29 abril 2010

No te entusiasmes...

Llego a casa en la hora de comer, y saludo alegremente. Nadie me contesta, pero se oye de fondo un extractor de humos. Así que grito más fuerte (también podría ir a la cocina, abrir la puerta y saludar como las personas normales, pero es algo demasiado aburrido: prefiero vocear como una descosida). Mi chico me oye, parece ser, contesta desde la cocina y sale al pasillo.

- ¡Hola!

- ¡Hola!

- Tengo noticias.

- ¿Ah, sí? ¡Cuéntame!

- Ya sé cuándo tengo la convención...

- ...ajá...

- ...y es el tal y cual de Mayo...

- Ah, bien...

- ¿Y sabes dónde?

- Pues no.

- Te doy una pista: [insértese aquí una mano masculina haciendo ondas con efecto sonoro incluido, simulando una montaña rusa]

He de reconocer que esta vez la pista ha sido bastante buena (no como otras), así que acierto a la primera.

- ¡¡A PORTAVENTURA!! ¡¡Qué guay!!

Y empiezo a dar saltitos de alegría. Jo, pero CÓMO MOLA tener convenciones propiamente dichas en sitios chachis (no como otras), ¡con una montaña rusa a tiro de piedra! ¡Con un montón de atracciones ahí al lado! ¡Anda que no me lo iba a pasar bien!

- ¡¡Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeennnnnnnnnnnnnnnnn!!

- Cariño...

- Oeoeoeoeeeeeeeee... Oeeee... Oeeee...

- ...cariñoooooo...

- Yupiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii...

- Cariño, no te entusiasmes...

DEMASIADO TARDE. ¿Cómo puede decírmelo tan a destiempo?

- ...porque no sé si podrías venir, ni nada, yo estaré reunido, claro, y luego el hotel... y el transporte... y no sé...

- Bueno, no pasa nada, no me instalo en el mismo hotel y mientras estás de aburridas charlas, yo andorreo por ahí, te espero y luego salimos, en algún momento tendrás que acabar, ¿no?

- Te prometo que te llevaré si esta vez no puede ser...

Uy, uy, uy... Esa última frase ha sonado a que NO voy a acompañarle. Jos.

28 abril 2010

¿Macho?

- Que sí, tía, ¡que funciona!

- No sé, no me termina de convencer, ¿eh? Me suena MUY raro.

- Pues funciona. Las gitanas lo usan.

- ¿Y tú cómo lo sabes?

- Lo sé, y punto. ¿No has visto cómo lo tienen? Eso debes ser por algo.

- Ya, pero igual es genética.

- Que no. Que es por lo que te he dicho...

- Bueno, vale, pero espera que me lo apunte. ¿Cómo dices que se llama?

Abrótano Macho.

Sí, tal y como suena. Le pedí a mi amiga que me lo deletreara porque era la primera vez en mi vida que oía (y mucho menos escribía) algo así. De venta en farmacias. Un bote como de los años sesenta, me dijo. Horroroso e inconfundible.

Pero por lo visto, una maravilla para el pelo. Lo busqué en Internet y parece ser que semejante nombre es el de una planta que se utiliza para frenar la caída del cabello. Claro que no me cuadra que las gitanas usen algo así, si he de ser sincera... Pero todo puede ser, porque sí que es verdad que todas las que conozco yo tienen una envidiable y profusa cabellera.

De todas formas, sigo un pelín reticente con el tema de la loción de marras. No me gusta mucho echarme cosas raras en el pelo, yo soy mucho de champú, mascarillas y si me apuras un poco de espuma. Y andando. Así que echarme en la cabeza una cosa llamada abrótano macho, pues... como que no me seduce, la verdad.

Claro que por otro lado, ¿y si consigo una melenaza espectacular?

Soy un puro dilema.

26 abril 2010

15 minutos...

Viaje de ida, tres horas y pico oficialmente, pero por temas de limitaciones de velocidad, obras y saturación (gracias, RENFE), se convierten en tres horas y media laaaaargas. Me las paso entre dormitando y viendo algún episodio pendiente de las series que sigo. Llego y me traslado a la sede central de mi empresa. Ya es la hora de comer, el estómago me ruge, así que agradezco infinitamente que nos vayamos al restaurante más cercano. Comemos todos juntos intentando no hablar de trabajo (pero es complicado, porque pocas cosas tenemos en común). Después de comer, nos vamos todos a la reunión por la cual he venido. Entre pitos y flautas empieza tarde, y lo que yo pensaba que iba a ser una extensa exposición, resulta que son escasos 15 minutos de presentación. No apunto casi nada porque no hay nada nuevo. Alucino cuando se da por terminada la reunión. Mis compañeros vuelven a su trabajo, a sus reuniones, a sus cosas... y yo opto por ir ya a la estación de tren. Mejor esperar allí dos horas, al menos hay tiendas de chuches. Así que cojo un taxi de vuelta a la estación. Hago tiempo paseando, tomando una Coca-Cola, sentándome en el suelo al lado de un enchufe público mientras se cargan mis chismes, curioseando los escaparates de las tiendas. Me compro un libro que a saber cuándo podré empezar a leer (tengo una cada vez más extensa lista de libros pendientes). También me compro un spray corporal de cereza japonesa, o algo así: el caso es que huele bien. Miro el panel de información, aún no pone la vía. Aprovecho para ir al baño y comprar agua. Y también algo de merienda. Megafonía avisa, y yo voy tranquilamente a montarme en el tren. Me instalo en mi asiento, que para variar no me gusta. Otro largo camino de vuelta, haciendo lo mismo que en la ida (pero sin dormirme, que soy capaz de pasarme de estación). Llego a casa más tarde de las once de la noche, harta de día y muy cansada. Para 15 minutos de reunión...

23 abril 2010

GAFAS

- A ver, dime... ¿Qué libro vas a querer para Sant Jordi?

Pues sí. Se lo pregunté a sangre fría y sin anestesia. ¿Que me cargo el factor sorpresa? Sí, es cierto. Pero si algo me cuesta regalarle a mi chico es un libro. Para otra cosas (como ropa, calzado, chismes electrónicos y cosas así) lo tengo clarísimo, pero los libros me cuestan un mundo. Él no suele leer libros, es más de prensa. Sé que le gusta Terry Pratchett, pero ya tiene la colección completa. Y los otros títulos que se le han ido escapando ya se los he regalado.

Así que ayer estaba perdidísima y preferí preguntarle antes de meter la pata.

Entonces me dijo que me daría una pista. Se puso muy serio, y con un gran halo de misterio, me tocó las gafas, y aclaró solemnemente:

- Gafas.

- ¿Gafas?

- Sí, gafas.

- ¿Y eso es una pista?

- ¡Claro!

- ¿Quieres unas gafas para leer? Pero si ya tienes unas...

- Que no son UNAS gafas.

- ¿Quieres un libro sobre gafas?

- No, sobre gafas no. Tú ve a una librería a mirar por las novedades, y no te preocupes que sabrás a cual me refiero. Cuando lo veas, dirás: ¡ah, claro! ¡Gafas!

- Ya.

Y me puse a pensar si había algún título que tuviera algo que ver con gafas. O alguna portada de libro con alguien con gafas o unas gafas solas. Por si me fallaba la memoria, en la oficina me metí furtivamente en La Casa del Libro y la FNAC a ver si se me había escapado algo, pero nada. Ningún título me encajaba con la pista.

Total, que cuando salí del trabajo me pasé por El Corte Inglés (la librería más grande que tengo al alcance), y miré los libros que hay en mesas que suelen ser los que más compra la gente. Que si novedades, los más vendidos, guías de viaje, libros de cocina, libros infantiles... Media vuelta, ¡ar!

Volví a ver las novedades, y seguía sin ver ningún libro que encajara con la pista. También revisé un ranking, por si el libro de marras en realidad era el último best-seller y se había agotado y por eso no lo veía... Pero no. Había cantidades industriales de Dime Quién Soy y El Asedio, que eran los primeros de la lista... Porque dudaba mucho que fuera Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos, que estaba en novena posición (cosa que no me explico) y tenía algo que ver (pero MUY remotamente) con gafas...

Saqué el móvil y llamé a mi chico: soy muy buena amenazando.

- O me das otra pista o te compro uno de Harry Potter, ¡tú verás!

- Bueno, vamos a ver... ¿A ti lo de las gafas qué te dice?

- Pues que el libro tendrá algo que ver con unas gafas.

- ¿Y no has pensado que a lo mejor el autor lleva gafas?

- Hombre, pues claro que se me ha ocurrido, pero ya lo que me faltaba. Saber qué escritor lleva gafas. ¡Seguramente todos!

- Tú piensa un poquito...

- Cariño...

- ¿Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii?

- ¿No será, y digo, NO SERÁ el libro de Buenafuente, que no hace ni un mes lo rescaté de una estantería, te pregunté si querías que te lo regalara porque a lo mejor te gustaba, y tú torciste el morro y dijiste que no te iba a gustar? ¿Eh? ¿NO SERÁ ESE?

- Bueno... Sí. Es que he cambiado de opinión...

- Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh... Por supuesto. Qué tonta estoy. Tú dices: "gafas", y yo tengo que entender que has cambiado de opinión y que ahora quieres que te regale un libro que ya te iba a regalar antes pero que tú dijiste bien claro que no te gustaba.

Tócate los huitis con la punta de la nariz. Pero bueno, oye, que yo feliz por comprarle un libro que le guste, que conste. Aunque me haya costado más que a Sherlock Holmes...

¡¡FELIZ DÍA DE SANT JORDI!!

20 abril 2010

Lo sigo intentando...

Estaba firmemente decidida a impresionar a propios y extraños con mi brand new faceta de repostera más dicharachera de... no, éso era otra cosa.

Así que, para empezar, me agencié la batidora más cara que había en las estanterías: con accesorios múltiples y variados (a la par que inútiles, estoy segura). Pero el caso es que me llevé a casa la batidora último modelo a la que le faltaba sólo dar los buenos días.

También rastreé toda Internet en busca de recetas fáciles de tiramisú. Descarté algunas porque lo de fácil era una falacia como un piano de grande, y me quedé con tres que coincidían en ingredientes y modo de preparación. El último filtro lo pasó una videoreceta, donde yo podía ver exactamente cómo se hacían las cosas, porque una imagen vale más de mil palabras.

Conseguí los ingredientes justos que la señora (o más bien, los brazos de la señora, porque era lo único que se veía) utilizaba. Misma marca y modelo. Excepto los huevos, claro, aquello era hilar muy fino. Pero incluso estuve en dos ciudades (¡dos!) en busca de unos bizcochos de soletilla un Sábado por la tarde a última hora.

En definitiva: no iba a dejar NADA a la improvisación.

Así que procedí exactamente como la señora los brazos del vídeo. Batí las claras al punto de nieve (BENDITA batidora nueva) hasta dejarlas igual que se veía, haciendo la prueba de volcar el bol. Luego mezclé los ingredientes como se especificaba, el color de mi mezcla era igual que la suya. Emborraché los bizcochos tal y como se explicaba en el vídeo.

O sea, NADA podía salir mal.

¡Pues una mmmmda! (¿Quién ha dicho una palabrota? Porque yo no he sido...)

En cuanto procedí a servirlo, se desató el D·R·A·M·A.

Porque donde debía haber un visualmente atractivo tiramisú, me salió una mezcolanza extraña sólo sostenida por la bandeja contenedora. Las capas de mascarpone, en lugar de estar firmes (o medianamente sólidas, vaya), tenían la consistencia de la bechamel, semilíquidas. Así que al servirlo, aquello se desparramba sin remedio: había que comerlo con cuchara.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?

Al menos, la sopa de tiramisú estaba medianamente buena (dicen, vamos... por consolarme seguramente).

Pero mi autoestima como mujer apañá capaz de hacer un postre casero delicioso está bajo mínimos. Seguiré comprando estas cosas ya prehechas en el supermercado de la esquina. Claro que no debería ni haberlo intentado: no soy capaz de cambiar mi destino.

De verdad que no entiendo por qué todo en la cocina me sale mal...

15 abril 2010

Hair Therapy

Acabo de volver de la peluquería. Siempre que voy, me digo lo mismo: debería darme este gustazo todas las semanas. Pero luego no lo hago, voy de higos a brevas cuando hay que cubrir unas ya cantosas canas o cuando hay que sanear unas puntas.

Y no sé por qué extraño motivo no voy más a menudo, porque la verdad es que disfruto muchísimo. Voy a una peluquería alegre y moderna, pintada de colores y que huele fenomenal (en según qué peluquerías me da un poco de asco el olor). La chica que me atiende es divertida y simpática. Pero sobre todo y ante todo, me cuida mucho. Me lava la cabeza con mucho mimo, me da masajes, me aplica la mascarilla de forma magistral... Me deja extasiada porque ME ENCANTA que me soben el pelo, y ella lo hace fenomenal.

Consigue relajarme, que disfrute, que no me pesen las dos horas que estoy allí ni me remuerda la conciencia pensando en las cosas que tengo que hacer. Sólo me concentro en el olor del champú que usa -huele a fresas con nata, ¡es una pasada!- y en sus dedos masajeándome. Hablamos de un montón de cosas, y ninguna de ellas es el trabajo (cosa que le agradezco infinitamente). Nos reímos, nos contamos anécdotas mientras ella alisa mi pelo y me da su magic touch.

Creo que cuando salgo de allí, el motivo de que me brille el pelo no es obra exclusivamente de los productos, sino de que me hace sentir relajada y contenta. Todavía tengo un rato en el que disfruto de cosas como que el aire me ponga un mechón en la nariz para poder aspirar el olor del champú. Siento el roce de la melena en la espalda, y me me maravilla comprobar cómo de largo lo tengo en realidad (porque los rizos me engañan y creo que lo tengo más corto). En ese momento sólo pienso en esas cosas. En nada más.

Luego en casa me toco el pelo liso, meto los dedos entre los mechones y los dejo escapar, compruebo hasta dónde me llega la capa delantera, me miro las puntas, hago posturitas frente al espejo y tiro el brazo hacia atrás para tocarme el pelo que me cae por la espalda. Me río recordando alguna de sus historietas, y vuelvo a pensar en que debería volver dentro de dos semanas como mucho.

Y sé que al final no lo haré, que lo dejaré hasta que sea imprescindible. Pero en serio debería planteármelo, porque no es ir a la peluquería, es una terapia. Estas han sido las dos horas más relajantes que he tenido en mucho tiempo...

13 abril 2010

Oportunidades...

En el trabajo ha vuelto a surgir otra oportunidad parecida a la del año pasado. Sólo que esta vez yo no pertenezco al público objetivo por mi actual posición laboral (al menos eso parece). Claro que ahora ni me lo planteo, en plena preparación de mi cambio de estado civil...

Pero una compañera, pero sobre todo amiga, ha decidido liarse la manta a la cabeza y coger esa oportunidad de promoción. Y he de confesar que me ha pillado un poco por sorpresa porque no me lo esperaba.

Vaya por delante que si ella está contenta, yo lo estoy por ella. Pero me ha chocado que lo tenga tan claro porque se me hace complicado ver cómo va a ligar su situación personal con las exigencias del nuevo puesto. Claro que yo lo miro desde fuera, y lógicamente ella -que lo ve desde dentro- sabe más que nadie si puede compatibilizar tanto vida familiar como laboral. Pero su frase ha sido en todo momento: pero si no lo hago ahora, ¿cuándo lo voy a hacer?

Y con esas palabras, se me ha puesto en marcha mi cabecita...

¿Estaré desperdiciando oportunidades? ¿Estoy acomodada? ¿O más bien estancada? ¿Llegará un día en el que me recrimine a mí misma no haberme liado la manta a la cabeza cuando tuve la ocasión? ¿Debo buscar algo más, aunque ahora esté satisfecha con mi vida tal y como está? ¿Qué pasa si más adelante me doy cuenta de que no podré hacerlo? ¿No soy valiente? ¿Debería replantearme mi escala de valores? ¿Es posible que mi momento esté pasando y no me esté dando cuenta? ¿Se llega a un punto en el que ya es tarde, o siempre tienes tiempo de cambiar de rumbo? ¿Me estaría haciendo tantas preguntas si realmente fuera feliz con mi vida? ¿No será que tengo miedo a los cambios? ¿O será que he cambiado tanto que ahora aprecio la estabilidad?

Me doy cuenta que me perturba el mero hecho de pensar que estoy perdiendo oportunidades, y que puede ser que más adelante no las tenga o de verdad no pueda aprovecharlas...

12 abril 2010

Slow Dating

Te levantas una mañana, un Lunes concretamente, con un dolor tremendo de muelas.

Primero, incluso antes de quitarte las legañas, blasfemas hasta no poder más.

Luego, la parte analítica de tu cerebro se pone en marcha y tiene una idea genial: ¡pidamos cita en el médico!

Y como soy así de moderna y pago Internet todos los meses, bien temprano por la mañana me conecto y entro en la página web desde donde suelo pedir cita en el médico. Porque:

a) El número 902 es incómodo y no me gusta.
b) Internet es cómodo y me gusta.
c) Ir personalmente allí es una pérdida de tiempo y está anticuado.

Así que meto mis datos y observo, feliz (todo lo feliz que se puede ser un Lunes y encima con dolor de muelas, se entiende), que puedo pedir cita para el mismo día.

Voy a pedir cita, pero me encuentro que para ese día, no se puede. Jo. Que digo yo que podrían haberlo quitado y así nadie se hace ilusiones.

Menos mal que se hacen cargo del problema, y me dicen que puedo seleccionar un día distinto...

Bueno, supongo que seguiré viva al día siguiente y por desgracia la muela me seguirá doliendo, así que intento pedir cita para el día siguiente. Pero TAMPOCO se puede pedir cita.

Hago el mismo ejercicio para el día 14. No hay citas disponibles.

Lo mismo para el día 15. No hay citas disponibles.

Lo intento para el día 16. No hay citas disponibles.

Pruebo para el Lunes siguiente (fatal estaré si me dura el dolor de muelas una semana). No hay citas disponibles.

Ya por curiosidad, pruebo para el día 20. No hay citas disponibles.

Venga, a ver cómo de saturado está el sitema sanitario. ¿El día 21? No hay citas disponibles.

Mis ovarios ahí. Puebo el 22. No hay citas disponibles.

Terca que es una, ahora el 23. No hay citas disponibles.

Que sí, que seguí intentándolo: Lunes, 26 de Abril. No hay citas disponibles.

Cuando el tonto coge la vereda, se acaba la vereda. El 27. No hay citas disponibles.

El 28 es una bonita fecha, pero, quién me lo iba a decir... No hay citas disponibles.

Y por fin, llegamos al final de la lista de fechas. ¿Me darían cita tres semanas vista?

Pues ya se me ha acabado los días disponibles.

Y la paciencia.

Porque, ¡qué gracioso! Si llamas al teléfono de contacto del centro de salud, tal y como amablemente me sugieren, me remiten al famoso 902, y allí me dicen lo mismo que en la web: que no tienen citas disponibles. ¿Que qué hago? Ahhhhhhhhhhhhhhh... Ese no es su problema. Es el mío.

Claro que yo juraría que mi problema es un dolor de muelas. Pero no. Ingenua de mí. Mi problema es que me den cita. Que me duela una muela es secundario y prácticamente anecdótico.

Así que al final y en resumen, no puedo pedir cita médica. Quiero creer que se trata de un fallo del sistema informático, porque me cuesta creer que no haya NI UN HUECO para ir al médico en catorce días laborables (casi tres semanas naturales). Así que, si quiero cita con un médico para ver si me ayudan a paliar el dolor de muelas, sólo me queda la antigua usanza: ir al Centro de Salud. Naaaaaaada de servicios telemáticos, por favor.

Eso me pasa por ponerlo como opción c y discriminarla.

Sí, señor. Así se empieza bien una semana...

11 abril 2010

Dejando de (auto)engañarme...

Hace unos cuantos días decidí que debía dejar de autoengañarme a mí misma, y me borré del gimnasio.

No sé por qué mecanismo mental, me sentía más tranquila pagando todos los meses una mensualidad que al final, between whistles and flutes, no llegaba a usar. Creía, inocente de mí, que la mala conciencia me haría ir al gimnasio, ya que lo estaba pagando -y con creces-. Pero no. Mi perrería ha sido superior a mi mala conciencia mes tras mes, hasta que me ha dado vergüenza de verdad y fui a borrarme.

Por supuesto, de como entré por la puerta me asaltaron unas ganas tremendas de subirme a una cinta de correr, o a una bicicleta, o a cualquier otro aparato de tortura, o entrar a alguna clase de lo que fuera, o hacerme unos largos en la piscina. Debían ser las hormonas que flotaban en el ambiente, que las inhalé según abrí la puerta del vestíbulo. Seguro que si hubiera llevado en el coche la bolsa, me habría metido en el vestuario. Qué milagroso. Claro que luego me regañé a mí misma porque eso no tenía nada de meritorio: el VERDADERO problema es que cuando salgo del trabajo, lo último que me apetece es trasponer hasta allí. Es decir: es ir al gimnasio lo que me puede, no el ejercicio en sí...

Así que ignoré mis repentinas ganas de hacer ejercicio, y rubriqué mi decisión de borrarme del gimnasio. No me hicieron ninguna oferta para que me quedara. Les daba igual (seguramente habrá muchas como yo, que pagan y no van, manteniendo las instalaciones sin hacer gasto ninguno, menudo chollo). Todo el proceso fue rápido e indoloro. Mi economía dejaba desde ese momento de verse inútilmente mermada todos los meses.

Y cuando llegué a casa... Me volvieron las ganas de hacer ejercicio. Y en este caso, no era cosa de las hormonas, que las únicas que había en casa eran mías. ¿Será posible? Meses de pagar el gimnasio para nada -seamos sinceros-, y justo cuando me borro, empiezo a pensar en gratificantes sesiones de ejercicio...

Claro que probé volver a autoengañarme (vamos, lo que llevaba haciendo meses pagando el gimnasio) e intenté transformar esas ganas de hacer ejercicio en una sesión de limpieza en casa -al fin y al cabo TAMBIÉN es ejercicio-, pero no coló, oyes.

¿Qué curioso, no?

09 abril 2010

Esto va como la seda...

I'm a short-haired-girl.

Siempre.

Más que nada porque yo soy un desastre para el pelo, apenas le presto atención en el sentido de alisármelo o hacerme algún peinado medianamente sofisticado. Yo me lo lavo, lo seco con la toalla, lo desenredo, aplico un poco de espuma para los rizos y lo dejo secar al aire. Y andando.

Pero ahora me estoy dejando el pelo largo y es un desastre, porque aunque en teoría tendría más posibilidades, lo cierto es que me limito a dejármelo suelto o con una coleta. Cero sofisticación.

Así que dado que todas las peluqueras de 300 kilómetros a la redonda se niegan a cortarme el pelo a no ser que sea un caso urgente y extremo, tengo que sustituir la tijera por algún producto que me cuide las puntas para no añadir mal aspecto a mi poca sofisticación capilar.

Así que cuando ví una promoción de Herbal Essences me apunté de cabeza porque me venía al pelo (y podría seguir abusando de expresiones como éstas, pero vale, lo dejo ya).

Me mandaron a casa un pack de champú y mascarilla denominado Puntas Sedosas que huele de maravilla y que he estado utilizando estos últimos días. Y he de decir que es un gustazo, porque tiene una textura estupenda y huele fantásticamente bien -eso ya lo he dicho, pero es que me ha conquistado-.

En cuanto al resultado en sí, porque no sólo de olor vive un champú, he de decir que noto todo el pelo más suave, no sólo las puntas. La verdad es que no las tenía muy estropeadas (porque, como he dicho antes, no castigo mucho a mi pelo), así que no he notado una diferencia muy grande en las puntas como para que sea digno de mención. Además, a la hora de desenredarme los rizos -situación que empeora a cada centímetro que me crece el pelo-, con este champú me cuesta menos trabajo, no son necesarios tantos tirones. El único pero que le encuentro (algo debía de tener) es que he notado mis rizos menos definidos: supongo que tengo acostumbrada a mi cabellera a productos específicos para pelo rizado, así que con este champú mi melena se ha relajado, se han estirado como yo por las mañanas y luego le ha dado pereza enroscarse de nuevo...

Pero en sí me ha parecido un muy buen champú, la mascarilla hidrata y suaviza mucho, y sobre todo, ese olor tan maravilloso a frambuesas...

Tras esta experiencia, la próxima vez que vaya a comprarme un champú posiblemente dudaré entre este que me está dando buen resultado o el específico para pelo rizado... Así que dejaré que decida mi nariz.


______________

Por cierto, no quería acabar este post sin agradecer la carta personalizada que acompañaba al envío. Es MUY agradable saber que no te mandan un escrito estándar, sino que la persona que te ha escogido para probar su producto ha vistado tu blog y te ha leído... De verdad, ¡muchas gracias por el detalle!

06 abril 2010

La Sanción

- ...y me ha dicho el hombre este que conozco que trabaja en Hacienda, que lo de lo nuestro va despacio, pero que no está de más que busquemos el justificante de quien nos hizo la declaración para evitar la sanción...

Creo recordar que yo estaba en la puerta de la cocina. Y lo que pasó a continuación sólo puedo describirlo de una forma: como en un episodio de Érase una vez... El Cuerpo Humano.

Mis hormonas andaban correteando por todo mi cuerpo, revolucionadas porque tenía la regla. Entonces, de repente, al escuchar aquello, todas dejaron lo que estaban haciendo y como una sola ola, miraron a mi chico. Igual que cuando un cantante sale al escenario para dar un concierto y cientos de pares de ojos se vuelven hacia él, cientos de pares de hormonas se giraron hacia mi chico (sólo que en este caso, sólo había un par de ojos, los míos, y las hormonas no son muñequitos en miniatura, claro, todo esto es en sentido figurado).

Y con la fuerza de un montón de revolucionadas hormonas, empecé a hablar, atragantándome de la indignación...

- ¿Perdona? ¿Cómo dices? ¿Sanción? ¿Sanción de qué? ¿Me van a sancionar por qué? ¡Si son ELLOS los que no ha metido todo lo que tenían que meter! ¡Que se han equivocado ellos! ¿Y hablan de sanción? ¡Venga ya! ¿Y no hablan de compensación económica, que perdí un día en ir allí y entregarles todos los papeles OTRA VEZ, que por cierto, todos los años lo mismo? ¿Eh? ¡16 euros de fotocopias que me dejé! ¡Se lo entregué todo! ¿Eh? Que les dado escrituras, papeles, gastos, expedientes... ¡Todo fotocopiado! ¡Hasta la etiqueta de las bragas! ¿Y se permiten el lujo de pensar en una sanción? Y será verdad... ¡Encima! ¿Y tú qué has dicho? Porque habrás dicho algo, ¿no? Como que no voy a buscar el resguardo porque yo no tengo que asumir ninguna sanción, ¿eh? ¡Ése es el espíritu! Nada de buscar cosas para defenderme de una posible sanción porque NO VA A HABER TAL, ¿m'entiendes? ¿Eh? ¡A saber ahora donde tengo el resguardo! ¿Pero han mirado los papeles, eh? ¿Todos los papeles? ¿Los 16 euros de fotocopias? ¿Eh? ¿Lo han hecho? Sanción, dicen... ¡Y una mmmmmda!

Y ahí estaba yo, atragantada de indignación.

Y allí estaba él, atragantado de risa.

Lo que yo te diga: equilibro del Universo, puro y duro.

05 abril 2010

No todo el monte lo es...

Yo utilizo mucho (muchísimo) frases hechas y juegos de palabras. Me encantan. Así que es posible que a alguien que no lo sepa le cueste seguirme en una conversación informal, porque me salen de la boca con una facilidad tremenda...

Por ejemplo, ni recuerdo la última vez que dije bien el dicho aquel de no todo el monte es orégano, porque...

Y una vez aclarado esto...


- Oye, ¿pedimos una pizza? Que no tengo ganas de hacer cena.

- ¡Vale!

- Ea, pues llama tú.

- No, llama tú, ¡que siempre llamo yo!

- Claro, porque siempre llamo yo al chino.

- Eso es algo meramente circunstancial.

- Además, yo no tengo el teléfono, lo tienes tú en el móvil.

- Menudo problema, ¡te dejo el móvil y llamas tú!

- ¡Cómo eres!

- Joooooooo, vengaaaaaaaaaa, que me quiero duchaaaaaaar...

Al final, como es lógico y normal, gané yo el asalto. Le dí mi móvil y me fui al dormitorio a prepararme una ducha, mientras él llamaba a la pizzería.

- ¿Sí? ¿Hola? Mire, queríamos encargar una pizza...

...mientras yo me quitaba los zapatos y los lanzaba a un rincón del dormitorio, me acordé de una cosa importantísima.

- ...una normal, de bacon y roquefort...

Y claro, la grité desde el dormitorio.

- ¡¡Y que no le pongan orgasmo!!

- ...sí, ¿oiga? Y sin orgasmo, por favor.

Está bien que me haga caso, pero hasta cierto punto.

In the world of emoticons, I was colon capital D!

03 abril 2010

Comunicación...

Localización Geográfica: Paseando tranquilamente por el centro de cualquier ciudad.

Situación: Voy caminando al lado de mi chico y veo a mi derecha un atrayente escaparate lleno a rebosar de zapatos de la nueva temporada. Por supuesto, todos monísimos. Mi chico, completamente ajeno a semejante fuerza gravitacional (la que me atrae hasta el escaparate), sigue andando en línea recta mientras yo me escoro perezosamente hacia la derecha. Para que no se encuentre de repente hablando solo, tengo que avisarle del cambio de rumbo, claro.

Frase Pronunciada: Bueno, esto tiene dos versiones...

HACE UN AÑO O MÁS

- Cariño, ¿te importa que nos acerquemos a ese escaparate?

EN LA ACTUALIDAD

- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eeeeeeeeeeehhhhhhhhhh!

Este es un ejemplo real de la típica expresión la confianza da asco. O eso, o que hemos mejorado la comunicación: en menos palabras (o sin palabras), nos entendemos a la perfección.

Prefiero la segunda interpretación.

02 abril 2010

¿Y yo, qué leo? (XXXVIII)

Decidí leerme CLAIRE SE QUEDA SOLA, de Marian Keyes, tras leer el último libro de la autora. Tengo toda su obra, pero he ido leyendo sus últimas novelas, dejando un poco de lado las primeras.

Por eso, he decidido que mientras ella escribe otro libro, yo me voy a poner al día con todos los demás y además en orden, así que el primero ha caído ya.

Empezamos a conocer a una de las hermanas Walsh:
Las desgracias se acumulan en la vida de Claire, todo hay que decirlo. Justo el día que da a luz a su primer hijo, la abandona su marido, que ni siquiera tiene la delicadeza de irse con una mujer más delgada que ella. Con una niña recién nacida, unos kilos de más y el cuerpo ensanchado y deforme después del embarazo, Claire se ve obligada a iniciar una nueva vida, demasiado consciente de que no es ni mucho menos una sílfide. Sin embargo, en su extravagante familia irlandesa encontrará un buen paño de lágrimas, y entre la risa y el llanto emprenderá una meteórica recuperación, siendo ella la más sorprendida. Las peripecias de una mujer despechada.
Bueno, la verdad es que la historia prometía: empezamos con un megadramón. Después de un parto, ya de por sí traumático, el marido de Claire la deja por otra. Cosa que destrozaría a cualquiera, claro. Así que Claire coje a su niña y se va a Dublín (ella hace su vida en Londres), a casa de sus padres -donde además de ellos, viven dos hermanas suyas-, a recuperarse y a aprender a cuidar de su hija.

Claire empieza a contar cómo se siente. Que si abandonada, despechada, humillada, celosa, irritable... Supongo que todo el mundo ha pasado por eso alguna vez. Pero para los que no (si se da el caso de alguien), aquí hay una descripción sumamente detallada de estos sentimientos. Tan detallada que en la página 115 no había pasado nada todavía: Claire estaba encerrada en casa, sintiéndose fatal, y dándole a la bebida. Unas páginas más igual. Luego, oh, milagro, sale a una tienda, pero vuelve pronto porque ha dejado sola a su bebé. Más páginas de lo mismo: sintiéndose un trapo. Luego aparece Adam, que es un chico amigo de su hermana Helen, que -cómo no- es muy guapo y le hace tilín a Claire. Luego, unas páginas más exclusivamente sobre lo que siente por Adam. A continuación aparece James, el marido de Claire, para hacer las paces. Más páginas sobre sus sentimientos sobre James, además de sus sentimientos residuales sobre Adam. Y así hasta al final del libro, que seguro que ya a estas alturas, todo el mundo deduce con quién se queda. And happily ever after!

O sea, que en 551 páginas apenas han ocurrido cuatro cosas. Eso de las peripecias de una mujer despechada no es exacto. O bueno, sí: peripecias en plural porque son dos.

Y claro, me he aburrido mortalmente. No me gustan nada las descripciones laaaaaaaaaargas y detalladas sobre sentimientos, aun a pesar de que tengan su pizca de humor como en este caso. A ver, están bien para cuando hacen falta, pero si constituyen la espina dorsal de una novela, para mí ya es un muermo. Me pasó lo mismo con otro libro, que se perdía tantísimo en autoexploración de sentimientos y análisis de pensamientos que me acabó por cargar.

Otra cosa que me esperaba es más humor, puesto que mucha gente me había dicho que era desternillante (sobre todo la madre de Claire), pero yo no le pondría ese calificativo. Tiene algunos puntos, bastantes, pero tampoco lo calificaría yo de libro divertido.

Y encima, para acabarlo de arreglar, los últimos capítulos me han confirmado lo que yo sospechaba desde el principio: Claire es un poco tonta, la verdad. Que acabe bien la historia sólo ha sido una iluminación de última hora para que al menos no tiremos el libro a la basura.

En definitiva: si alguien busca un poco de acción (de que pasen cosas, me refiero), éste NO es el libro adecuado. Pero si lo que se busca es una detallada descripción de los sentimientos de una mujer abandonada, aquí hay material para rato. A mí me ha resultado bastante aburrido, y no lo recomiendo.

01 abril 2010

Procrastinación...

Es cierto que tengo un poco aparcado el tema de la boda... El motivo principial es que pensar en eso me pone muy nerviosa e incómoda, hasta tal punto que incluso una noche me puse mala de verdad (incluso escribiendo esto ya se me ha instalado un pellizco en el estómago). Claro que no lo puedo dejar eternamente, y en algún momento tengo que empezar a plantearme las cosas en serio y a tomar decisiones, pero por ahora no encuentro el momento. Y lo aparco, lo atraso, lo reprogramo... Procrastinación. Pura y dura.

Sé que esto debe afrontarse con ilusión, y la tengo, por supuesto... pero los nervios y la preocupación lo nublan todo. Me asaltan muchas dudas, que se pueden resumir perfectamente en un ¿cómo saldrá todo? Para contrarrestar ese pensamiento que de forma inevitable se instala en mi cabecita, a veces me pongo a mirar por Internet fotos de bodas, y ver a parejas felices, emocionadas y relajadas me tranquiliza un tanto. Pero no lo suficiente. La presión de el día más importante de tu vida me puede.

Supongo que si yo fuera una chica que ha soñado con ese día a menudo, lo llevaría de otra manera. Pero no. No me sitúo, me da la extraña sensación de verlo desde fuera, como si yo fuera una mera expectadora y no parte del elenco protagonista. ¿No es extraño? Además, me da reparo decir en voz alta cómo me siento porque... porque sueno mal, sueno desagradecida, sueno descontenta, pero nada más lejos de la realidad.

Espero ir deshaciéndome de todo esto a medida que se van cerrando y concretando cosas. Más me vale...