26 agosto 2010

Los de Correos...

Hace ya algún tiempo que me apunté a PostCrossing, y la verdad es que me va fenomenal. Me encanta abrir del buzón y que de vez en cuando haya una postal...

Como no tengo mucho tiempo, lo que hago es hacer acopio de postales y de sellos, y cuando me toca mandar postal la preparo en casa, lista para echar al buzón.

Al menos, ésa es la teoría.

La práctica es que, aunque es sencillo (tener postales y sellos), el tema del franqueo no lo llevo nada bien. Ante la pregunta de: ¿por qué, si sólo hacen falta sellos de 64 o 78 céntimos, dependiendo del destino de la postal?, la respuesta es: no encuentro.

Porque en los estancos -abiertos a casi cualquier hora-, en general tienen sellos sólo de 32 céntimos, lo que te puede solucionar la papeleta para las postales europeas: con dos sellos te apañas. ¿Pero y cuando tienes que enviar una postal a Australia, China, Estados Unidos...? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? La solución rápida es poner tres de 32, con lo cual ya estás pagando de más. Otra opción es pedir más sellos hasta completar el franqueo, pero en los estancos o no tienen, o tienen de dos o cinco céntimos... que al final te terminan ocupando toda la postal y casi tienes que escribir la dirección encima de los sellos.

Total: que acabé comprando los sellos en la oficina de correos, a las 08:30 (porque más tarde estoy trabajando, y por la tarde, por supuesto, no abren). PERO... Ellos tampoco tienen sellos de 78 céntimos.

Y yo me pregunto: ¿si ésa es tarifa oficial, aprobada y publicada, no deberían tener en las oficinas de Correos sellos a disposión del público? No sé, yo lo veo lógico. Si ponen una tarifa fija, qué menos que tener en las oficinas de Correos sellos suficientes para cubrir dicha tarifa, ¿no?

Digo yo...

Pues no los tienen.

Claro que en la oficina te lo franquean directamente (esa es la excusa que ponen), pero yo quiero sellos para llevarme a mi casa. Así que te tienes que esperar a que los pidan, y luego a que les lleguen, y luego a que cuando vayas esté el que los ha pedido porque los demás no saben dónde están...

Sí, eso pasa en una Oficina de Correos...

Parece que últimamente me ha dado por los funcionarios, pero no es eso. No soy racista. Lo único que pasa es que... me ponen de los nervios. Brrrrrrr...

23 agosto 2010

A bride in a WAR! -> Los Papeles (II)

No, si yo ya lo sabía.

Después del incidente, dije a todo el que me quisiera escuchar (en realidad, a todos los que estaban a dos kilómetros a la redonda, tal eran los gritos que dí), que la tiparraca esa me la iba a jugar.

Pero mi madre, que es una bendita y no como su hija, comentó con voz calmada y total convencimiento que noooooooooooo, que la mujer sería una profesional y que no tendríamos ningún problema. Porque mi madre es la más bondadosa y bienpensá de todas las madres.

Seguramente no tendrá nada que ver, pero, ¿qué hija no tiene TODAVÍA los papeles, casi cuatro meses después?

Y no será por el marcaje que hacemos, no. He perdido la cuenta de las veces que hemos ido al puñetero registro civil. Mi chico por las mañanas, y yo por las tardes. Hemos cubierto todas las horas, nos hemos encontrado allí a medio Ministerio de Justicia (entre turnos, vacaciones y vagancias varias), y todos tienen la misma respuesta: si es que ya está mandado. Acto seguido, se encogen de hombros y siguen a lo suyo.

Y yo, que cada vez que cruzo esa puerta noto como mi sangre se convierte en ácido sulfúrico, esta tarde me he presentado allí otra vez. Cabreada no, lo siguiente. Y con mi tono más acerado y mis ojos entrecerrados (de hecho, casi no veía a mi interlocutor, pero creo que no era esa hija de fruta mujer, aunque no podría asegurarlo), le he pedido las explicaciones que obviamente no me ha dado -para variar-. Pero esta vez me he traído el teléfono de la Fiscalía, y una copia del Libro de Registros de Expedientes, donde estamos nosotros, y se ve claramente como los apuntados antes y después ya tienen sus papeles y encima, en un plazo razonable.

Luego en casa he hecho una investigación y he anotado un par de teléfonos, porque si mañana no me atienden, pienso ir a la Gerencia Territorial para pedir que me arreglen mis papeles como a todo el mundo. Y si tengo que ir más arriba, voy. Este sonriente señor tiene cara de entenderme...

En fin, a lo mejor mi madre tiene razón, la mujer no ha tenido nada que ver y todo esto es una desgraciada y fastidiosa coincidencia... Peeeeeeeeeeeeero, lo dudo. Mucho.

Mi madre es la más bondadosa y bienpensá de todas las madres. Lástima que ese gen se perdiera por el camino, oye...

20 agosto 2010

El teléfono del fontanero...

- Cariño, hay que llamar a los fontaneros para que vengan a arreglar lo del baño.

- Mmmmm... Sí, es verdad. ¿Tienes tú alguna tarjeta suya?

- Pues no, la verdad. ¿No hablaste tú con ellos?

- Sí, pero no apunté el teléfono ni nada. Y no vienen en las Páginas Amarillas, me parece.

- Jo, pues no sé. Lo que es seguro es que en la fachada tienen un rótulo con los teléfonos...

Claro que ir allí (a cinco minutos andando de casa, ¡tremendo!) a ver cuáles son los teléfonos es algo anticuado, desfasado, y sobre todo, poco cool. No lo puedo negar. Eso sin entrar a valorar la perezaca que da salir de casa para ir a buscar a unos fontaneros, o peor: ¡un número de teléfono!

Pero... algo hay que hacer para conseguir el número de marras sin moverse de casa.

¿Qué opciones hay? 1, 2, 3, ¡responda otra vez!

Pues fácil: entrar en Google, buscar la dirección de los fontaneros, ir al Street View y enfocar la fachada. Et voilà!

En serio, damos miedo.

19 agosto 2010

La Tirita Cabrita

Andar mucho sin estar acostumbrada, te pasa factura.

Concretamente te deja una ampolla del tamaño de la provincia de Teruel en la planta del pie derecho (bueno, en mi caso; en otras personas será otro tamaño u otro sitio).

Claro que no iba a permitir que una ampolla en el pie me frenara en mis muy ansiadas vacaciones, así que en la primera farmacia que encontré solté 7 euros y me dieron un paquete de Compeed. Los apósitos prometían que te los ponías y acto seguido podías bailar toda la noche sobre unos tacones de 12 centímetros. Yo solo necesitaba poder andar con mis sandalias planas sin parecer un pato y sin dolor, si fuera posible...

Así que me puse una de esas tiritas tecnológicas en mi ampolla. En teoría, la cosa esa se tiene que pegar a la ampolla hasta hacer que cicatrice... Y en la práctica, sí que se pegó estupendamente a mi castigada planta del pie, así que me calcé enseguida y seguí mi ritmo.

Cuatro pasos por un camino de cabras me dieron la pista: algo no iba bien. No solo me dolía más mi ampolla (cosa que no me preocupó porque menos mal que no soy tan crédula de pensar que una tirita sofisticada me iba a quitar el dolor), sino que ahora me dolía la piel de alrededor. A cada paso que daba, sentía un tironcillo doloroso. Había que investigar a qué se debía.

Me fui a quitar el zapato y me encontré con el problema: la milagrosa tirita se había confundido de piel, y se había pegado a la piel del zapato y no a mi piel humana (si lo piensas, es hasta tranquilizador). Así que medio apósito estaba pegado a muerte a mi ampolla y el otro medio a mi zapato...

DOLOR.

Hice un apaño de emergencia: la parte que no se había pegado a donde debía la fijé a mi planta con otras dos tiritas normales y corrientes que llevaba en el bolso. Y seguí andando.

Pero el invento no funcionó como debía, porque esas tiritas TAMPOCO se pegaron a mi piel, sino que se sumaron al otro apósito y se pegaron también al zapato. Muy bien. A cada paso me tiraba más y más. Lo malo es que como estaba en medio de la nada y no podía arreglar el asunto, me aguanté durante todo el día.

Y cuando llegué al hotel...

...me intenté quitar el zapato pero estaba pegado a mi ampolla como si hubiera echado Loctite. Con muuuuuuuucho cuidado logré separar mi pie del zapato, y observé mi planta del pie. Allí había una masa informe, como de chicle, formada por el apósito de marras, dos tiritas hechas sendas pelotas, y no sé qué más, todo pegado a la delicada piel de mi ampolla y a nada más.

Ya tuve que llamar a la Caballería, claro.

Y la Caballería me aconsejó, muy sabiamente, que me diera una ducha para tranquilizarme, dejarle un rato en paz, y sobre todo, ablandar ese Flubby descolorido para separarlo de mi ampolla.

Y lo hice.

Y salí de la ducha.

Y la maldita tirita cabrita se pegó en la alfombrilla de la ducha.

Así que allí estaba yo, envuelta en una toalla, con un pie el el suelo mojado y frío, y el otro levantado con una alfombrilla de ducha pegada a él, dando patadas al aire para librarme de la maldita alfombrilla que encima pesaba y tiraba de la piel de mi ampolla, intentando no caerme y no aullar de dolor.

Nunca pensé que un simple apósito sería capaz de robarme la dignidad...

18 agosto 2010

Física Básica

El fin de semana, mi chico sucumbió a mis amenazas presiones amables peticiones.

- Cariño, ya te he arreglado el embellecedor de la puerta trasera del coche. Y también he intentado apañar la guantera, parece que ya se cierra bien.

- Ohhhhhhhhh... ¡Muchas gracias!

- Ah, y... el coche hace un ruido raro. ¿Te habías fijado?

ALERTA.

- Errr... Pues no. ¿Qué clase de ruido?

- Pues un click. Suena a algo eléctrico. Y lo mismo te está consumiendo batería.

- ¿Un click? ¿Y cuándo hace ese ruido?

- Cuando el coche está parado. ¿En serio no lo habías oído?

Pues no, claro que no. Porque cuando el coche está parado, yo ya estoy muy lejos de él. Cuando lo paro (o sea: lo aparco o lo dejo ya en el garaje) es porque yo me voy a otro sitio. No me quedo a su lado a ver si expectora o algo.

La cosa se quedó así, porque tampoco podíamos hacer mucho, claro.

Bueno, en realidad la cosa no quedó así. Que se quedara así implicaría que yo seguiría como hasta entonces, pero no. Ahora tenía la semilla de la paranoia en mi cabecita, que para las paranoias es como un campo fértil donde germinan y crecen alegremente.

Resultado: al día siguiente me quedé quince minutos al lado de mi coche.

Parada y silenciosa.

En realidad, daba miedo verme allí sola, en el garaje, como una tonta.

Escuchando el click.

Intentando determinar de dónde venía.

Cada cuántos segundos se producía.

Si había alguna causa para ello.

En definitiva, volviéndome majara.

- ¡¡El coche está roto!! Buaaaaaaaaaaaa... ¡Por tu culpa!

- ¿¿¿Por mi culpa???

- ¡Sí!

- ¿Y se puede saber por qué es culpa mía?

- ¡Porque oíste el maldito click!

- ¡Pues no entiendo por qué es culpa mía que el coche esté roto!

- Hombre, es física elemental: si lo oyes haces que exista. Antes no sabíamos que el coche hace un click misterioso, pero vas tú y lo oyes. ¡Un click no existe hasta que alguien lo oye!

Por favor... ¿Es que soy la única que entiende las elementales leyes de la Física?

17 agosto 2010

La Alegría de la Huerta

El día de mi vuelta al trabajo ha amanecido gris y triste (a juego conmigo, cosa que tiene mérito teniendo en cuenta que estamos en Agosto y lo habitual es tener un cielo insultantemente azul y brillante, sin una nube).

Con un día así, no es de extrañar que todo lo demás ha salido torcido...

Hemos ido al banco en cuanto han abierto para hacer una sencilla gestión que ha durado tres cuartos de hora. Estaba sentada en mi silla, ansiosa porque no quería llegar tarde al trabajo (teniendo en cuenta que ya había retrasado mi hora de entrada), y la chica se ha tomado todo con mucha calma y tranquilidad. Me ha puesto de los nervios. Finalmente me he tenido que ir prácticamente a medias, cuando mi firma ya no ha hecho falta para nada, y aún así he llegado con retraso al trabajo...

Mi humor no ha mejorado NADA al llegar allí. Apenas he gruñido un "buenos días" al entrar y un escueto "bien" cuando me han preguntado qué tal mis vacaciones. He encendido el ordenador con desgana y he esperado a que se descargaran más de mil correos (qué barbaridad) que he acumulado en mi breve ausencia (y eso que el Viernes por la tarde dejé de recibir porque se había sobrepasado el límite de mi buzón). Cada correo descargado era un bufido hastiado...

Vamos, que he sido la Alegría del la Huerta. Llamadme así a partir de ahora.

Los que comparten conmigo despacho, después de unos cuantos años ya saben cuándo estoy así es mejor no hablarme, y agradezco infinitamente que me conozcan y me respeten mis malas pulgas.

No sé por qué estaba de tan mal humor. Claro que no es difícil hacer un diagnóstico a lo House. Supongo que por la vuelta al trabajo, la depresión postvacacional. Y también por el tema de la nevera, y porque ahora toca deshacer maletas, poner lavadoras, volver a la rutina... Se hace muy pesado.

También he de reconocer que no se puede decir que haya desconectado en las vacaciones. Si he de ser sincera, apenas lo he hecho. En parte es culpa mía porque me cuesta mucho desconectar, y por otra parte, las circunstancias no me han ayudado.

Por ejemplo: mi jefe puso en marcha antes de mis vacaciones (especifiquemos más: el Viernes a media tarde, ¡por favor!, si debería haber estado haciendo la maleta) una implantación de la que soy directamente responsable. No había tenido días el chiquillo, no. Ni mañana de Viernes, con toooooooodas sus horas...

Otro ejemplo: estuve pendiente de la persona que me sustituyó (su primera vez en un puesto como el mío). No podía, sencillamente, dejarla sola y sin soporte, a la good of the God -a la buena de Dior, vamos-. Iba en contra de toda yo, porque dejar alguien nuevo y desamparado es algo que YO he criticado MUCHO porque me ha pasado a MÍ, y no es nada divertido.

Y el remate del tomate fue una llamada, creo que en mi vacacionoso Lunes, de desesperación. Pero lo malo no fue la llamada en sí, no. Fue la frase de despedida: lástima te tengo para cuando te incopores (refieriéndose a la implantación). Esa condenación ha estado resonando en mi cerebro toda la semana.

Por todas esas circunstancias adversas, hoy he empezado el día con un humor horrible.

Menos mal que el irme a casa prontito me ha arreglado un poco...

16 agosto 2010

Let there be light...

Está empezando a ser molestamente habitual eso de llegar a casa después de unas vacaciones y encontrarse con que el piso no tiene luz. Vale que se arregla en un plis: abriendo el cuadro eléctrico y subiendo la única pestaña que está gacha.

Et voilà!

Let there be light...

Pero luego hay que enfrentarse a lo que el apagón ha supuesto: toda lo que hay en la nevera está para tirar.

Si ya de por sí llegas con angustia porque se te acaba lo bueno, sin querer pensar en el pastizal que te has gastado en un una semana de vacaciones... Que al día siguiente tengas que dedicarte -después de un más que probable horroroso día de trabajo- a llenar otra vez la nevera (literalmente), pues no hace ni puta pizca de gracia, la verdad.

Esto ya nos pasó cuando volvimos de París, y ahora once again. No me explico que en todo el año no salten los plomos ni una sola vez, pero cuando nos vamos de vacaciones, TIENE QUE PASAR.

Es más que evidente que el Universo no quiere que nos vayamos de vacaciones...

(O que comamos toooooooodo lo que nos quede en casa antes de irnos, peor aún.)

15 agosto 2010

¿Y yo, qué leo? (XLVI)

Sé que no anuncié que me estaba leyendo este libro en la barra lateral, pero es que me daba pereza subir la portada... Y cuando se me pasó la pereza ya estaba con otro libro, pero no dejaré de hacer la reseña.

Recuerdo que Y TÚ, ¿LO HAS ENCONTRADO?, de Lisa Jewell, lo compré de rebote para completar un pedido y que el envío me saliera gratis. Es un libro del montón que cuando llegó pasó a mi estantería sin más, y hasta hace unas semanas no reparé en él. No me llamaba ni el título, ni la portada, ni la contraportada...
Los hermanos London se criaron rodeados de cariño. Pero eso que llamamos «vida real» empieza a hacer mella en sus vidas perfectamente calculadas: Tony, el mayor, empresario de éxito, está en proceso de divorcio y obsesionado por su gordura; Sean, el mediano, novelista de éxito, está bloqueado y su novia, Milly, guarda una noticia que no le va a ayudar, precisamente, a desbloquearse; y Ned, el más joven, acaba de regresar repentinamente de un viaje por Australia que emprendió acompañado de una muchacha un poco loca... Ninguno de ellos sabe realmente qué busca en la vida. Tal vez el huésped que se aloja en casa de sus padres, un tal Gervase que habla y viste como un rockero de los años cincuenta y lleva un rollo místico un tanto extraño, pueda orientarles....

Efervescente como el champán, adictiva como el chocolate, es una divertida y tierna novela sobre el amor, la familia y lo difícil que es a veces saber lo que quieres.
Que me la compraren con el chocolate ya me parece mal...

En fin. Esta novela, sin ser ambiciosa en absoluto, podría haber sido mejor de lo que es. Resulta entretenida, pero hay algo que no acaba de encajar...

Poco más que decir de la trama por mi parte que no se haya dicho ya en este breve resumen... Cualquier incursión mía en contar qué pasa desvelaría más de lo aconsejable.

Se aleja un poco de las historias con protagonista femenina y ahora son tres los chicos protagonistas: tres hermanos distintos entre sí que se encuentran en diferentes etapas de la vida, y en situaciones personales dispares. Los tres se encuentran incómodos con el momento que están viviendo, y está claro que necesitan un revulsivo para avanzar puesto que llevan tiempo estancados y sin saber muy bien por dónde ir. Dicho revulsivo son las revelaciones de un viejo rockero, un elemento a mi juicio bastante discordante y poco creíble, que con sólo ponerles la manos encima ya está todo hecho. Como si fuera un santón.

Es una pena que dicho personaje sea la palanca que impulsa a los personajes a continuar, porque le quita a la historia todo el realismo conseguido con unos personajes corrientes y accesibles, con los que es fácil identificarse. Me pasé todo el libro esperando que no apareciera más, pero mi gozo en un pozo una y otra vez. Creo que ese recurso ha estropeado una historia que tenía buena base.

Al menos, me ha consolado el hecho de que aunque tú crees que va a pasar algo porque estaba cantado, al final resulta que no, que no pasa. Y eso me compensaba un poco el berrinche de ver inmiscuido un personaje absurdo y socorrido que sólo ayuda a que la autora tenga una excusa para avanzar un poco.

Por tanto, sólo la recomendaría para aquellos momentos en los que te tragas cualquier cosa.

11 agosto 2010

Imperiosa Necesidad

Después del rico desayuno buffet del hotel, sentí la imperiosa necesidad de... errr... ir al baño.

Si es que yo como un trozo de piña y ya, no necesito más...

Así que le pedí a mi chico la tarjeta de la habitación y subí corriendo mientras él se quedaba dando una vuelta por las instalaciones.

Yo creo que el ascensor fue más lento de lo normal, yo estaba dando saltitos de impaciencia dentro y cuando por fin se abrieron las puertas, fue como si lo hubieran hecho las Puertas del Cielo.

Fui por el pasillo a la carrera, metí la tarjeta en la ranura mientras empujaba con el hombro la puerta, que se abrió sorprendentemente fácil, para gran alivio mío. Metí entonces la tarjeta en su sitio para dar las luces, pero no hubo manera.

Puse la tarjeta de cara, de cruz, de canto, de lado, para arriba, para abajo, y nada. Que las luces no se encendían. Y el cuarto de baño (como el de casi todo los hoteles) era interior y sin luz no se veía nada -además, el mármol era oscuro, así que me asomé a la puerta del baño y aquello era como la boca del lobo-.

Total, que ahí estaba yo, junto a la puerta, como una posesa, probando y maldiciendo la tarjeta, intentando que se encendieran las luces de la habitación (y por ende las del baño), pero el mundo estaba claramente contra mí. Así que barajé la opción de ir al baño totalmente a oscuras, porque se estaba acercando peligrosamente ese punto donde, sencillamente, no puedes aguantar más... Decidida, asomé la nariz al baño a ver realmente cómo de oscuro estaba.

Muy oscuro.

Vamos, casi no se veía nada.

Sólo un sombrero de Woody al lado del lavabo.

¿Un sombrero de Woody?

Sí, un sombrero de Woody al lado de unas toallitas para bebé.

¿Un sombrero de Woody al lado de unas toallitas para bebé?

Pero si yo no...

¡¡NO ESTABA EN MI HABITACIÓN!!

La puerta se había abierto tan fácilmente porque no estaba cerrada a la espera de que las de la limpieza entraran a arreglar la habitación y las luces no se encendían porque la tarjeta no era correcta, y lo que se vió en ese pasillo era la exhalación que dejé al salir corriendo de la habitación encima de la nuestra...

Claro que podía haber sido peor: una familia con niños incluidos podría haber entrado en su habitación del hotel y encontrarse una perfecta desconocida haciendo uso de su baño (manera políticamente correcta de expresarlo) totalmente a oscuras.

Me habrían tachado de desequilibrada mental como poco. Y no andarían muy desencaminados...

09 agosto 2010

Objetivo Conseguido

Estoy redescubriendo cosas que hace MESES que no experimentaba.

Pequeños y cotidianos detalles de los que hace MESES no disfrutaba...
  • Ponerme unos vaqueros, ¡y largos!
  • Darme una ducha y acto seguido, ¡no estar sudando!
  • Dejarme el pelo suelto, ¡sin cogerme una coleta por el calor!
  • Dormir tapada con unas sábanas, ¡y con una colcha!
Todo esto, claro, gracias a que estamos a menos de 28º, que precisamente era el objetivo primordial de estas vacaciones. ¡CONSEGUIDO!

Con qué poco me conformo, ¿verdad?

07 agosto 2010

05 agosto 2010

¿Prevacacionosa?

Como te lo cuento...

Que pasado mañana ya estaré oficialmente de VACACIONES (no, un momento, a ver... si acaso desde mañana a las 15:00), y no estoy como debería estar.

Es decir: debería estar prevacacionosa.

Y no lo estoy.

Porque una persona prevacacionosa, a 24 horas de empezar sus muy ansiadas vacaciones, debería estar eufórica. Y no cabreadísima con el mundo como estoy yo, debido a que su supuesto horario intensivo se alaaaaaaaaaaarga en el tiempo para acabar echando más horas en lugar de menos.

Una persona prevacacionosa debería ya haber hecho tres listas de cosas que echar a la maleta: las básicas, las imprescindibles y las de por si acaso. Y no como yo, que no sé ni dónde tengo la maleta, y mucho menos qué voy a echar en ella.

Una persona prevacacionosa sabría exactamente cómo se llama el sitio al que va, categoría del establecimiento, distancia con la playa o el centro de la ciudad según proceda, posibles excursiones a hacer o sitios a visitar, etcétera. Y no como yo, que sólo sé decir que voy a ir "a algún punto del norte de España, CREO".

Una persona prevacacionosa contaría entusiasmada a quien le pregunta qué va a hacer en los próximos días. Y no debería gruñir y farfullar, tecleando posesivamente, que en ese momento sólo sabe que tiene que hacer el maldito informe de los cojones.

Una persona prevacacionosa se deleitaría con las horas y horas de relax que tiene por delante... Y no debería estar temblando de la ira al pensar que su jefe va a estar gestando el gran marrón para que cuando vuelva de vacaciones, esté completa y absolutamente amargada hasta las siguientes vacaciones que a saber cuándo serán (y encima avisando de que así va a ser, todo un detalle).

Una persona prevacacionosa, definitivamente, no estaría con el humor horroroso y las ganas de llorar que tengo yo, en resumen...

04 agosto 2010

Paranoias Interneteras

Hay cosas que no deberían mezclarse.

Como por ejemplo, mmmmmm... así al azar... ser un poco paranoica y que tu jefe tenga un nombre poco común.

Parece ES una tontería, lo sé.

Pero LA REALIDAD es que a veces, cuando estoy chorrinterneteando me topo con el poco-común-nombre-de-mi-jefe y pienso: ¿y si es él? Cosa ABSOLUTAMENTE demencial y altamente improbable (por no decir imposible). En primer lugar porque no me lo imagino por estos mundos. Y en segundo lugar... porque dudo mucho que sea amigo/colega/familiar de algún blogger de los que sigo. Decididamente, no tiene el perfil. Ni el frente tampoco, ya puestos.

Pero aún así, cuando leo en algún blog su nombre, aunque sea de refilón y claramente se refieran a otra persona, doy un pequeño respingo.

Empiezo a pensar que de verdad estos calores me están derritiendo el cerebro...

03 agosto 2010

Sudor, pelusa y fontaneros...

Bueno, bueno, bueno...

Estoy en el pasillo y me siento un poco derrotada. Tengo la ropa pegada al cuerpo como una segunda piel, estoy sudando y tengo mucho calor. Pero mucho. No sé si de verdad lo hace o tengo el termostato corporal estropeado. Pienso que debe ser lo último porque si realmente la Humanidad estuviera como yo de desesperada, se habría producido un suicidio masivo (o puede que sólo brutales asaltos a tiendas de electrodomésticos en busca de aires acondicionados o ventiladores cutres en su defecto).

A mi lamentable estado, se une el desolador panorama que contemplo. Mi pasillo ahora está habitado por una pelusa del tamaño de un gato, compuesta principalmente por pelo mío. También hay un bidé. En medio del pasillo, sí. Pero no está solo: hay un lavabo bien grande a su lado. Y también unas cajas de cartón en las que podría meterme perfectamente sin demasiado esfuerzo (aunque con un poco de contorsionismo, eso sí). Además hay huellas de pies que gracias al suelo que tengo sólo se ven al trasluz pero yo sé que están ahí. Y para terminarlo de arreglar, y como todo aquello es poco, el pasillo ha sido invadido por un olor peculiar: una mezcla de cola y de sudor fontaneril.

Los pobres. Me dan un poco de lástima. Se han tirado dos horas trabajando en un cuarto de baño minúsculo y sin ventilación. Toda la tarde. Con el calor que hace. Claro que luego se han embolsado 100 euros sin pestañear. Vaya, ahora no me dan tanta lástima...

Barro un poco el pasillo y me deshago de la pelusa y demás restos del trabajo de los fontaneros. Abro las ventanas para ventilar. Luego me meto en la ducha. Y no me siento mejor.

Creo que hoy tengo un día bastante tonto...

02 agosto 2010

A bride in a WAR! -> Las Invitaciones (I)

Un Domingo que no teníamos nada que hacer (aparte de perrear, claro), nos pasamos por la única tienda de temática bodil que había abierta en un montón de kilómetros a la redonda (y cabría preguntarse: ¿ni siquiera descansan los Domingos?).

Fuimos sólo por echar un vistazo.

El escaparate de la tienda era un mosaico de invitaciones de boda a cual más original, y la verdad es que también eran bonitas. Me maravilló la de modelos que tenían, porque los catálogos que había ido viendo aquí y allá eran más bien escasos. Así que agarré de la mano a mi chico y nos metimos dentro.

Había un montón de bullicio (una prueba de peinado, señoras mirando trajes de madrinas, parejas curioseando), y alcancé a una chica para ver si nos podía ayudar.

- Queremos ver invitaciones de boda, por favor.

- Sentáos aquí. Toma papel y boli, y estos son los catálogos que tenemos. Adiós.

Y nos dejó sentados, con cuatro o cinco catálogos llenos de invitaciones que cubrían toda la mesa. A unas cincuenta invitaciones por catálogo, estuvimos un buen rato mirando, mi chico por un lado y yo por otro.

Cuando acabó mi chico, me esperó pacientemente una media hora más a que acabara yo. Al menos estaba entretenido oyendo mis ooohs y aaaahs. Al final, comparamos las hojitas donde habíamos apuntado la referencia de las que nos gustaban.

La mía tenía unas 20 apuntadas (¡y las que me había dejado por el camino!).

La suya tenía NINGUNA apuntada.

Lo sé: está claro que somos ALMAS GEMELAS.

01 agosto 2010

¿Y yo, qué leo? (XLV)

Este libro, DIARIO DE UN AMO DE CASA DESAFORTUNADO, de Sam Holden, fue un intento de regalo para mi chico, ejem, ejem... Que al final lo he terminado leyendo yo y seguramente no pase por sus manos. Y eso que le convendría, según lo que pone en la contraportada...
Cuando Sam, padre de dos hijos, pierde su trabajo acepta a regañadientes quedarse en casa mientras su mujer regresa al trabajo. En secreto piensa que esto de la paternidad va a consistir en paseos tranquilos por el parque y leer el periódico mientras los niños juegan. Pronto se da cuenta de lo que significa quedarse en casa. Inevitablemente el caos doméstico aparece: sólo conseguir vestirse por la mañana y salir de casa sin tener que ir a urgencias es toda una proeza, como lo es intentar organizar la complicada agenda de juegos de los niños o esquivar los mil y un consejos de las demás mamás que lo acribillan cada vez que va por el parque. Desesperado por regresar a su vida anterior, Sam se aferra a planes descabellados pero justo cuando todo parece que empieza a aclararse descubre algo sorprendente.
Tal y como el título indica, se trata de un diario, a más puro estilo Bridget Jones donde Sam se desahoga como puede. Después de ser despedido por un pequeño errorcillo sin importancia mientras perseguía algo más grande, su mujer decide ponerse a trabajar de nuevo mientras Sam se queda en casa. La nueva situación se le va pronto de las manos a Sam: mientras su mujer está encantada de volver de nuevo al mercado laboral, él se siente un fracasado que tiene que quedarse a cuidar de sus hijos mientras su mujer es quien aporta el dinero en casa. Además, descubre que no es nada fácil mantener la casa limpia y los niños bien cuidados. Cada día que pasa Sam se encuentra peor y peor y peor hasta que llega un punto que se autocuestiona su salud mental... y es que empieza a hacer cosas muy raras...

Me lo he pasado muy bien leyendo este libro, lo he encontrado francamente divertido (y realista: no me cuesta NADA imaginarme a más de uno en esa situación). Por ponerle un pero, yo diría que es un poco largo y hay situaciones que no hacían ninguna falta -Emily, sin ir más lejos, sobra-; a pesar de todo, es una lectura divertida que recomiendo a todos los que se preguntan cómo se las arreglaría de repente un hombre en casa...