31 mayo 2010

Y más líos con el Estado...

¿Que si hubo sanción?

Ya lo creo que la hubo.

¿Que si la he pagado?

Por supuesto que no.

Porque, como es bien sabido, a cabezona no me gana nadie... Y teniendo en cuenta que de verdad, de corazón, creo que tengo razón, pues me metí de cabeza en el lío.

Y cuando estaba dentro del lío, me tuve que salir porque me di cuenta de que ni siquiera entendía la respuesta de Hacienda, que estaba plagada de términos legales, leyes, mandatos, decretos, párrafos, artículos, secciones, y demás referencias que no sé si dirían algo concreto, pero acojonaban.

Qué coraje me da cuando no me entero de lo que me están hablando, y sobre todo, se regocijan de ello...

Lo que sí estaba bien claro, en un lenguaje llano y sencillo, es que me pedían una pastaza más los intereses de demora, y que si no pagaba en un plazo de un mes, me aplicarían otra sanción mayor. Eso sí se aseguran de que la gente lo entienda...
Así que me fui a un asesor, aunque yo lo necesitaba más bien como traductor: yo le expliqué lo que pasaba, y él lo único que tenía era que pasarlo al lenguaje rimbombante que se usan en este tipo de comunicaciones (con un poco de suerte, ellos no entenderían lo mío como yo no entiendo lo suyo y me dejarían en paz). Le dí también millones de fotocopias -las mismas que ya entregué pero que, por lo que parece, ni miraron-, y el asesor mandó en mi nombre dos folios ininteligibles sobre legislatura y reales decretos que me amparaban en virtud de la normativa vigente para que declaran nulo de pleno derecho el...

Ay, no sé. Pero sonaba a defensa firme, y chunga. Sobre todo chunga.

Así que cual partido de tenis, ya he mandado un derechazo sobre-liftado (entiendo tanto de tenis como de temas administrativos, pero parece que aquí, cuanto más complejamente te expreses, más profesional pareces); ahora estoy a la espera de que me devuelvan el golpe...

28 mayo 2010

A bride in a WAR! -> Los Papeles (I)

Uno de los pasos (de los primeros, vamos) en la organización de una boda es informar a la Humanidad que pretendes casarte.

Bueno, a lo mejor a la Humanidad no, pero sí al Estado.

Vaaaaaaaaaaaaaale, no sé. Puede que SÓLO al Registro Civil de tu zona, y ya ellos no sé que harán...

Lo primero que hicimos fue llamar al Ayuntamiento para informarnos del horario de atención al público del Registro Civil, porque de todos es sabido que hay algunos horarios... digamos... peculiares.

En el Ayuntamiento nos informaron diligentemente:

- Abren de 09:00 a 14:00.

A las 09:00 del día siguiente allí estábamos, pero, ¡oh-sorpresa! El cartel de la puerta ponía otra cosa: de 10:30 a 13:00. Por lo que no pudimos hacer nada y nos fuimos.

A las 10:30 llamamos para que nos informaran -confirmaran, más bien- la documentación a presentar. Pero debe ser que es información altamente confidencial, TOP SECRET, clasificada... Al menos eso dedujimos del ladrido que obtuvimos cuando preguntamos:

- ¡Por teléfono no doy ninguna información!

Así que tuvimos que volver al Registro Civil.

Cuando digo volver me refiero a pedir permiso a nuestros respectivos jefes, en caso de mi chico cerrar al público una tienda (con el perjuicio que ello supone), coger el coche, estar a punto de estrellarnos contra un camión que adelantaba al estilo kamikaze, aguantar 40 minutos de carretera, buscar un aparcamiento, y llegar al Registro Civil con la lengua fuera a las 12:30.

Total, que la mujer ya sí se dignó a informarnos de la documentación a entregar, que ya llevábamos preparada. Nos faltaban dos testigos y rellenar unos papeles para hacer el trámite, que era rápido, unos cinco minutos.

A las 12:35 mi chico llamó a nuestros amigos para que bajaran un momento al Registro Civil (menos mal que estaban cerca) mientras yo rellenaba los papeles.

Y entonces, la mujer empezó a ladrar otra vez...

- Pues esto hay que hacerlo antes de menos cinco, porque yo me tengo que ir...

Y a repetir lo mismo una y otra vez...

- ...mira que venir tan justos de tiempo, porque yo me tengo que ir a menos cinco en punto...

Y a subir los decibelios cada vez un poco más...

- ...que os lo estoy avisando, ¿eh? Luego no digáis que no, porque es que me tengo que ir a menos cinco...

Y blablabla otra vez.

Y cada vez chillando más.

Y más.
Hasta que no pude soportarlo más y estallé.

Cuando estallo, normalmente me sale un torrente de palabras en tono desagradable, digo todo lo que pienso sin importarme un pimiento las consecuencias y luego no me acuerdo de lo que he dicho.

Justo eso fue lo que pasó.

Pero vamos, supongo que vine a decir que no hacía falta que nos repitiera siete millones de veces lo de que se tenía que ir porque la primera vez lo habíamos entendido porque no somos tontos, que si nos hubiera informado por teléfono como es su obligación habríamos ido antes, que como había podido ver estábamos en espera de que bajaran nuestros amigos, y que hiciera el favor de rebajar el tono.

Básicamente.

Así que si la mujer estaba subidita, con mi contestación más todavía.

Nuestros amigos llegaron a menos diez, pero en su reloj eran menos cinco y no nos atendió.

- Mira que os lo he dicho, pero como te has puesto tan soberbia...

¿Soberbia yo? ¡¡Y TÚ CROATA!!

Empezamos bien...

27 mayo 2010

¿Y yo, qué leo? (XL)

Este fin de semana pasado me terminé de leer UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD, de Jane Green, un libro que me compré un día sin pensar y sin echarle un vistazo previo. Sólo vi la portada y automáticamente lo cogí.

Seguramente, si me hubiera parado a leer el resumen en la parte trasera del libro, lo habría dejado en la estantería y habría buscado otro (salir de la FNAC con las manos vacías es impensable, claro). Porque el resumen de la contraportada es de lo más insulso que me he encontrado en bastante tiempo...
Un grupo de amigos sentados alrededor de los restos de una cena. Botellas vacías se apilan junto a los recuerdos y las noticias. Tienen treinta y tantos años, no se han visto desde hace mucho y les gustaría haberse reencontrado por un motivo más feliz que el que los reúne: su amigo Tom ha fallecido y ellos están en torno a él para recordarlo y rendirle así homenaje.

Sus vidas han cambiado desde que se encontraron por última vez. Paul está felizmente casado con Anna, pero no han podido realizar su deseo de tener niños. Saffron ha alcanzado su sueño de ser actriz y mantiene en secreto su relación amorosa con un conocidísimo actor. Por su parte, Olivia, la más tímida de la pandilla, se ha volcado en los animales del refugio que dirige, después de que su novio de toda la vida la abandonara. Por último, Holly está casada con el hombre perfecto, tiene dos hijos perfectos, vive en la casa perfecta... ¿o acaso no es así?
Esa última pregunta no puede ser más retórica. Si así fuera, no tendría un libro entre las manos...

En fin, al lío. Este grupo de personas (Paul, Tom, Holly, Saffron y Olivia) son amigos desde el instituto. Desde entonces, cada uno ha ido por un camino distinto; el único que ha mantenido el contacto con los demás es Tom. En un atentado en Estados Unidos, Tom muere, y se lo traen a Inglaterra para enterrarlo. Ése es el motivo de que los otros cuatro se reencuentren.

Y de repente, ¡voilà! Resulta que cuatro personas que no se ven desde hace casi 20 años, vuelven a ser amiguísimos sólo porque tienen un amigo en común que han fallecido. Cosa que me rechina un poco porque a mí, que también soy tengo treinta y tantos (el tantos es sólo UNO, que conste) como ellos, me cuesta acordarme del nombre de más de tres de mis amigas del instituto... Pero bueno, será que en el libro me describen la amistad verdadera.

En realidad, no sé si describen la amistad verdadera, pero sí me describen cientos y miles de los sentimientos de Holly, Olivia, Saffron y Paul. Ya he dicho alguna vez que las descripiciones de sentimientos unidos a poca acción me aburren soberanamente: pues éste ha sido el caso. La historia apenas ha tenido acción, pero sí una amplia incursión en los sentimientos sobre todo de Holly, quien, como es fácil adivinar a estas alturas, NO tiene una vida perfecta (hablando de la pregunta retórica) y se pregunta si realmente debería seguir con su marido Marcus, que es un pedante por no decir gilipollas, mientras tontea con el hermano de su amigo fallecido.

En fin, entre las soporíferas páginas sobre sentimientos y más sentimientos (¿cómo se pueden tener TANTOS sentimientos?), la poca acción, los diálogos místicos y profundos que no hay quien se los crea, y el escaso interés que me ha producido esta historia en general hace que no recomiende este libro por las razones antes descritas. Vamos, no se lo recomiendo a los que tengan gustos literarios parecidos a los míos, pero habrá quien encuentre interesante tanta inmersión en los sentimientos humanos...

Resumiendo: la trama -o sea: la acción- es escasa, y la que hay es muy previsible, apenas hay dinamismo, no hay humor... pero sí un amplio análisis del estado sentimental de los protagonistas, en particular Holly. Un libro también prescindible (qué racha llevo últimamente), que no merece más.

26 mayo 2010

La Chica Nueva

Tenemos chica nueva en la oficina...


Ah, no, espera, que no era eso...

Pero sí: tenemos una compañera nueva. Ahora mismo está un poco en tierra de nadie, no tiene un puesto determinado, ni unas tareas específicas... Nada. Está aprendiendo, dicen. Y lo que se rumorea es que se está preparando para sustituir a alguien*.

Como no tiene un listado de cosas que hacer, parece ser (vamos, es la sensación que YO tengo) que está un poco a lo que le mandan. De vez en cuando le asignan una tarea que implica un feedback por parte de más gente, y entre esa gente estoy yo.

Para mi GRAN desdicha.

Porque la chica es PESADA como ella sola. Te manda un correo muy amable pidiendo tal y cual cosa, que se lo mande a la mayor brevedad porque le hace falta a su jefa (que es la mía también, y que también necesita de mí algo también urgente que estoy haciendo en ese preciso momento). Que no es por ella, no, es que se lo están pidiendo... Bueeeeeeeeeeno.

A los cinco minutos, salta el Messenger (en mala hora la habré admitido).

- ¿Lo tienes ya?

- No. Si lo tuviera, ya te lo habría mandado.

- Es que lo necesita la jefa...

- Ya me lo has dicho.

A los dos minutos, vuelve a sonar el dichoso sonido del Messenger.

- ¿Me lo has mandado ya?

- No.

A los tres minutos, ¿a que no sabéis qué? Sonidito de Messenger otra vez. Sí, para volverme a pedir lo mismo. Le contesto con más mala leche si cabe que TODAVÍA-NO-LO-TENGO.

A los diez minutos (diez minutos de tranquilidad que me da la muchacha) le mando el correo.

Por cierto, cabe señalar que se lo mando LA PRIMERA. O los demás no me ponen en copia (que puede ser pero lo dudo), o solo me hace un marcaje a mí, o los demás son más listos y han conseguido que los deje en paz.

Antes incluso de que le haya llegado (¡no existen las comunicaciones tan rápidas!), me pica otra vez en el Messenger.

- Oye, una cosa de lo que me has mandado...

- Dime.

Y me pregunta una soberana gilipollez que me hace preguntarme si realmente sabe de lo que está hablando. Le contesto un poco más suave porque al fin y al cabo, es nueva, seguramente todo le suene a chino, no me conoce, y además ya hemos pasado el momento de tensión me estás tocando los cojones, niña.

Pero no tengo esa suerte. A la hora me pide otra cosas con la misma insistencia y pesadez de antes.

A ver, yo entiendo que ella, hasta que no le pongan al cargo de algo, pues está un poco a verlas venir... mientras que yo trabajo en medio del caos, donde no pasan ni cinco minutos sin que alguien me pregunte algo y tenga que dejar lo que estoy haciendo para dar una respuesta. Asumo que nuestro ritmo de trabajo es muy distinto. También me hago cargo de que es nueva y pretende agradar a su jefa: es hasta normal. Soy consciente asímismo de que el tiempo pasa más lento para el recibidor que para el enviador.

Así que, a pesar de todo, me pregunto yo, que soy la comprensión personificada: ¿por qué entonces ella no se da cuenta de que no vivo para darle una respuesta inmediatísima, y que a lo mejor estoy haciendo algo tan urgente como lo que está haciendo ella? ¿Eh?

No puedo soportarla.

Ah, por cierto, no he dicho su nombre: La Cansina Contemporánea. Le va al pelo, la verdad.


______________

* ¿Tal vez a mí? Podría ser, ya nos enteraremos más adelante, ¿no?

25 mayo 2010

La odisea del sujetador...

Hace tiempo que no cuento aquí alguna cosa que me saque de mis casillas (con la de cosas que me ponen de los nervios...) y es porque he estado últimamente bien tranquilita (renovando mi karma o algo así). Pero a pesar de que intento tomarme las cosas con calma, NO PUEDO. Hay situaciones que me ponen de los nervios: es mejor asumirlo de una buena vez.

Una de esas situaciones es tan sencilla y habitual como ir a comprar un sujetador... Pues a mí me cuesta el buen humor y hacer trizas el karma positivo que lleve en ese momento (y lo llevo porque sé lo que me espera).

El caso es que yo empiezo bien, amabilísima y con una sonrisa de oreja a oreja.

- Hola. Mire, venía buscando un sujetador...

- Sí, dígame, ¿qué talla?

Se la digo, con la tranquilidad y la confianza que me da el hecho de tener 31 años, llevar muchos de ellos usando sujetador, y sobre todo: haber pasado ya por esto en infinidad de ocasiones. De hecho, una ocasión por cada nueva compra. Imagínate.

Pues la dependienta de turno (de cualquier turno), que me acaba de ver, decide que no, que esa no es mi talla, y sin decirme ni media palabra me saca otra más pequeña por su cuenta y riesgo -aún no sabe hasta qué punto esto último-. Además no saca ni uno ni dos, sino un montón de sujetadores, que nada más verlos yo sé que no me sirven porque son pequeños.

- Oiga, esta no es la talla que le he pedido...

- Ya, pero pruébese estos que le van a venir bien.

- Es que son pequeños...

- Usted pruébeselos. Verá que le van a venir bien...

También está la variante es que en la mano parecen pequeños. Me pregunto si dirían lo mismo de una araña: es que en la mano parece pequeña, pero en realidad es del tamaño de un Range Rover. Por ejemplo.

En fin, el caso es que como he venido en plan amable, le doy el capricho a la mujer y me pruebo alguno del montón que ha sacado. Y efectivamente, tal y como yo sospechaba, no me están bien: son pequeños.

- ¿Qué tal le quedan?

- Pues mal, porque como ya le dije, no es mi talla.

- ¿Pero se los ha probado todos?

- No me hace falta: por favor, sáqueme de la talla que he pedido...

La dependienta se va, normalmente contrita pero muchas veces (pero MUCHAS) ofendida porque no me están bien los sujetadores que me ha sacado; u ofendida de que yo tenga el pecho más grande de lo que ella ha calculado. Nunca lo he sabido.

Así que me espero en el probador, semidesnuda, a ver si me trae un sujetador de la talla adecuada, y preguntándome por qué me pasa SIEMPRE lo mismo. Cuando voy a una zapatería y pido un número, el dependiente no se empeña en meterme el pie en un zapato pequeño. Se ve que en el mundo de las corseterías, el tema de las tallas es un mundo aparte que no logro comprender...

Al final aparece la dependienta con otro muestrario de sujetadores, pero esta vez ha aprendido la lección y no me trae tantos, sólo dos o tres modelos. Los cojo y los veo pequeños... Así que compruebo la talla que me ha traído.

- Oiga, esta TAMPOCO es la talla que he pedido.

- No, ya, pero es una equivalente...

Hasta ahí llega mi paciencia. Porque NO existen las tallas equivalentes. Una talla es una talla y otra talla es OTRA TALLA distinta. Si fueran equivalentes, sería LA MISMA TALLA, porque no tiene sentido tener dos tallas distintas para la misma medida. Eso por un lado.

Por otro: ¿por qué las dependientas piensan que yo, que me habré comprado ya más de cien sujetadores, no sé qué talla uso? ¿Se creen que por echarme un vistazo al canalillo ya son capaces de determinar qué talla es la mía, compitiendo conmigo, que conozco mi cuerpo? ¿Qué manía tienen de pasar olímpicamente de lo que les digo? ¿Para qué preguntan entonces? En el improbable caso de que no me estuviera bien la talla que he pedido, ¿qué trabajo cuesta buscarme otra a posteriori? ¿Qué más les dará a ellas venderme una talla (la mía) u otra (la que ellas estiman)? ¿Por qué esta aventura siempre la tengo en las corseterías? ¿Esto le pasará a todo el mundo, o sólo a mí?

Brrrrrrrr...

23 mayo 2010

The last LOST!

Nunca olvidaré la primera vez que vi LOST.

Estaba en el sofá con mi chico, con cara de escepticismo. ¡No creo que me vaya a gustar!, le dije mientras él trasteaba con el DVD. Y lo decía en serio.

De hecho, los diez primeros minutos no me gustaron nada. Esa intro tan misteriosa, con ese sonido tan inquietante. El ojo que se abre. ¿Quién es ese tío? ¿Por qué esta en medio de una selva con un perro? No me gustó que no hubiera ni una sola palabra en los primeros minutos, sólo gritos de lejos... Un caos en una playa, el avión estrellado, con un sonido rarísimo... Una pierna destrozada (con lo poco que me gusta la sangre), el tipo del traje siendo el héroe del momento, la turbina tragándose a otro hombre...

En serio, ¿esa es la GRAN serie?

Y seguí mirando esas imágenes que, francamente, me estaban revolviendo el estómago durante un rato más, cada vez más sorprendida de que mi chico me asegurara de que me iba a encantar... Claro que él ya había visto varias temporadas e imaginé que sabría de qué estaba hablando. Aún así tenía la sensación de que estaba perdiendo un tiempo precioso.

Aguanté un buen rato hasta que me removí inquieta. Tú espérate diez minutos más, y si sigue sin gustarte, la quitamos, ¿vale?, es lo que me dijo mi chico al ver que me estaba desesperando. Así que le hice caso y aguanté diez minutos más antes de quitarla.

Pero no la quitamos porque YA estaba enganchada a LOST.

Y cuando digo ENGANCHADA me refiero a que la primera temporada la ví en un tiempo récord, y seguí devorando episodio tras episodio hasta ponerme al día. Incluso recuerdo estar en medio del campo, en una casa rural sin televisión, a las cinco de la mañana, viendo capítulos incansablemente en el portátil mientras mi chico dormía plácidamente.

Cuando acabé con todo lo que había doblado quise más, y entonces fue cuando me pasé a verla en versión original. Al principio estaba reticente porque pensaba que no me iba a enterar de nada, que iba a estar tan pendiente de los subtítulos que me perdería los detalles, pero mi ansia de más LOST me podía. Descubrí con asombro que me enteraba de casi todo, que los subtítulos sólo me ayudaban, que me gustaba la voz de Jack, y que a lo mejor ver series sin doblar no era tan disparatado...

Desde entonces me he bajado religiosamente cada semana el capítulo de LOST que tocara, con los subtítulos. He sufrido con cada final de episodio y he deseado que llegar el siguiente con impaciencia. Los finales de temporada han sido una tortura, así como los parones. Los meses sin LOST han servido para revisión de capítulos, para meterme en diversos foros y comprobar que la gente es tan fan (y muchísimo más) que yo, analizando cada fotograma y desarrollando teorías. Los DVDs de LOST son los niños mimados de casa...

En definitiva, ha sido LA SERIE, para mí y para millones de personas en todo el mundo.

Faltan menos de 12 horas para que se acabe, y no me lo puedo creer. LOST llega a su fin, tendremos dos horas y media de series finale que no sé si nos explicará todo lo que queremos saber o nos revelará algo nuevo o nos dejará con más dudas si cabe... Lo que sí sé es que medio planeta (all the losties!) vamos a estar pendiente de LOST.

¿Y tú, vivirás con nosotros el final de una era?

21 mayo 2010

Empezando francamente mal...

A las 06:33 abro un ojo y noto que lo que me ha despertado ha sido un agudo dolor de ovarios: me ha bajado la regla.

Me tomo una pastilla que me deja K.O. un rato más, y luego cuando me levanto voy zombie perdida y con el tiempo justo.

Me despido de mi chico, cojo mis cosas y salgo de casa.

Cuando estoy en el garaje, me doy cuenta de que me he dejado el portátil del trabajo en el sofá.

Vuelvo arriba.

Meto mi llave en la cerradura pero no gira, porque están puestas las llaves de mi chico.

Llamo al timbre y no sale nadie, porque él está en la ducha.

Vuelvo a llamar al timbre en un intento desesperado de que me oiga y salga un momento a abrirme (y luego que continúe con su ducha).

Pero no me oye, claro, y yo sigo dándole al timbre mientras los vecinos que se van a trabajar me miran raro y con desconfianza.

Deduzco que el sonido del timbre no llega al cuarto de baño, y saco mi móvil para llamar al fijo.

Cómo no, mi móvil no tiene batería, así que saco el del trabajo para llamar al fijo, que está en el salón y que espero que mi chico sí oiga.

Marco desde el móvil del trabajo y oigo sonar los teléfonos de casa, mientras pienso que es posible que si ve el número en el display no lo reconozca y no sepa que soy yo (no sería raro porque ni yo misma me sé mi número de empresa).

Vuelvo al tiembre, mientras mando un correo avisando de que voy a llegar tarde.

Al final, tras lo que a mí me parece una eternidad, se abre la puerta. Le explico a mi chico lo que ha pasado, cojo el portátil y resisto la tentación de quedarme abrazada a él, oliendo su cuerpo y consolándome con el tacto cálido de su albornoz.

Vuelvo al garaje, abro el coche y lo tiro todo en el asiento del copiloto.

Salgo a la calle y no sé qué cojones de maniobra hago, que no giro bien, me quedo medio atravesada en la calle de salida del garaje (una estrecha de sentido único).

Al final me pego con el bordillo de enfrente, freno bruscamente, y mi bolso pasa de estar en el asiento del copiloto al suelo del coche. Por supuesto, estaba abierto, y por descontado que acaba TODO su contenido desparramado por una alfombrilla sucia.

Con un pie en el freno, el cinturón de seguridad puesto, el coche medio atravesado en la calle (menos mal que no hay nadie), inclino mi cuerpo peligrosamente a la derecha en un intento de recoger el desperfecto, pero no llego: muevo el brazo en el aire inútilmente, así que así se queda el tema.

Me enderezo e intento tirar para adelante, y se me cala el coche.

A estas alturas de la vida, quiero llorar.

Pero no: me pongo las gafas de sol, arranco otra vez, me subo a la acera y ¡por fin! consigo enfilar la calle.

Me gustaría poder decir que el resto de camino al trabajo concluyó sin incidentes...

...pero no.

Resulta que en un momento dado, oigo voces desde dentro del coche, lo cual es raro porque ni tengo la radio puesta ni estoy hablando sola.

Aprovecho un semáforo en rojo para agudizar el oído, y me espanta reconocer la voz de mi jefa.

Entonces me doy cuenta de LA VERDAD: el móvil del trabajo, al caerse, ha debido de marcar su número de teléfono, y ahora ella está diciendo ¿diga? ¿digaaaaaaaa? a la nada.

Por Dior.

Las voces cesan, ha debido de cansarse y ha colgado.

Finalmente aparco cerca de mi trabajo sin problemas (casi no me lo creo). Recojo todo lo que hay en el suelo del coche y lo echo en el bolso, asegurándome de que no queda nada por la alfombrilla.

Cierro el coche y le doy dos veces al botón del candado, porque sólo me faltaba dejármelo abierto y que me lo desvalijaran.

Total, que llego a mi despacho con veinte minutos de retraso.

Conecto el portátil mientras busco en el bolso la funda con mis gafas. Y no está. Y no puede ser que no esté, porque he recogido todo lo que había esturreado en el suelo del coche, no me he dejado nada.

Vacío el bolso frenéticamente encima de mi mesa, y efectivamente: no está la funda de mis gafas. Y claro, no me puedo quedar todo el día con las gafas de sol puestas (sin ellas no veo un pijo).

Así que vuelvo al coche a revisar otra vez el suelo del coche, incluso con la linterna que llevo en la guantera. Pero no encuentro nada que no sean pelusas.

Repaso mentalmente: me cambié de gafas DENTRO del coche, así que no puedo habérmelas dejado en ningún otro lado...

Me tiro mis buenos 15 minutos peinando el coche en plan CSI y ni rastro de la funda de gafas (con las gafas dentro, que es lo importante). Tengo que estar preciosa, con la puerta del copiloto abierta, el culo en pompa y maldiciendo en voz alta...

Me resigno y saco unas gafas de repuesto que llevo en la guantera del coche, mientras pienso en cómo se me han podido perder mis gafas habituales, y en lo que me va a costar la broma, y en que espero que no me duela la cabeza con las gafas de repuesto...

¿Se puede empezar PEOR un día?


______________

Al final las gafas estaban en la puertezuela del coche, se habían caído allí...

18 mayo 2010

Síndrome del Hueco (II)

Hace unos días ya conté que he descubierto que desde el asiento de un conductor, la realidad se ve muy distinta. Me he visto absorbida y reconozco que sufro (hasta las últimas consecuencias) el Síndrome del Hueco.

Advertí que se aplica de forma distinta según el contexto en el que encuentres, así que aquí va la segunda parte:

EN TU PROPIA CALLE

Tu calle es un paraíso a la hora de aparcar... Raro (rarísimo) es el día que no hay hermosos huecos a un lado y otro de la calle, más arriba o más abajo, al sol o a la sombra... Incluso ni te importa que haya algún que otro vado, porque total, sobra sitio para aparcar.

Tanto es así que en este caso, no admites dar más de cinco pasos desde el coche a la puerta de tu casa. Ningún hueco está lo bastante cerca.

O sea: en el caso anterior, en la city, te das con un canto en los dientes si consigues aparcar en un hueco en el extrarradio, pero en tu calle tiene que ser lo más cerca posible de la entrada al edificio, a ser posible en la PP (puta puerta).

Giras a la derecha y entras en tu calle. Lo primero que ves son dos hermosísimos huecos a ambos lados de la calle. Amplios y estupendos. Peeeeeeeero, ¡uffff! ¡Hay que andar taaaaaaaanto hasta la entrada del edificio! Y encima, si aparcas a la derecha, ¡tienes que cruzar la calle y todo! ¡Anda ya! Avanzas un poco más porque seguro, SEGURO que hay un hueco más adelante.

Y lo hay, claro que lo hay, a la izquierda, a la sombra, entre dos coches que te han dejado espacio suficiente para que aparques con dos volantazos... Pero aún está muy lejos: estamos hablando de tres manzanas.

Continúas acercándote a la puerta, esperando encontrarte un hueco en la PP. ¿Pero sabes qué? ¡Que no hay! ¡Y te indignas, claro que sí! ¿Quién es el dfjaoeñufeoncnv que ha aparcado en TU puerta, eh?

Sigues adelante, pero tan ofuscada que no te das cuenta de que hay un aceptable hueco que ya has pasado. Barajas la opción de tirar marcha atrás (a pesar de que está prohibido) y meterte como sea, pero miras el espejo retrovisor y ves, no sólo que tienes un coche detrás que te impide dar marcha atrás como habías planeado maléficamente, sino que encima ¡pone el intermitente! ¡Te va a pillar el hueco!

Y lo hace, ya te digo...

Frustrante.

Así que sigues adelante, pero te estás alejando muuuuuuuucho de tu objetivo. Así que giras en la primera bocacalle porque vas a volver al punto de partida y coger el primer hueco que pilles.

Vuelves al principio de tu Odisea particular: giras a la derecha y entras en tu calle. Lo primero que ves vuelves a ver son dos hermosísimos huecos a ambos lados de la calle. Amplios y estupendos. Peeeeeeeero, ¡uffff! ¡Siguen estando taaaaaaaan lejos de la entrada del edificio! Además, te acuerdas de que había un hueco más adelante, te parece verlo desde allí...

Claro que... ¿Mientras dabas la vuelta, no se habrá ido algún coche de los que están aparcados más cerca todavía? ¿Merecerá la pena intentarlo?

Es evidente que no, pero, aún así...

...lo pruebas.

Y pasa lo mismo otra vez: te vas acercando a tu edificio pero NO hay hueco. Encima esta vez es peor porque sigues avanzando, avanzando, se acaba en la calle y no tienes aparcamiento. Te acuerdas de esos huecos del comienzo de la calle que despreciaste con altanería, y te remuerde la conciencia.

Das la vuelta otra vez (exacto: ya es la TERCERA vez, pero no quieres ni pensarlo): giras a la derecha y entras en tu calle. Lo primero que ves vuelves a ver re-vés por enésima vez son dos hermosísimos huecos a ambos lados de la calle. Siguen siendo amplios y estupendos.

APARCAS.

No está tan mal, piensas, son sólo unos cuantos pasos. No te vas a morir por andar un poco, la verdad, que falta te hace, chica, que estás todo el día sentada. Hasta es sano aparcar lejos (relativamente, te da vergüenza autoconfesarte). Y además, ¡no es ni dos minutos andando! De hecho, ¡no es NI UN MINUTO andando! ¡Ya quiseran muchos!

Así que cuando llegas a la puerta de tu edificio, ¿qué ves?

Efectivamente: un hueco justo, JUSTO en la PP.

¿Cómo es posible? ¡Antes NO estaba ahí! Seguramente mientras tú aparcabas, alguien se fue y dejó el sitio. Te sientes furiosa y frustrada e incluso se te pasa por la cabeza bajar corriendo la calle y subir el coche hasta ese magnífico hueco.

Pero como ha quedado claro que eres una perra, lo dejas estar. A regañadientes, hay que añadir...

¿No está claro que estamos locos estos conductores?

17 mayo 2010

Se la voy a dar con queso...

Lunes horroroso. Creo que con decir "Lunes", el siguiente adjetivo debería ser implícito. Pero aún así lo digo, para que no quepa duda.

Así que he llegado a casa tarde (para variar), con ganas de tirarme en el sofá... Peeeeeeeero... ¿Y la cena? ¿Eh? ¿Qué pasa con la cena? ¿Es que se va a hacer sola?

Pues mira, .

Porque he recordado que tengo en la nevera unas tarrinas de queso fresco de Arias de la promoción ESTÁS COMO UN QUESO (mmmmmm, sí, gracias, ¡cómo me conocéis!), a la que me apunté en Bloguzz.

Así que preparar la cena va a ser cuestión de minutos: rodajas de tomate, sal, un poquito de pimienta molida (pero sólo un poquito), lonchas de queso de Burgos, aceite de oliva y unas aceitunitas... Et voilà!

Vale, vale, es una ensalada muy básica, pero... ¡es Lunes! Mi cabeza no da más de sí. Aunque en realidad, aquí lo importante es que voy a parecer una chica altamente eficiente, que después de un duro día de trabajo, es capaz de preparar una cena sabrosa, rica y sana. ¡Sí, esa soy yo!

Claro, que, ya que estoy... ¿Qué tal unos biscotes de pan tostado con una lonchita de queso y miel por encima? ¿Eh? Un picoteo que no va nada mal, mientras hago tiempo a que llegue mi chico...

O quizá saque otra idea del USB que me enviaron, porque incluye varias recetas para meriendas, cenas... Todas muy fáciles de hacer (debe ser que saben que soy un desastre), y con una pinta estupenda.

En fin, el queso fresco, como queso que es, me gusta mucho. Por eso estoy encantada con esta promoción, porque para deleitarme, el pack que me enviaron tenían tres productos: Burgo de Arias natural, Lingote y Rulitos de Cabra.

A mí el que más me gustó fue el Lingote: me pareció más práctico que los envases redondos, aunque el sabor es el mismo que las tarrinas tradicionales. Además tiene como una tapita que se encaja y el queso se conserva mejor.

Con respecto al rulo de cabra (se presenta en dos envases, el rulo partido a lo largo se separa en dos mitades cada una envasada individualmente), es muy sabroso y suave, pero no gratina bien (es el único pero que le pongo); aún así, la pizza cuatro quesos que hice estaba tremenda...

Por último, me gustaría decir que hay cosas en las que tengo claro qué marca es la mía. Por ejemplo, yo tomo Cola-Cao, no me vale ningún otro producto en polvo porque no sabe igual por mucho que se empeñen. Con la leche, me pasa igual: tiene que ser Asturiana. Y el queso fresco tiene que ser Burgo de Arias. ¿A que hay algunas cosas que no admiten imitaciones?

Al final este Lunes va a acabar bien y todo...

15 mayo 2010

Things I just ♥!

Verle feliz. El sonido de la risa. La tibieza del Sol en mi piel. Tener un poquito de frío (¡pero sólo un poquito!). El sonido del aire en las hojas de los árboles. Estar con mi madre. Una tostada. El Cola-Cao muy dulce. Cantar a pleno pulmón las canciones de mi iPod. Palomitas dulces. No madrugar. Ir a la peluquería. El olor de una pastelería. Poder llorar cuando lo necesito. Un champú que huela bien. Él. Oir sólo el piar de un pajarillo. Una ducha larga y caliente. Coca-Cola con hielo y limón. Un jakuzzi. Los parques. Sábanas con olor a suavizante. Ropa nueva. Que me maquillen. Leer un libro que me guste. Comer frutos secos. Que me feliciten en mi cumpleaños. Los helados. Bailar en el salón. Un frapuccino de vainilla. Repantingarse en el sofá. Estar en sus brazos. Escribir. Hacer regalos. Compartir secretos. Hacer reir. Las olas. Que mi piel esté suave. Los pendientes. Hacer el pavo. Tazas bonitas para el desayuno. Estar en una piscina, rodeada de agua. Remolonear en la cama. Un paisaje profusamente verde. Estar relajada, pero de verdad. Las mantitas de sofá. Las flores. Hacer las cosas bien. Las comidas de mi madre (excepto los potajucos). El olor a tierra mojada. Los bolsos. Una Luna grande y brillante. Las chaquetas. Ver mis series favoritas. Las conversaciones absurdas en el Skype o Messenger. Un masaje. Comer fuera de casa. Tener las uñas arregladas. Llegar a casa. Inventar palabras y expresiones propias. Estar en una ciudad grande, en plan turista. Que jugueteen con mi pelo. Los ataques de risa descontrolados. Los mensajes de texto inesperados. Una pedicura bien hecha. Estar en pijama. Recibir postales. Las caricias. Churretear por Internet. El pan recién hecho. Soñar y luego acordarme de los sueños (bonitos). Curiosear por una librería. Las medias. Saber escribir a máquina con soltura. Un chocolate caliente. Ir al cine. Hacer sudokus. Los abrazos. El olor a café recién hecho. Los lápices de colores, y rotuladores. El ronroneo de un gato. Hacer fotos. El color rojo, y el rosa, y el violeta, y el azul claro. Picotear. Conducir. Los cereales. Ver a mis amigos. El queso. Poder estar conectado con todo el mundo vía cybernética. Que llueva. Los bolígrafos chulos. Dormir abrazados...

...y tantas cosas más...

13 mayo 2010

Necesito un momento...

En serio. Estoy cansada.

Pero cansada de H·A·R·T·A.

Porque no. No es nada agradable que en el trabajo siempre haya una amenaza velada, pero amenaza al fin y al cabo, de que te vayan a despedir. Mucho ojo con lo que haces o dices y cómo lo haces o dices, porque ¡zas! Te ponen el finiquito encima de la mesa. Y si no haces nada, mal: ¡algo tendrías que hacer! ¿El qué? Ah, no sé. Pregúntale a fulanito. O a menganito. O a zutanito. Y si no te contestan, insiste, pero si insistes, eres una pesada y lo mismo te ves en la calle, ¿sabes? O sea, que hagas lo que hagas, probablemente estés jodida. ¿Que todo lo has hecho bien? Ah, no importa. Igualmente te pueden despedir. O no. No se sabe. Nunca se sabe. Ya te enterarás hoy. O a lo mejor mañana; puede que sea tu último día.

Ya llevo tiempo con el fantasma del paro rondando, y sigo igual: unos días sólo pensar en quedarme sin trabajo me quita el sueño, y otros días me parecería sumamente liberador. Pero sí que encuentro agotador tener ese ambiente de trabajo, esa presión invisible, durante al menos ocho horas al día, cinco días a la semana. Desde luego, no sé a quién se le ha ocurrido que una táctica empresarial así hace más productivos a los trabajadores (quiero pensar que ése es el motivo), pero NO funciona.

Lo llevo lo mejor que puedo, pero sinceramente me gustaría llevarlo mejor.

Lo que realmente me gustaría es que no fuera así, claro, que el ambiente fuera otro menos opresivo... Pero dado que es algo imposible (parece ser), lo que tengo que hacer es convivir con ello y que me afecte lo menos posible.

Ah, eso es lo que me dice todo el mundo. Aunque no me hace falta porque ya lo sé, como se puede comprobar. PERO no es tan fácil aplicarlo, por lo menos a mí no me lo parece. Y me conozco, que son taitantos años viviendo conmigo misma.

Sólo necesitaba desahogarme un poco...

12 mayo 2010

Buscando las ventajas...

Cuando a veces me desespero por vivir en un núcleo poblacional pequeño (es un eufemismo en toda regla), me tengo que recordar las ventajas de no vivir en la SúperCapital, que era donde yo quería vivir en un principio. Claro que lo que planeamos no siempre se cumple...

Así que saco mi libretita de hacer listas y enumero todas las ventajas que tengo.

Con levantarme 30 minutos antes de mi hora de entrar a trabajar me vale (apurada, pero me vale). No tengo que saltar de la cama a las seis de la mañana para estar a las nueve en la oficina.

El camino hacia y desde el trabajo lo hago en mi precioso coche, conduciendo tranquilamente, en lugar de tener que meterme en un vagón de metro en hora punta. Además, en coche, no tengo que aguantar atascos, semáforos interminables, kamikazes al volante... Bueno, relativamente: desde luego, si los hay, son muchos menos.

Enlazando con lo anterior, tardo cinco minutos en llegar a mi trabajo. Un par más si pillo un semáforo en rojo o un coche lento delante de mí. No pierdo media vida en el camino hacia y desde el trabajo.

Y siguiendo con el tema del coche, si lo tengo que aparcar en la calle, siempre encuentro sitio relativamente cerca de donde tenga que ir. Además, en mi calle siempre aparco en la puerta, o un coche más allá a lo sumo.

¡Tengo un piso propio! Cosa que ni de coña podría tener en otro sitio...

Cuando me puedo quedar a dormir en casa -sin madrugar, me refiero-, me despierto porque quiero, ya que no se oye ni un ruido. Nada de tráfico. Sólo los pajarillos y algún vecino que otro, nada más. Bueno, sí, el panadero, pero si tengo un poco de suerte ni me entero...

Todo lo básico lo tengo a cinco minutos, diez como mucho. Puedo ir andando a todas partes (otra cosa es que soy bastante perra y a lo mejor cojo el coche, pero poder, puedo).

Los impuestos son aquí más baratos, claro. Por lo menos, el que me consta -el de circulación- es mucho menor aquí que en otros sitios, lógicamente.

Tardo en llegar a las tiendas que me gustan lo mismo que tardaría si viviera en la SúperCapital y yo no viviera en el centro: por eso ni gano ni pierdo. Pero al no tenerlas al lado, no estoy todos los días de compras, por lo que mejora mi economía sustancialmente.

Disfruto más las visitas a la SúperCapital porque son más esporádicas. Seguro que si lo tuviera más a mano, no me gustaría tanto el frapuccino de vainilla, por ejemplo.

Algún consuelo tengo que buscar, ¿no?

10 mayo 2010

¿Y yo, qué leo? (XXXIX)

He tardado prácticamente un mes en terminar de leerme LOVE TRAINER, de Julia Llewellyn. Que haya tardado ese tiempo en leer 435 páginas de un libro de bolsillo ya habla por sí solo, pero aún así, voy a hablar (escribir) yo sobre esta historia.

Pero primero, ¿qué dice la contraportada?
A Katie Wallace le rompieron una vez el corazón y no va a permitir que le suceda más veces. Y, es más, no puede resistirse a consolar un corazón herido de cualquier otra mujer, empezando por el de su jefa Rebecca. Convencida de que los hombres sin amaestrar son como cachorros traviesos -creen que se saldrán con la suya mirándote tiernamente a los ojos; se escapan y suplican, arañando la puerta, que les dejes entrar; gimen cuando dices no...- y tras descubrir un oculto talento para el consejo, Katie se convierte en una profesional que ofrece un servicio único: es una entrenadora personal en el amor, capaz de responder a preguntas como ¿debería llamarle aunque no me haya llamado? Cuando vuelve borracho a las tantas y quiere..., ¿digo sí o no? ¿Se merece todo este esfuerzo incluso si no estoy segura de querer casarme con él? Pero, de verdad, ¿es posible enseñar a un hombre a comportarse de la misma manera que se enseña a un... perro?

Julia Llewellyn relata en su novela con brío y frescura cómo encarar las relaciones sentimentales. Con mucho humor, este libro dice verdades como puños, aquello que tu mejor amiga nunca ha tenido el coraje de decirte a la cara. Un libro divertidísimo y sabio sobre las relaciones de pareja.
Dejando de lado que si una cotraportada ya dice que el propio libro es divertidísimo es porque no lo va a ser, veamos qué pasa en realidad entre las páginas...

Tenemos a Katie, una chica que sabe muy bien cómo tratar a un hombre, al menos en teoría, aunque todo su conocimiento no lo aplicó con Paul y salió escaldada. Desde entonces, ella controla su vida sentimental, incluido Crispin, un bendito que la trata como una reina. Está tan segura de que su método (comparar a los hombres con perros, un poco insultante), que se dedica a dar consejos sobre relaciones a Rebecca -su jefa- y a sus tres amigas. Las cuatro son un caso clínico: una saliendo con un idiota que sólo la quiere para el sexo, otra colgada de un hombre casado, otra con un hombre demasiado malo y otra con un hombre demasiado bueno.

Los consejos de Katie, que no dejan de ser la lógica hecha verbo, los aprovecha Rebecca para lanzarla al mundo editorial, proporcionándole a Katie una columna, ya que a Rebecca sus pautas le han ido muy bien. Katie continúa analizando las relaciones de Rebecca y sus amigas, dando consejos que ella misma no siguió en su día, cosa que le pasará factura, claro: eso se sabe práctimente desde el minuto uno.

En realidad, me resulta complicado hacer un resumen de la historia porque, aunque no es excesivamente enrevesada, sí que está un poco diluida. Parece ser que la protagonista es Katie, pero los demás secundarios (Rebecca, Ben, Ally, Suzy, Jenny...) están tan metidos en la trama que casi todos tienen mucho peso. Además, todas las historias completas de estos personajes se van desarrollando a la vez, por lo que no es sencillo de explicar en pocas palabras.

Digamos que la narración tiene varios ejemplos de parejas tipo (las malas, no hay ningua ideal), que todos sabemos que no deben estar juntas. En este libro no se desvela nada que no sepamos, simplemente nos recuerda que hay uniones claramente perjudiciales pero que son habituales, y ya está. El único consejo es que se aplique el sentido común, nada más.

No puedo decir nada más positivo de la historia -pero sí voy a aclarar que a mí no me ha parecido divertida por mucho que me lo prometiera la contraportada-, aunque tampoco voy a calificarla de tostón supremo, pero sí que afirmaré que es un libro del montón (más que del montón: del montonuzo, que es peor) que no tiene mayor interés.

09 mayo 2010

Querer y no poder...

Hay muchas cosas que me gustaría hacer y que no puedo.

Son pequeñas cosas, tonterías, pero que al ver que otras personas pueden hacerlas y yo no me produce envidia. Claro que no es nada importante, pero resulta curioso...

Por ejemplo, como no me gusta la leche, siempre la tomo con Cola-Cao, o con café... Con lo que sea. Pero nunca bebo leche sola. Y cuando veo que alguien viene con sed, va a la nevera, se sirve un gran vaso de leche y se la bebe sin respirar... ¡Qué envidia me da!

Otra cosa que envidio profundamente es la gente que se compra gafas de sol: las que quiere. Se prueban un modelo, otro, otro y otro, hasta que encuentran el modelo ideal para su cara. Pues yo no. Como los cristales tienen que ser graduados, eso limita mucho el modelo de montura que puedo elegir: no pueden ser gafas curvas, ni excesivamente grandes, ni muy pesadas, ni con cristales degradados... Te los trescientos modelos que tiene una óptica, al final sólo me valen tres modelos, y entre esos me tengo que decidir sí o sí. Jo.

Y siguiendo con las gafas, ¡cómo me gustaría poder ponérmelas en la cabeza alguna vez! Para descansar los ojos, cuando me las quito las tengo que dejar encima de la mesa, por ejemplo, mientras que mis compañeras se las suben a la cabeza en forma de diadema, apartando el pelo... ¿Qué pasa si yo hago eso? Que me quedo sin pelo. Porque mis rizos, en cuanto notan unas gafas sobre la cabeza, se enredan en ellas, quedándose pelitos enganchados en el puente de las gafas, imposibles de desliar. Así que tengo que pegar un tirón, o cortar los pelitos porque es imposible desenredarlos (además sin ver un pimiento, claro).

La manicura francesa es otra cosa que me encanta, pero que es imposible que yo me la pueda hacer. Como tenga las uñas un poquito más largas de lo normal, me entran unas irresistibles ganas de mordisquearlas cuando estoy nerviosa -casi todo mi tiempo-. Aún eso puedo controlarlo (a duras penas, todo hay que decirlo). Pero cuando la esteticienne me lima las uñas para dejármelas cuadraditas y monísimas, con mis capas de esmalte perfecto... Uffff... ¡No puedo! No soporto tener piquitos en las uñas, tengo que tenerlas cortadas de forma redondeada, por lo que la manicura francesa no queda nada bien.

También me encantaría poder llevar tacones... Pero es imposible. Los aguanto durante un poco de tiempo, pero no demasiado. Enseguida me duelen los pies y estoy pensando más en cuándo me los podré quitar que en cualquier otra cosa. Me da una envidia tremenda esas chicas que están subidas a unos taconazos desde bien temprano y aguantan todo el día de acá para allá, pero yo no soy de ésas. La gran mayoría de mi calzado es plano o con un poco de tacón estilo cuña que me permita aguantar todo el día y meterme una caminata grande si se tercia. Pero se me cae la baba en los escaparates de las zapaterías con los modelos bonitos de zapatos de tacón...

¿Y vosotros? ¿Qué os gustaría hacer y no podéis?

07 mayo 2010

Síndrome del Hueco (I)

Desde que soy conductora, he descubierto una realidad que hasta ahora desconocía que existía.

Y es que todo cambia. Entras como en una especie de mundo alternativo que sólo conocen los que también son conductores. Los que no lo son, no te pueden creer.

Te das cuenta de que el espacio se ve de otra forma montada en un coche...

Sí, que sí, que síiiiiiiiiiiiiiiii, mi coche cabe entre esas dos baldosas, ¡lo vas a ver!

...de que una persona puede cambiar sólo con tocar un volante...

Conduciendo he proferido insultos que ni siquiera sabía que existían, ¡lo prometo!

...tienes visión selectiva...

¿Señal de limitación de velocidad? ¿Dónde? ¿Ahí? ¿Seguro? ¡Pues yo no la he visto!

...y cosas así.

Pero mi mayor descubrimiento ha sido el Síndrome del Hueco, y se aplica de forma distinta según el contexto.

Hoy, la primera parte:

EN UNA CIUDAD

Tú vas en coche a la city, y por supuesto, en primera instancia te autoprometes que no te bajarás del coche hasta que no hayas aparcado en la calle, porque te niegas a meter el coche en un parking y pagar por ello, habiendo calles gratuitas. Así que te acercas lo más que puedes a tu destino (normalmente el puto centro de la city), y a partir de ahí, empiezas a callejear buscando el ansiado hueco.

Pero no aparece.

Todo lo que ves es hileras e hileras y más hileras de coches aparcados, uno tras otro, sin espacio suficiente entre dos coches para meter el tuyo, y eso que es pequeño. Sigues conduciendo, te metes por avenidas grandes y calles angostas, pero nada. Cada vez que ves un hueco, el corazón te da un vuelco, pero luego te deshinchas porque ves que el espacio libre lo está porque es un vado. O porque hay una moto que no has visto a la primera. Or whatever.

Sigues dando vueltas, y ya estás bastante alejada de donde querías ir, lo que quiere decir que llevas un tiempo considerable buscando aparcamiento. Pero a terca no te gana nadie. Decides volver a pasar por las calles a ver si alguien ha movido el coche, pero sabes que eso NO va a pasar. Empiezas a pensar que esos coches han estado ahí siempre, y seguirán estando: nadie va a coger el coche por miedo a perder su hueco. Vuelves a ver coche tras coche perfectamente aparcado, excluyéndote y riéndose de ti, pobre ilusa que ansías un sitio en su selecto club de coches aparcados en la calle.

Y entonces... Ves un hueco. Te esperanzas, pero sólo tímidamente: estás casi segura que es porque hay un vado que aún no has visto. No obstante, aminoras la marcha y pones el intermitente por si acaso (aunque, por regla general, no te sigue nadie, pero es una jungla y has de marcar tu posible territorio).

Estás a la altura del hueco objeto de tu deseo (además ideal ya que tiene anchura suficiente para tu coche), pero no hay ningún vado. Tampoco hay nada pintado de amarillo ni de nada -es una acera normal y corriente-. O sea, es un hueco verdadero y genuíno. Aparcas ansiosamente, con el absurdo temor de que algún coche se materialice allí y te quite el sitio, pero eso no pasa, claro (aunque tienes esa tonta idea hasta la última maniobra).

Finalmente, ¡voilà! Has aparcado.

El orgullo te embarga: ¡no has necesitado un parking!

Ummmm... Pero...

¿Estás TOTALMENTE segura de que ahí se puede aparcar? ¿No habrás pasado por alto un disco de prohibición? ¿No estará pintada la acera de amarillo, pero se le ha ido el color? ¿No habrá un vado oculto que no has visto? ¿No es un poco raro que precisamente ese hueco esté libre? ¿No estarás mal aparcada? ¿No irás a ganarte una multa?

Paranoia y desconfianza total. Eres incapaz de creerte que sí, que has encontrado un hueco legítimo, que lo has visto tú antes que nadie, que has aparcado y que todo está bien.

Y te vas, dejando tu coche allí, en el hueco, preguntándote si cuando vengas no se lo habrá llevado la grúa por haberlo aparcado mal...

Vas incluso más lejos. Sacas el móvil y llamas a tu chico.

- Hola.

- ¡Hola! ¿Estás por aquí ya?

- Sí, ya he llegado.

- ¿Y dónde estás?

- En la calle TalPajjcual, he aparcado ahí, ahora me acerco a verte.

- ¡Muy bien! Aquí te espero.

- Oye...

- Dime.

- ¿Tú sabes si en la calle TalPajjcual se puede aparcar?

- Yo creo que sí.

- ¿Seguro?

- Vamos, seguro del todo no, pero si yo creo que sí. ¿Pero hay coches aparcados o no?

- Sí, claro.

- Pues entonces sí.

- Ya, pero, ¿y si hay un trozo de calle en el que no se puede aparcar?

- Pues habrá un disco o algo.

- No, no hay nada.

- Pues entonces está bien...

- ¿Estás seguro? Mira que estoy a la altura del número 63...

Eso es: además de tooooooooooodo lo anterior, esperas que el bendito de tu chico recuerde exactamente dónde hay discos de prohibido aparcar en todas las calles, y qué alcance tienen, y desde qué números es seguro aparcar, etcétera. Demencial.

Definitivamente, el Síndrome del Hueco acaba con todo razocinio anterior que se haya podido tener...

05 mayo 2010

Voces de UltraBolso

Estamos en el sofá, rendidos, después de un asqueroso/pésimo/horroroso (señálese lo que proceda) día. Por fin en pijama y medianamente relajados. Nuestra situación geográfica es la esperada: en el sofá -y gracias a que no estamos ya en la cama-. A la izquierda mi chico, viendo el fútbol y bebiendo una cerveza, y yo a la derecha buscando el hueco exacto de mi culo...

Y de repente, por encima de las voces de Paco González y Manolo Lama comentando una falta, se oye una bonita voz masculina que sale de...

¿Mi bolso?

¿Y me está pidiendo que gire a la derecha?

¿Mi bolso me está indicando cómo encontrar el hueco de mi culo en el sofá?

Ah, no.

Es que he metido el TomTom en el bolso, y por lo visto, encendido, y a saber a dónde está dirigiendo a la nada.

Desde luego, hoy tooooooooooooooodo ha sido surrealista...

04 mayo 2010

Esta tarde de Martes...

Salgo del trabajo a las 19:20, tarde otra vez, ya lo sé, ya lo sé, no tengo remedio... Parece que soy genéticamente incapaz de irme a mi hora, pero por si acaso se me ocurriera, allí está mi OutLook para impedírmelo: se cuelga cuantas veces haga falta para retenerme allí hasta que se mande el correo de marras que alguien me ha pedido a última hora... Igual tiene algo que ver que el portátil tenga 78 procesos en marcha, pero estoy demasiado cansada para pelearme con eso.

Salgo por fin y me meto en el coche. Confío en que el CD del coche se apiade de mí y ponga una canción (aleatoria) que me sirva, pero, por supuesto, falla. Quito la música, y francamente: eso en mí es una maaaaaaala señal.

Mientras me dirijo al supermercado, pienso otra vez en que el Universo NO QUIERE que tenga vacaciones, y bien sabe que las necesito like May's water. Pero no. Ahora resulta que el que nos podamos coger vacaciones a la vez depende de uno que se va a Siberia a comer arroz con pulmón de caballo. Suena a chiste, pero es la realidad.

Así que con cada artículo que tiro de forma automática en el carro de la compra, mi ánimo baja un poquito más. Deambulo como una loca errática por los pasillos del supermercado: después de la remodelación no encuentro nada. Intento recordar si le gustan las sardinas o no, o si se me ha olvidado apuntar algo en la lista, escrita con letra ininteligible y cuatro bolígrafos distintos.

Cuando me doy cuenta, ya he pagado y estoy en el ascensor camino al parking. Cuando me vuelvo a dar cuenta, ya está toda la compra metida en el maletero y estoy arrancando. Y otra vez, como si alguien le hubiera dado al avance rápido, me autodescubro metiendo ya el coche en el garaje. Espero no haber atropellado a nadie en el camino. Me he perdido ese trozo de mi vida (afortunadamente, nada interesante) porque estaba pensando en mis no-vacaciones.

Me planto frente al ascensor con el bolso en una mano, el portátil colgando de un hombro y 82 euros de compra repartidos en 9 bolsas de un ¿plástico? malísimo que amenaza con romperse de un momento a otro y desparramarlo todo. NO PIENSO dar dos viajes, así me deje los brazos pienso subirlo todo de una vez. Porque vive Dior que NECESITO llegar a casa...

Y por fin cierro la puerta, y tiro dejo la compra en la entradita de cualquier manera, y apoyo la espalda en la pared, e intento no pensar en nada, sólo en que ya estoy en casa, y no quiero llorar, no quiero llorar...

...entonces una bolsa de las que están amontonadas alomecawendiez cede y se deja vencer por la Ley de la Gravedad.

Y lo que contiene también.

Y asoma una tableta de chocolate que parece ser he comprado...

Bueno, al menos el Universo sabe consolarme.