29 septiembre 2010

No quiero ser consciente...

Es verdad que ha tenido mucha suerte, y yo por eso me alegro. La verdad es que en la situación en la que estamos, no es fácil cambiar de trabajo, y menos si es para mejor. Pero así ha sido: ahora tiene un puesto mejor, más reconocimiento, igual sueldo pero otras ventajas que antes no tenía...

Está contento, y yo también lo estoy.

Aunque eso no quita que se me hagan muy cuesta arriba los días que no está, las noches que duermo sola, y las veces que me tengo que consolar con una llamada de teléfono. Él me dice que antes me gustaba estar sola. No es del todo exacto. También ahora me gusta estar sola, pero no cuando la situación me viene impuesta. Además (y esto es un secreto), ya no necesito estar sola. Las cosas cambian...

Y sí, pienso en toooooooodo lo que puedo hacer aprovechando que no está. ¡Comer atún! ¡Tener toda la cama para mí! ¡No pelearme por la tele! ¡Estirarme en el sofá! Pero al final lo único que hago es echarle de menos. No me apetece comer atún, me sigo quedando en mi rinconcito de cama, sólo veo la tele un rato sin apenas enterarme de lo que estoy viendo, y me encojo en el sofá debajo de la mantita respetando su hueco.

También he de confesar que a veces suena el móvil y no se lo cojo. Me cuesta un mundo, la verdad. Pero no puedo descolgar, ser consciente de la distancia, de que va a dormir en otro sitio, de que no voy a oir la llave en la cerradura, de que voy a seguir estando sola hasta que el trabajo le deje libre y pueda volver a casa. Le devuelvo la llamada cuando me siento con fuerzas para charlar con él sin que me note triste. ¿Está mal eso? Es posible. Pero no puedo hacer otra cosa...

...aparte de echarte de menos cada minuto que no estás a mi lado.

28 septiembre 2010

TecnoCapricho

Me avergüenza confesar que yo también he caído.

INTERRUMPIMOS LA EMISIÓN POR UN COMUNICADO DE ÚLTIMA HORA...

No, la verdad es que NO me avergüenza ni un poquito.

¡FIN DEL COMUNICADO!

Yo también tengo un iPhone 4 (que me ha costado una pasta, todo hay que decirlo), y la verdad es que estoy encantada con mi nueva pijada.

Porque es una pijada, sin lugar a dudas. Desde luego, no hace falta taaaaaaaaanta cosa para un teléfono móvil (porque con que sirva para enviar y recibir llamadas y mensajes cortos, ya vale: seamos sinceros), pero el caso es que ya que lo tenemos...

Pues mira, ahora lo tengo.

Y sí, he de confesar que me costó bastante aprender a borrar mensajes, eso de no cerrar programas se me hace raro, el teclado (un qwerty) no lo termino de dominar porque yo soy más de un teclado de móvil con texto predictivo. Me gusta más mi Nokia de toda la vida para lo de las llamadas perdidas, entrantes y salientes, pero aquí con un sólo contacto (que puedes sincronizar con el FaceBook y todo) y un toquecito del dedo puedes enviar cualquier cosa. En definitiva es diferente y me cuesta acostumbrarme, pero lo haré.

Más me vale, después de lo que me he gastado...

Lo que no me ha costado nada asimilar (porque a lo bueno se acostumbra uno pronto) es a tener Twitter, correo, web y todas mis tonterías en cualquier sitio. ¡Eso mola!

Mola en la misma proporción que no molará el incremento de mi factura mensual, claro...

Así que sí, soy una tecnopiji de tomo y lomo, he de reconocerlo.

Pero es que es TAAAAAAAAAN CHULOOOOOOOOOOOOOOOOOO...

26 septiembre 2010

A bride in a WAR! -> El Vestido (IV)

No me quedé muy tranquila con la percepción poco realista que la (mini)modista tenía, pero parece ser que eso de tener la visión de la realidad distorsionada es algo que pasa cuando estás en una tienda de novias.

A lo mejor no es exactamente una visión distorsionada, pero desde luego está claro que sólo ves lo que quieres ver.

Eso quedó de manifiesto mientras la (mini)modista estaba intentando ajustar el vestido. La veía pelearse con la pedrería del vestido, y estaba claro que sus alfileres eran demasiado endebles: la mitad se partieron.

Y cuando hice un movimiento con el brazo a ver si el vestido estaba ajustado, un alfiler partido me arañó tooooooooodo el antebrazo derecho.

- ¡Aaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyy!

Del arañazo empezó a salir sangre, pero como digo, allí dentro la gente (las modistas, las depedientas, MI FAMILIA) sólo ve lo que quiere ver.

Y siguieron debatiendo todas tan tranquilas, como si no pasara nada...

- Pues sí, yo creo que ya está bien ajustado.

- ¿No parece que el lado derecho está mejor arreglado que el izquierdo?

- Puede, es por los alfileres, luego al coserlo se queda bien.

- ¡Me estoy desangrando!

- No te muevas, bonita, a ver qué tal quedan los tirantes.

- Habría que ajustarlos un poco, ¿no?

- Sí, vamos a meterles un poco... A ver, sube el brazo...

- ¡El brazo se me va a caer! ¡Estoy herida!

- Uy... Que alguien busque un pañuelo, no se vaya a manchar el vestido...

Reconforta ver que tú eres lo más importante en ese momento.

Al final, una amorosa madre (y cabe señalar que no fue la mía) mojó un pañuelo de papel en agua oxigenada y me lo aplicó en la herida, que me picaba a rabiar.

Resumiendo: no todo el mundo puede decirlo, pero yo soy de las pocas novias que se llevan un recuerdo tatuado en la piel de la primera prueba del vestido. Ea.

25 septiembre 2010

¿Mensaje subliminal?

Cuando mi chico pasa días fuera por temas laborales, siempre me trae luego alguna cosilla.

Una de las últimas veces me trajo esto...

No sé, no sé. Me parece que me quiere decir algo...

Mmmmmmm... ¿Qué será?

24 septiembre 2010

Switch off and let's go...

Los Jueves son mi noche oficial de renegamiento con la televisión.

Es curioso, pero siempre son los Jueves (aunque cualquier día es bueno, tal y como está el panorama).

Y es que me cuesta mucho entender cómo es posible que con el montón de canales que hay en la TDT, no haya ni un sólo programa potable que llevarse al ojo los Jueves por la noche.

Peregrino por todos los canales, desde el primero al último, alucinando cada vez que cambio de encontrarme un bodrio televisivo detrás de otro. Programas de corazón, reportajes de Belén Esteban, reality-shows donde la gente se encierra en sitios y se ponen como histéricos, campamentos de jóvenes conflictivos que te hacen plantearte muy seriamente un ligamiento de trompas, debates sobre lo mal que lo está haciendo la derecha / la izquierda (dependiendo del canal)... And so on!

Qué aburrimiento.

Hemos llegado a un punto que ni siquiera se salva pagando 40 euros por el Digital Plus.

Porque sí, somos de los pocos gilipollas que no hemos pirateado el codificador (incluso pagamos nuestro propio servicio de Internet, somos los raritos del edificio).

El mismo zapping hago por todos los canales extras, y me encuentro con más calidad televisiva -he de reconocerlo-, pero tampoco nada potable. Cuando no hay una película a medio empezar, están poniendo una serie bien de una temporada que ya hemos visto (no la vamos a volver a ver), bien de una temporada que no hemos visto pero un episodio que no toca (así que también cambiamos rápidamente huyendo de spoilers).

Al final nos quedamos viendo como bobos un programa que realmente no nos interesa en absoluto, pero que por uno u otro motivo nos deja con la mandíbula colgando.

Y cada vez más, es lo triste.

Por ejemplo, el de El Juego De Tu Vida, lo más zafio y morboso que he visto en mucho tiempo. De vergüenza ajena. Lástima de la presentadora, yo creía que le preocupaba su carrera profesional, pero parece ser que no mucho o no se dejaría ver en semejante circo. ¿Cómo pueden preguntar a la gente si el principal motivo de la separación ha sido las infidelidades con prostitutas? Por supuesto, la respuesta era que SÍ y ahí estaba la ex-mujer aplaudiendo a rabiar. ¿O que si es cierto que se casó con su pareja porque era fácil de manipular? Obviamente, la respuesta también era que SÍ, cosa que le alegró enormemente a todos porque esa revelación valía 3000 euros. ¿Y cómo pueden meter en medio (para relajar la tensión, se supone) preguntas como si le gusta el fútbol o si escucha música comercial? Alucinante...

Luego pasamos a un programa de cocina, donde la presentadora hace recetas rápidas para gente que come en el trabajo. Comida de tupper, por llamarlo de alguna manera. Pues ahí estaba la mujer, con pintas de cualquier cosa menos de cocinera, preparando un pollo con anacardos y miel. Contándonos que se había ido de cena la noche de antes a un ¿japonés? con un amigo suyo de toda la vida, gay, aunque ella había sido la última en enterarse... mientras deshuesaba un muslo de pollo como si fuera su amigo gay que no le había contado que lo era. El programa pretendía (quiero pensar) ser sencillo y cercano, que el resto de las mujeres nos sintiéramos identificadas con ella (que estaba cocinando a la despreocupé, con un delantal, sus anillos y todo... yo sólo digo que el carnet de manipulador de alimentos es un concepto abstracto en ese programa), pero el resultado era bastante CUTRE.

Apaga y vámonos.

A dormir, digo, porque no hay nada decente en televisión...

23 septiembre 2010

¿Y yo, qué leo? (XLVIII)

Me acabo de terminar MUJERES DE MANHATTAN, de Candace Bushnell. Me ha costado ponerme con él y por eso he tardado bastante con finiquitar este libro que va de que...
Todo el que es alguien en Nueva York sabe que Victory, Wendy y Nico son las caras bonitas del éxito en la ciudad de los rascacielos: Victory se ha convertido en la diseñadora de moda más solicitada; Wendy es la directora general de Parador Pictures y, además de estar produciendo una pleícula que va a ser todo un éxito, tiene tres hijos preciosos; Nico, por último, es la redactora en jefe de la revista Bonfire, la biblia neoyorquina para estar al día. A los ojos de los demás, las tres se hallan en el mejor momento de sus vidas. Sin embargo, desde el lugar que ellas ocupan las cosas no se ven exactamente así.
Ninguna novedad si previamente has visto la adaptación en forma de serie: al ser la autora la misma de Sexo en Nueva York, supongo que a alguien no le costó pensar que siendo una fórmula parecida, se podría crear otra historia semejante y que fuera otra serie de éxito. No fue exactamente así, porque la cancelaron en la segunda temporada prácticamente a mitad, sin un final concreto (habría dado igual cortar donde lo hicieron que tres episodios antes o dos después).

Y aunque no se haya visto la serie, tampoco es ninguna novedad. Todas las novelas de esta escritora (parece ser) se basan en mujeres que viven en Nueva York, y tienen éxito y dinero pero fracasan en sus relaciones una y otra vez. No hay más.

Con respecto al libro, tengo que decir que sí, que me he leído las 482 páginas y no sé de qué va. O más bien qué ha pasado. En la primera página me he encontrado a tres mujeres ricas y con éxito, y en la última página siguen estando esas tres mujeres con un poco más de dinero y algo más de éxito. Y ya está. ¿Y entre medias qué pasa? Bueno, pues sólo seis cosas: a una le falla un negocio y se busca un noviete, a la otra la deja el marido pero luego encuentra un recambio, y la tercera se busca un amante y asciende. Básicamente es eso. De vez en cuando hay varias reflexiones poco prácticas sobre las mujeres y el éxito, los roles de la sociedad y todo eso (que en la práctica sólo te valen si tienes un par de millones de euros en la cuenta del banco, y si no, te va a valer lo mismo que un manual de ornitología).

Ni siquiera he tenido que imaginarme a los personajes. Si ya los tenía en mente...

En definitiva, una chufa de historia en la que se basa una serie solamente pasable, y cuyo argumento es mejor que el libro porque al menos tiene que ya es decir. Leérselo sólo sirve para poderlo criticar con conocimiento de causa.

22 septiembre 2010

A bride in a WAR! -> El Vestido (III)

La primera prueba del vestido fue HORRIBLE.

Ni mágica, ni espectacular, ni emocionante. Porque eso me habían dicho...

Y mira que intentaba evocar cualquiera de esos tres adjetivos mientras estaba en ropa interior, en un habitáculo forrado de espejos, con sobreiluminación (¿esa palabra existe?), esperando a que trajeran mi vestido. No tardaron mucho, la verdad. De repente la cortina se descorrió y entró un bulto enorme de tejido blanco con dos piernecitas negras: era mi vestido y detrás o debajo -no estoy segura-, la (mini)modista.

- ¡Vamos a ponértelo!

Lo que se traduce en: levanta los brazos y haz un arco hacia atrás con todo tu cuerpo, para que te metas en el vestido, y luego ve apartando con los brazos toda la tela que encuentres hasta que veas la luz. Y luego te lo colocas.

Lo hice, obedientemente, sin decir ni pío de que mi espalda no aguantaría otra contorsión semejante. Sospeché que la cosa habría sido más fácil si la (mini)modista no hubiera sido mini, pero bueno.

En fin, ya estaba puesto.

La (mini)modista frunció un poco el ceño, al ver que el vestido me bailaba, y se puso a moverlo, ajustarlo y recolocarlo mientras yo lo único que tenía que hacer es estar quieta mirando al frente.

Y lo que tenía al frente no ayudaba mucho: una pantalla con una sucesión de imágenes de una modelo luciendo el modelo de vestido que había escogido. Supongo que el fin es que las imágenes de la pantalla y la del espejo se vayan pareciendo, pero en mi caso... Iba a ser difícil.

Más que nada porque la modelo debía pesar una quinta parte de lo que peso yo, y mis piernas desde luego no miden tres metros como las de ella... Además, digamos que no soy invulnerable a la fuerza de la gravedad, por lo que JAMÁS podría lucir un escote parecido al suyo.

- ¡Estupendo! Le metemos un poco en este costado, ajustamos el tirante, y... ¡Estarás igualita que ella!

Sinceramente: lo dudo mucho.

21 septiembre 2010

That's life, I guess...

La semana pasada estuve en una corsetería; la cosa más normal del mundo.

Mientras yo estaba a lo mío (esperando a que me trajeran lo que había pedido), no pude evitar saber qué pasaba con la otra clienta que estaba siendo atendida en ese momento. Por lo visto, se estaba probando una prenda que, según la dependienta, iba a reducir en un porcentaje importante el volumen de su cuerpo. Y la dueña del cuerpo que iba a sufrir esa transformación mágica mostró su alegría y satisfacción, murmurando algo de que así cabría en el vestido...

No llegué a ver semejante invento, pero no me costó nada imaginarme una versión moderna de una famosa escena del cine...

Claro que esa imagen se esfumó cuando la chica me trajo lo que yo había venido a buscar.

- Aquí está. Una elección excelente: reduce, refuerza, eleva, junta y realza. Quizá notes los primeros momentos de llevarlo puesto que te falta la respiración, pero no te preocupes: esa sensación pasa.

Eso espero. Aunque sospecho que la sensación pasará cuando me quite la prenda en cuesión; pero ese detalle no lo dijo. Supongo que va implícito en una tienda así. De todas formas, por si me pongo azul, procuraré ir vestida con algo cromáticamente compatible.

Pagué y salí de allí, intentando imaginarme una escena semejante pero con hombres. Pues no pude. Ellos, si no caben en un traje, o se lo arreglan o se compran uno una talla mayor. Fácil y lógico. Dudo mucho que se embutan en algún invento que cualquier asociación de Derechos Humanos calificaría sin duda alguna de instrumento de tortura (lo que me lleva a pensar: ¿no han visitado nunca una corsetería?).

En fin, así es la vida, supongo...

19 septiembre 2010

A bride in a WAR! -> Las Invitaciones (II)

Una vez salimos de aquella tienda con un papelito con algunos modelos sueltos que nos pero sobre todo ME gustaron, pensé que no era nada productivo tener que ir a ese sitio otra vez porque nos pillaba lejos.

Así que tiré de Internet para ver si se podían conseguir esos modelos en algún sitio más cercano y resulta que sí, que había otra tienda más a mano que tenía los mismos muestrarios.

Pues allí nos plantamos toda la tropa a ver invitaciones más tranquilamente y sobre todo, más centrados.

Aunque cuando digo nos plantamos quiero decir que mi chico nos tiró del coche parando la circulación y allí nos dejó mientras él buscaba un aparcamiento. Por lo que fuimos nuestros padres y yo en un principio.

En esta ocasión, a diferencia de la anterior, la tienda estaba vacía (también es verdad que estaba más especializada, así que nada de señoras probando peinados ni rebuscando calzado a juego con un vestido en concreto). Tan vacía que el chico encargado sólo salió para abrirnos la puerta, poner pesadamente los catálogos sobre el mostrador, dejarnos otro trozo de papel y bolígrafo, y adiós. Empiezo a pensar que es un patrón en ese tipo de tiendas...

De nuevo vueeeeeeeeeelta a repasar los catálogos que ya vimos en su día, pero esta vez más rápido sólo para relocalizar los que nos pero sobre todo ME gustaron (ya que, por supuesto, el exiguo papelito donde tenía apuntados los modelos se perdió no-sé-cuándo-ni-tampoco-dónde). Iba señalando con el dedo las invitaciones que encontraba y varias narices se asomaban por encima de mi hombro para ver si estaban bien o no, mediante ahhhhs y ohhhhs, gruñidos o fruncidos de ceño.

Finalmente, había unas quince preseleccionadas. Aproveché la ausencia del papelito para meter otras cuantas que en este segundo repaso me habían hecho tilín. Y tilín hizo la puerta cuando mi chico apareció, jadeante, después de haber aparcado en Sebastopol y haber venido andando, esperanzado de que hubiéramos acabado y poder irnos a tomarnos unas cañas.

Pero no tuvo tanta suerte, claro. Ahora tocaba ya ESCOGER la invitación elegida.

¿Y qué mejor sistema que uno de puntuación?

Al mejor estilo jurado de MiraQuiénBaila, mi chico fue puntuando del uno al diez las preseleccionadas, descartando poco a poco modelos, y mirando en cada descarte mi expresión por si había descartado mi favorita. Claro que yo había ensayado una cara de póker imperturbable (más que nada porque cualquiera me gustaba, lo mío es minimizar riesgos).

Y mientras mi chico se peleaba con los álbums, intentando desesperadamente reducir a una mis preselecciones, yo me puse a ojear distraídamente otro catálogo de invitaciones, distinto a los otros ocho que ya habíamos repasado una y mil veces.

- ¡Rápido! ¡Deja esos álbums! ¡¡DEJALOOOOOOOOOOOOOOS!! Que este catálogo me gusta mucho más...

Y así es como se va a la porra un proceso entero de selección de invitaciones, con desplazamientos de más de 300 kilómetros y varias horas debatiendo modelos.

No sé por qué esa mirada asesina, la verdad...

17 septiembre 2010

¿Y yo, qué leo? (XLVII)

Hace ya más de un mes acabé de leerme este libro, UN MUNDO ENTRE TÚ Y YO, de Sarah Pekkanen. Fue mi última adquisición en formato bolsillo: desde hace tiempo no encuentro libros que me llamen la atención, no sé...

En la contraportada hay bastantes pistas (demasiadas) del argumento.
Lindsey Rose siempre ha sido, desde que tiene uso de razón, la eterna segundona con respecto a su hermana gemela, la rematadamente guapa Alex. Sin embargo, con casi la treintena cumplida, Lindsey está muy cerca de obtener al fin un gran logro: tras varios años de jornadas semanales de más de ochenta horas, úlceras, migrañas y una profunda soledad, ahora va a ser nombrada vicepresidenta creativa de la exclusiva agencia de publicidad en la que trabaja. Lo que no sabe Lindsey es que, durante el transcurso de una noche aciaga, los sueños que tan cuidadosamente ha planeado van a saltar por los aires.

Humillada y desesperada, huye del glamour de Manhattan para encerrarse en casa de sus padres, en Maryland. Por desgracia, la gran espina clavada en la autoestima de Lindsay, su gemela Alex, vive a diez escasos minutos y está preparando la boda con su particular príncipe azul. Lindsey tendrá que esforzarse por mantener inquebrantable su apariencia de hermana lista y responsable mientras en secreto trata de recuperarse de su crisis. Pero cuando se destape un secreto familiar, las dos hermanas tendrán que replantearse quiénes son en realidad y qué quieren hacer al fin con su vida.
Aunque no me esperaba gran cosa, este libro ha conseguido entretenerme bastante. Las primeras páginas muestran a una Lindsey exitosa y a punto de llegar a la cima de su carrera; pero como se sabe (gracias a la contraportada) que todo va a salir muy mal, esa parte se hace amena esperando -e intentando adivinar cuál va a ser- el desastre. Después, ya con la protagonista instalada en casa de sus padres, la historia en sí empieza.

Hasta aquí los spoilers. Como hace ya un tiempo que me lo terminé, no recuerdo muy bien los detalles de lo que más me gustó o lo que menos, pero sí que diré que me parece un final muy cruel para la historia. Quiero decir: se ve venir hacia dónde quiere ir la escritora (al final, quiere ir a donde todas las historias van a parar), pero lo normal es que en este caso no suceda por improbable. Pero no: la autora decide que cueste lo que cueste el final va a ser ése y no otro, y mete un giro cruel para conseguirlo.

La verdad es qeu esto que voy a decir suena un poco ridículo, pero no me sentó bien. Qué tontería. Ya. Pero refunfuñé cuando la escritora hizo lo que quiso con los personajes, y me pareció mal esa injusta manipulación de sus vidas para que a ella todo le saliera bien.

Así que aunque me pareció bastante entretenido, el final me enfadó un poco por cruel. Insisto en que es tremendamente absurdo, pero es que es verdad. Para que el final sea el que procede, hay que fastidiar a la mitad del elenco, y no se lo merecen, jooooooooooooo... ¿No os habéis enfadado nunca con un autor?

15 septiembre 2010

Nota Breve

Hoy he tenido un día horrible en el trabajo.

Lo dejo ahí y no me extiendo más.

Y últimamente son todos así, la verdad.

Además, tengo que estar con el tema de la boda: queda poco y ya no puedo dejarlo para más adelante, claro.

Así que no tengo tiempo para nada.

Ni siquiera para escribir aquí (con lo bien que me sienta). Lo es que no tenga cosas que quiera contar, o ideas que desarrollar, o cosas de las que rajar, u opiniones que dar, o anécdotas que compartir... Lo que no tengo es ni un momento para teclearlas. Porque escribir un post decente lleva su tiempo, y yo para eso soy muy perfeccionista. Aparte de que se me hace muy cuesta arriba después de todo el día sentarme delante de un ordenador, lo reconozco...

En resumen, sólo quería asomar la cabecita y decir que sigo aquí (pero ocupada). No prometo que pueda actualizar mucho -porque no sé si voy a complirlo-, pero desde luego lo voy a intentar en la medida de lo posible.

See you soon!

10 septiembre 2010

Los Pelos Acusicas

Me senté en el sillón giratorio y mi peluquera me deshizo la cola de caballo que llevaba puesta. A través del espejo le ví como le cambiaba la cara al ver que se había llevado un mechón de pelo de regalo.

- Errrr... Oye... ¿Has notado que se te cae un poco el pelo?

La pobre. Qué diplomática es.

- Si te refieres a que me estoy quedando medio calva, sí, gracias, lo noto.

Notarlo es poco. Vamos, se me ha caído pelo como para enmoquetar una casa entera. Cada vez que me lavo el pelo o me peino (esto último sucede más bien poco, es verdad), me llevo por delante un manojo de pelo. Lo único que impide que me tire por la ventana me tranquiliza un poco es que me noto pelo nuevo. Me recuerdo a mí misma algo que me dice mi madre constantemente, eso de que en Otoño se cae el pelo igual que las hojas (aunque técnicamente no es Otoño, pero ya hace menos calor que en Verano, así que me vale). Y también me autoconvenzo de que se me cae la misma cantidad de siempre, solo que como ahora lo tengo bastante largo abulta más.

- ¿Estás estresada últimamente?

Qué pregunta.

La respuesta correcta es: ¿y cuándo COJONES no lo estoy?

Claro, no lo dije en voz alta.

Pero lo pensé.

O sea, que sí.

Cientos de pelos no pueden estar equivocados...

08 septiembre 2010

La Chufa

Sí.

De verdad de la buena.

Que en pleno año 2010, con unas infraestructuras de telecomunicaciones tremendas, en la era de las videoconferencias... todavía hay que recorrerse España entera para acudir a una chorrireunión de una hora.

En serio pensé que era una broma.

Cuando me llegó la convocatoria a la reunión, yo creí que bastaba con conectarse por vídeo como habíamos hecho siempre... PERO NO. Resulta que muy sutilmente en la convocatoria indicaba que era una reunión presencial.

Cuando leí aquello, yo supuse que a alguno de mis superiores vería lo evidente y pensaría que el coste del viaje no compensaba, teniendo en cuenta además que había gente geográficamente más cerca... PERO NO. Resulta que nadie se planteó siquiera comentar el tema, sino que se dió por hecho.

Y ahí estaba yo, a una hora francamente indecente, de madrugada, helada de frío, con más sueño del que habia tenido en mi vida, en la estación de tren, con mi billete en la mano y el portátil colgando de un hombro. Flipada. Bueno, todo lo flipada que se puede estar en el escaso grado de conciencia en el que me encontraba, claro.

Sufrí horas y horas y horas de tren, que llené como pude de sueño, música, chateos, paseos, maldiciones, resignación, estiramientos musculares y aburrimiento en cantidades industriales. Llegué con la hora justa a mi destino, salí corriendo en busca de un taxi que me dejó en la puerta del edificio donde tenía la reunión, ya me estaban esperando, subimos, me dieron tiempo a sacarme un botellín de agua, tuvimos la reunión de marras (en la que me dieron pa'lpelo, obviamente: querían verme sufrir en vivo y en directo), acabamos más tarde de lo previsto y porque les dejé caer que tenía que coger un tren de vuelta, de nuevo un taxi esperando en la puerta, ida a todo meter a la estación, con el tiempo justo para comprar algo de comer y saltar al tren, donde soporté más horas y horas y horas de viaje con todo lo de la ida más una creciente sensación de indignación, cansancio y ganas tremendas de llegar a casa.

- ¿Qué tal ayer el viaje? Chica, qué suerte. Habrás visto muchas cosas, ¿no?

Errrr...

En realidad, como mi viaje fue prácticamente ir, tocar chufa y volver, sólo ví la CHUFA.

Ah, y el interior de varios trenes y taxis.

Mi vida profesional es apasionante...

07 septiembre 2010

A bride in a WAR! -> El Fotógrafo

Me senté delante del ordenador.

Abrí Google.

Tecleé fotógrafos y le dí a BUSCAR.

Que fuera lo que Dior quiera.

Por supuesto, salieron tropecientasmil entradas.

Acoté los fotógrafos cercanos (200 kilómetros como mucho).

Abrí en pestañas nuevas las páginas webs de los estudios de fotografía.

Los fotógrafos que no tenían página web los descarté (¿cómo están TAN atrasados?).

Marqué las páginas web que estaban medianamente bien.

Anoté los correos de contacto, junto con los teléfonos.

Pedí por correo electónico presupuestos para un reportaje de boda.

Mi buzón se llenó al día siguiente de precios, opciones, descuentos...

Algunos me llamaron para soltarme una parrafada sobre sus profesionales trabajos.

Taché de la lista a los que eran más caros.

También a los sobas, como el último que me llamó (¡20 minutos al teléfono! ¿Estamos locos?).

Luego a los exigentes (que si estancia a gastos pagados, dietas, etcétera).

Luego a los que tenían falta de ortografía (si no sabes escribir convite, bye!).

Me quedé entonces con cuatro candidatos.

No había mucha diferencia en cuanto a precios, así que estudié sus webs.

Allí habían colgado varios reportajes, a cual más magnífico.

Al final, me quedé con un fotógrafo especializado en bodas.

Me gustó mucho su forma de enfocar el reportaje, sin las tradicionales fotos estáticas.

Concerté una cita y fui a hablar con él.

Me pareció muy razonable su oferta, los servicios, y sobre todo, me pareció majo.

Formalizamos el contrato.

Me terminó de conquistar cuando sacó un bolígrafo de Jordi Labanda para firmar.

Así que...

¡Habemus fotógrafo!

Ea, un follón menos.

01 septiembre 2010

Trenefobia...

Lo mío con los trenes no tiene nombre.

O quizá sí lo tiene: MANÍA.

Reconozco que es un buen sistema para viajar: vas relativamente cómoda, te puedes levantar para estirar las piernas, los aseos son más o menos decentes, a veces tienes cafetería o en su defecto máquina expendedora de bebidas y picoteo, en ocasiones (depende del viaje) te ponen películas, te puedes adaptar el asiento a tu gusto sin molestar a nadie, vas fresquita, y lo mejor de todo... ¡Tienen enchufes públicos!

Claro que eso es cuando estás viajando.

Pero mi calvario empieza mucho antes...

Cuando voy a viajar en tren, el mero hecho de que sea en tren me pone histérica y frenética. Tengo que estar con mucho tiempo de antelación para mirar a ver qué andén es en el que tengo que estar. Me aseguro más de cincuenta veces de que el número de tren es el correcto, de que va a donde yo quiero ir, de que la fecha es la del día y no otra. Repaso compulsivamente el número de coche y el asiento que tengo en el billete. Pregunto a los empleados por mi tren aunque sea EVIDENTE la respuesta, cotejo esa información con los demás pasajeros que esperan lo que yo. Vuelvo a mirar el panel de información. Pego un brinco cada vez que anuncian un tren por megafonía... Un sinvivir.

Y si viene alguien conmigo, soy una pesadilla para esa persona. Soy capaz de repetir hasta veinte veces seguidas la pregunta ¿estás seguro/a de que es este tren? Hasta que alguien me pega un bufido o un tortazo, según proceda.

Es curioso que me pase también en viajes trillados que hago un montón de veces. Da igual, no discrimino: me pongo de los nervios.

Y es que yo de siempre he sido una chica de autobús. Me tranquiliza el hecho de que un andén y otro estén separados por unos cuantos pasos (cosa que no pasa en una estación de tren: como no estés en el andén correcto ya puedes correr, subir escaleras y abrirte paso a codazos). Me da confianza que el conductor esté en la puerta del autobús comprobando los billetes antes de empezar el viaje, por lo que si te equivocas, te lo dice en el origen y no tres estaciones más para allá (cosa que es muy habitual en los trenes). Te puedes quedar dormida tranquilamente sin miedo a que en una parada corten el autobús en dos y la parte donde estés tú la fleten a otro sitio distinto (cosa que sucede en algunos viajes de tren: desenganchan vagones y a saber dónde van a parar).

En definitiva, aunque asumo que el tren es un medio de transporte muy cómodo, no es hasta bien entrado el viaje cuando me tranquilizo un poco y lo disfruto.

A lo mejor, si RENFE contratara a un notario que diera fe de que voy a llegar donde quiero una vez pongo el culo en el asiento, la cosa cambiaba. Pero creo que eso no va a pasar, ¿verdad?