa de Gaspar aparece y desaparece como el Guadiana?

- ...porque al menos los trajes deberían ser iguales, ¿no? El mismo diseño para todos los pueblos de España. Así colaría más. Nos estamos cargando la ilusión de los niños. ¿Es que NADIE piensa en los niños?

Esto con Papa Noël no pasa. El traje está claro como es, ¿no? Al menos se viste igual en todos sitios. El tamaño de la barba y de la panza sí va cambiando según el sitio, pero no da tan el cantazo como el tema de los Reyes Magos.

En serio, alguien debía plantearlo en el Parlamento para el año que viene...

05 enero 2010

They're watching you!!

Espero que hayáis sido buenos (yo sé que sí) y que esta noche os dejen muuuuuuuuchos regalos.

¡Contadme! ¿Qué os han traído los Reyes?

04 enero 2010

Lo tenía que decir...

En general, se puede decir que soy una chica atrasada en acontecimientos. Siempre me entero la última de todo, no sé cómo me las apaño. Eso por un lado.

Por otro lado, resulta que no me llaman la atención las películas de animación. No sé, no me resultan atractivas, no hago por verlas... Luego puede que alguna me guste (de la primera de Shrek me sé casi todos los diálogos), pero en general, no es un tipo de cine que me atraiga especialmente.

Si sumamos las dos cosas, se explica que haya sido en este 2010 cuando por fin he visto la película WALL·E (estrenada en el 2008 si no recuerdo mal).

Y resulta que me he enamorado de ese robotito encantador y absolutamente tierno...

La empezamos a ver porque mi chico insistió, y como me tenía en el sofá hecha una piltrafa, sin fuerzas para protestar, la coló en el DVD. Al principio yo apenas le estaba haciendo caso a la película (estaba muy ocupada sonándome la nariz y tosiendo), porque sospechaba que iba a ser una laaaaaaaarga película de animación sin diálogos. Peeeero...

...escena a escena el curioso robot me robó el corazón -sí, sí, mi corazón de casi 31 años-. Primero con lo torpecillo que era con los chismes que se encontraba entre la basura, y luego, cuando le iba enseñando a EvE sus cosillas (con el plástico de burbujas ya me tenía ganada). El punto culminante, que me tenía ya llorando a moco tendido, fue cuando EvE estaba en estado de hibernación y Wall·E la cuidaba y sólo quería cogerle la mano...

Me encanta la hitoria de los dos robots (lo demás es secundario y poco destacable además de un poco rollo), me chifla cómo se llaman mutuamente con esa voz robótica que sí que tiene matices, me gusta mucho el bichillo ése que hay en la Tierra (con el asco que me dan los de verdad), me resultan tan tiernas las torpezas de Wall·E...

Adoro la historia que hay entre los dos robots, me han enamorado totalmente...

Pues sí, ahora resulta que es mi película favorita de animación, y recomiendo a absolutamente todo el mundo que la vea porque es PRECIOSA. Y efectivamente: cuando estoy malita (y con la regla) me vuelvo pastelosa y romanticona y escribo cosas como ésta...

03 enero 2010

Snif... :(

He recibido el año 2010 malita.

A mi chico se le llenaba últimamente la boca de decir: ¡no nos hemos puesto malos en todo el Invierno! Ea. Pues aquí estoy yo, en pijama, reglosa, con ojos hinchados, tosiendo, aguantando un dolor de garganta y cantidades ingentes de mocos. Acabando con las reservas de pañuelos de papel de España y desesperada. Me desespero cuando me pongo malita. No tengo remedio.

¿Tú te crees que así se puede empezar un año, joooooooooooooooooooo?

02 enero 2010

El último desastre del año...

Lo que yo quería era bien sencillo. Fácil. Sin complicaciones.

Pensando en éso precisamente, intentaba contener las lágrimas mientras pagaba los 22 euros que esa bruja me estaba pidiendo.

Así que agradecí infinitamente que al salir de la peluquería estuviera lloviendo a mares e hiciera un viento huracanado que me obligaba a tener la cabeza debajo del paraguas y que así la gente sólo viera un paraguas con dos piernas.

Llamé a mi chico ya francamente histérica. Con el viento, la lluvia y que mi móvil no funcionaba muy bien, yo no oía nada de lo que me decía, y sospecho que él no entendía tampoco nada de mis balbuceos rabiosos mezclados con lágrimas.

- ¡¡Me han hecho el peinado MÁS HORROROSO de mi vidaaaaaaaaa!!

- Cariño, no exageres. Seguro que no es para tanto.

Criatura ingenua.

Cuando llegué a la tienda donde me estaba esperando, yo seguía metida dentro del paraguas, claro. Me moría de la vergüenza.

- Anda ya, tonta. Venga, sal de ahí debajo...

Salí (no ví viable quedarme allí escondida toda la NocheVieja) y cuando me vió, su cara era un poema. Ni siquiera consiguió articular un "no es para tanto". Se quedó mudo. Y éso es MUY MALA SEÑAL. Por supuesto, yo empecé a llorar otra vez y a tocarme el desastre que tenía sobre la cabeza, quitando horquillas e intentando que los litros de laca que tenía encima no actuaran. Demasiado tarde.

La verdad es que mis pelos recordaban ligeramente a...


En resumen: con unos pelos de loca que levantaban dos palmos (sin exagerar), las mejillas manchadas de rimmel, los ojos de persona totalmente desquiciada y la voz aguda de quien está en plena crisis mental, le pedí a mi chico que por favor se acercara a la perfumería de más arriba a por un cepillo. Tenía la lejana esperanza de poder arreglar algo, porque Penélope Cruz siempre decía que la laca Elnett se quita con un suave cepillado: recé para que fuera verdad a pesar de que estábamos hablando de cantidades ingentes de laca (e incluí en mis rezos que la de Schwarzkopf también fuera así de benévola).

Cinco interminables minutos después tenía un cepillo en las manos, que usé para intentar deshacer el cardado y minimizar el impacto de la laca. Imposible. No podía ni meter un dedo en la maraña que tenía por semitupé. Barajé por un segundo meter la cabeza en el labavo y mojarme el pelo, pero sería peor. Así que cogí mis mechones y metí el cepillo como pude. Oía cómo las púas intentaban separar cabellos que parecían estar unidos con cemento.

Por supuesto, conviene aclarar que ir a mi casa a lavarme la cabeza no era viable porque era ya tarde, teníamos que hacer un viaje de dos horas para estar en casa de mi madre a la hora de cenar y volver a lavarme el pelo supondría de hora a hora y media de retraso, más mi madre de morros. No, gracias. Sólo un desastre al día, por favor.

Mientras, mi sorprendido chico me preguntó que por qué no lo evité a tiempo, y casi lo fulmino con la mirada: la chica prometió que a pesar de la mala pinta que tenía todo, el resultado final sería monísimo y espectacular (y cómo iba a dudar: en otras ocasiones así había pasado). Bueno, espectacular fué. ESPECTACULARMENTE FEÍSIMO.

No sé cuánto pelo destrocé intentando cepillar una maraña de pelo tieso (cada vez que intentaba peinar algo, se oía un desagradable "crrrrrrrrraaaasssshhhh"), pero lo que estaba claro era que o eso se arreglaba o iba a recibir al 2010 encerrada en un labavo de un metro cuadrado de la tienda de mi chico, llorando de rabia y pareciendo Peggy Bundy.

Logré arreglar ALGO aquel despropósito.

Bueno, al menos el último día del año aprendí la lección más valiosa del año: si en una peluquería, intuyes que el resultado final va a ser un desastre, es que lo va a ser -> SAL HUYENDO.